John Smith admite que se lo pensó dos veces antes de hacer declaraciones a un periodista. Es un tema muy desagradable del que nadie quiere hablar en su Universidad: Cornell. Aún así, se abre a hacerlo usando un nombre falso y por texto, sin posibilidad de una entrevista formal. El nivel de nervios y paranoia es muy alto ante un caso, el de la presunta violación a una estudiante por siete hombres en octubre de 2024, que no solo se ha convertido en centro de debate nacional sobre la violencia sexual contra las mujeres, sino que ha supuesto un golpe muy duro para la reputación de una de las mejores universidades de Estados Unidos.
La reapertura de la investigación sobre la presunta agresión sexual a una estudiante ha desatado indignación en el campus y preocupación entre los alumnos por el daño a la imagen de su centro
John Smith admite que se lo pensó dos veces antes de hacer declaraciones a un periodista. Es un tema muy desagradable del que nadie quiere hablar en su Universidad: Cornell. Aún así, se abre a hacerlo usando un nombre falso y por texto, sin posibilidad de una entrevista formal. El nivel de nervios y paranoia es muy alto ante un caso, el de la presunta violación a una estudiante por siete hombres en octubre de 2024, que no solo se ha convertido en centro de debate nacional sobre la violencia sexual contra las mujeres, sino que ha supuesto un golpe muy duro para la reputación de una de las mejores universidades de Estados Unidos.
Smith, de 20 años, ingresó en Cornell para estudiar Económicas en 2025, un año después de que se hubieran producido los incidentes. Ya entonces se hablaba de lo que había pasado. «En el campus se sabía que los miembros de la fraternidad habían hecho cosas terribles», afirma, pero nadie podía imaginar que alcanzaría semejante dimensión. «Está claro que muchos estudiantes están indignados por lo que hicieron esas personas horribles, pero también por cómo respondió la universidad», señala.
Se refiere a la falta de acción de Cornell cuando la estudiante en cuestión, oculta bajo el pseudónimo Jane Doe que figura en la demanda que ha presentado contra la universidad y sus agresores, denunció lo que le había sucedido. Según el abogado de Doe, solo dos de los siete señalados fueron expulsados, y el resto recibió castigos menores: suspensiones, talleres o trabajos escritos. La demanda sostiene que a los acusados se les permitió atenuar su conducta entregando ensayos a la universidad. Una presunta violación grupal saldada, en parte, con deberes.
Cornell lo niega a medias. Confirma que hubo expulsiones y suspensiones, impuestas por un panel de profesores y personal formado, y asegura que a ninguno de los acusados se le ofreció escribir ensayos como única consecuencia. Pero se ampara en la ley federal de privacidad para no detallar qué sanción recibió cada uno. Doe, mientras tanto, abandonó la universidad.
La denuncia de la estudiante de 20 años acabó en manos de la fiscalía del condado de Tompkins, que decidió no presentar cargos al no haber recibido «un panorama completo» del caso. De acuerdo a Matthew Van Houten, el fiscal del condado de Tompkins, la Policía de Cornell nunca les informó de que había una acusación de violación grupal. La demanda civil, presentada el 16 de septiembre de 2026, reventó el silencio. El diario estudiantil acusó a Cornell de no haber protegido a sus alumnos. El fiscal reabrió el caso el 27 de septiembre, y dos días después la universidad aceptó una investigación independiente a instancias de la gobernadora Kathy Hochul. El 1 de octubre, Hochul nombró a la fiscal general de Nueva York Letitia James como fiscal especial del caso, ya con el asunto convertido en debate nacional.
Smith habla de una «mezcla de emociones» y preocupación. Por un lado, por la sensación de inseguridad que ahora tienen muchas compañeras en el campus, y, por otro, por los comentarios que circulan sobre los estudiantes de Cornell en general. «Da la sensación de que se está colgando a todos los hombres de Cornell la etiqueta que crearon siete seres humanos terribles«.
Culpa en parte a los medios por la clase de cobertura que están haciendo y al mismo tiempo deja claro que «todos los estudiantes son muy sensibles con el tema y, en general, apoyan a la víctima. Se habla de ello en el campus. La gente percibe la importancia de la situación y exige medidas que no se tomaron anteriormente». El lunes está prevista una marcha bajo el lema «Justicia para los supervivientes» que espera que sea multitudinaria. «La gente está nerviosa, así de simple, y también indignada. Esto ha empañado la reputación de la universidad, lo cual resulta sumamente exasperante».
Ahora el temor es que el golpe a la reputación de la institución afecte las opciones laborales a futuro de muchos estudiantes de Cornell, una Ivy League cuyo coste anual de asistencia ronda los 90.000 dólares y que suele ser garantía de puestos de trabajos bien remunerados para sus alumnos.
Diego Sarabia, uno de los presuntos violadores, ya ha sido despedido de su trabajo como empleado en una sucursal de Wells Fargo en Charlotte, Carolina del Norte. El resto niega haber hecho nada ilegal. Cuatro de ellos aseguran que el sexo fue consentido y los demás dicen que no tuvieron relaciones sexuales con la joven. A su favor cuentan con el hecho de que la presunta violación sucedió hace dos años y con un vacío legal en el código penal de Nueva York que dificulta perseguir a acusados de violación si la víctima estaba intoxicada de forma voluntaria, es decir, si había bebido demasiado y había consumido drogas, como en este caso.
Según nuevos testimonios a los que ha tenido acceso The New York Times, Jane Doe tardó días en entender lo que le había sucedido la noche del 19 de octubre de 2024. A medida que se fue dando cuenta de la gravedad del asunto, fue encajando las piezas hasta denunciarlo. Hoy, su historia estremece mientras sigue siendo el centro del debate sobre la violencia sexual contra mujeres en EEUU y el resto del mundo.
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