El ambiente es cualquier cosa menos agradable: la fiesta de la democracia que es elegir un presidente no tendrá precisamente tintes de celebración hoy en Brasil, un país polarizado y en tensión que decidirá si Sudamérica se vuelca o no totalmente a la derecha.
Lula y Flávio Bolsonaro apuran sus opciones para evitar volver a las urnas el día 25 de octubre
El ambiente es cualquier cosa menos agradable: la fiesta de la democracia que es elegir un presidente no tendrá precisamente tintes de celebración hoy en Brasil, un país polarizado y en tensión que decidirá si Sudamérica se vuelca o no totalmente a la derecha.
«Debemos votar conscientes de que no hay ninguna necesidad de ir a un segundo turno. ¡Tenemos que terminar con esta elección el domingo, pido la dedicación revolucionaria del pueblo carioca!», dijo este viernes Luiz Inácio Lula da Silva, actual presidente, en su acto final de campaña en Río de Janeiro.
Lula, que este mes cumplirá 81 años, busca un cuarto mandato para evitar el regreso al poder de la familia Bolsonaro, que gobernó el país entre 2019 y 2023.
«Hay una posibilidad real de una victoria nuestra en el primer turno», aseguró a su vez el senador Flávio Bolsonaro, candidato de la derecha dura, que pidió a sus votantes y a los de otras opciones políticas evitar la segunda vuelta prevista para el 25 de octubre.
«Pueden ser los días más sangrientos y sucios en toda la historia del Brasil. Imagina todo lo que el Gobierno es capaz de hacer», añadió el hijo del ex presidente Jair Bolsonaro, condenado a 27 años y tres meses de prisión por liderar un fallido intento de golpe de Estado.
Por primera vez en la era democrática que Brasil inauguró en 1985, los dos principales candidatos han evitado enfrentarse en los debates televisivos, decididos a reservarse sus mejores armas para la segunda vuelta.
O no, porque lo que Lula y Bolsonaro están intentando lograr es una victoria por encima del 50% del voto que haga innecesaria esa segunda vuelta. En un contexto de virtual empate, es improbable, pero no imposible. Las últimas encuestas marcan un declive de las terceras opciones, algo que EL MUNDO escuchó esta semana de muchos votantes: desearían votar al centrista Ronaldo Caiado, por ejemplo, pero prefieren no darle posibilidades al rival e ir directamente a la opción ganadora ya en la primera vuelta. Lo mismo está sucediendo con la candidatura del escritor Augusto Cury, el activista Renan Santos y el político Romeu Zema.
Brasil, el país más grande y poblado de América Latina, además del que tiene el mayor PIB, es decisivo en una región cada vez más escorada a la derecha: si Bolsonaro conquista el Palacio del Planalto, sólo la mexicana Claudia Sheinbaum, en el norte, y el pequeño Uruguay de Yamandú Orsi, en el sur, mantendrán encendida la antorcha de la izquierda.
Así, lo que suceda en el gigante sudamericano es de interés mundial y convierte a Brasil en escenario de sospechas, confabulaciones y tensiones internacionales.
La dura posición de Lula contra el Gobierno israelí de Benjamin Netanyahu, su apoyo a la causa palestina, su rol preeminente en los BRICS y las tensiones casi permanentes con los Estados Unidos de Donald Trump hacen de Brasil una pieza muy apetitosa para la derecha dura mundial. Esta incluye a un vecino en el sur, el presidente argentino Javier Milei, que no se cansa de insultar a su homólogo brasileño y de apoyar a Bolsonaro.
A su vez, el deseo de que Lula continúe en el poder y evite el regreso del bolsonarismo une a figuras como el francés Emmanuel Macron, el alemán Friedrich Merz, el británico Andy Burnham y el español Pedro Sánchez, entre otros.
La experiencia internacional con el Gobierno de Bolsonaro padre no fue buena: es recordado el plantón del brasileño a Macron. Bolsonaro optó por ir al peluquero en lugar de reunirse con el ministro de Exteriores francés, Jean-Yves Le Drian, y, cuando Macron lo supo, lo cruzó con dureza en una recepción.
Los brasileños, sin embargo, no están hoy para tantas sutilezas, porque la elección se plantea desde ambos lados con dramatismo total. «Lula quebró Brasil», dicen los bolsonaristas sin que los datos respalden esa afirmación. «Es democracia o Bolsonaro», resumen los lulistas, olvidando quizás que en democracia a veces se gana y a veces se pierde.
Hay, sin embargo, un punto a favor de los partidarios de Lula y de su Partido de los Trabajadores (PT) en este aspecto: la Justicia brasileña considera probado que Bolsonaro lideró un intento de golpe de Estado entre finales de 2022 y el asalto a la Plaza de los Tres Poderes el 8 de enero de 2023. Y por eso condenó al ex presidente y a varios de sus colaboradores más cercanos.
La relación con Estados Unidos influirá también previsiblemente en la elección. En el cierre de campaña en Río, Lula afirmó que «ningún gringo va a venir a meter las manos en Brasil», una frase que inflama los ánimos de sus seguidores, pero también pone en evidencia a los Bolsonaro, incondicionalmente alineados con Trump, que ha freído a aranceles al país.
La izquierda asegura que, si Bolsonaro gana, su Gobierno será teledirigido desde la Casa Blanca. Y lo sorprendente es que, consultados por EL MUNDO, una abrumadora mayoría de votantes bolsonaristas ve como un horizonte deseable que Estados Unidos controle Brasil.
Si esto sucediera, la situación política en Sudamérica sería inédita. Con Delcy Rodríguez como presidenta interina en Venezuela y la derecha dura gobernando en Buenos Aires, Bogotá, Lima, Santiago de Chile, Quito, Asunción y La Paz, el Gobierno de Washington estaría ante una oportunidad única de terminar de recuperar ese patio trasero que estaba perdiendo a manos de Pekín. El pasado viernes, Estados Unidos aprovechó una falsa amenaza de bomba para cerrar su embajada y consulados en Brasil.
Otro actor importante en este proceso electoral es la justicia, tanto el Supremo Tribunal Federal (STF), desacreditado como nunca en su historia, como el Tribunal Superior Electoral (TSE), que no pasa tampoco por su mejor momento. La justicia cumple un rol fundamental en Brasil, es por momentos un gobierno por encima del gobierno. Bolsonaro la acusa de servir a Lula, que tiene entre los jueces del STF a un ex ministro de Justicia y a su ex abogado personal.
La noche promete emociones, porque el recuento da tradicionalmente una ventaja inicial a la derecha con los votos en los Estados del sur, pero luego se equilibra con los del nordeste, tradicionalmente favorables al PT.
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