El arrepentimiento está lleno de callejones sin salida. Spinoza, por ejemplo, no le encontraba mucho sentido. En su razonamiento materialista, cabal y algo mecanicista (sin exagerar), dado que actuamos compelidos por causas ajenas y encadenadas, sentir culpa por haber tomado una mala decisión es lo más parecido a una ilusión. Pero no una ilusión cualquiera o solo vana, sino una de las malas, una de esas que nos hace sentir mal con nosotros mismos y nos detiene en un pasado estéril. En el catolicismo en general y en Agustín de Hipona muy en particular, la cosa cambia. Para el padre de la Iglesia, menos dado a los determinismos demoniacos, arrepentirse es siempre el primer paso a un cambio interior en el que la gracia de dios tiene mucho que ver. Se trata de un acto de sinceridad donde el alma reconoce su culpa, se duele por su error y se abre a la misericordia. Lo siento, me he equivocado, no lo volveré a hacer.
Fernando Franco desciende al infierno de la culpa de la mano de un drama veraz, crudo y directo
El arrepentimiento está lleno de callejones sin salida. Spinoza, por ejemplo, no le encontraba mucho sentido. En su razonamiento materialista, cabal y algo mecanicista (sin exagerar), dado que actuamos compelidos por causas ajenas y encadenadas, sentir culpa por haber tomado una mala decisión es lo más parecido a una ilusión. Pero no una ilusión cualquiera o solo vana, sino una de las malas, una de esas que nos hace sentir mal con nosotros mismos y nos detiene en un pasado estéril. En el catolicismo en general y en Agustín de Hipona muy en particular, la cosa cambia. Para el padre de la Iglesia, menos dado a los determinismos demoniacos, arrepentirse es siempre el primer paso a un cambio interior en el que la gracia de dios tiene mucho que ver. Se trata de un acto de sinceridad donde el alma reconoce su culpa, se duele por su error y se abre a la misericordia. Lo siento, me he equivocado, no lo volveré a hacer.
La luz es una película que presume de spinoziana, por su rigor, certeza y confianza en las leyes de la naturaleza (y del propio cine), pero que no esconde su afición agustiniana. No en balde su protagonista es cura. Se cuenta la historia de un hombre que se arrepiente. Primero lo hace por evitar males mayores (atrición, de acuerdo a la moral católica) y luego, por lo que parece una verdadera fe en la verdad (contrición). Hablamos de un sacerdote que tiempo atrás abusó de sus alumnos cuando se dedicaba a dar clases y que, ahora, cuando se platea abandonar la Iglesia y retirarse a una nueva vida lejos de la culpa, se da de bruces con su pasado. Fernando Franco plantea una situación que, en puridad y en la realidad, hasta el momento no se ha dado nunca. Y esa es la primera de las novedades. La segunda es que toda la cinta está contada desde la mirada del personaje principal, el culpable en busca de perdón, con todos los riesgos que eso conlleva. Nada tan peligroso como mirar cara a cara al monstruo, una criatura a la que, por definición (y por fea incluso), se le niega y nos niega sistemáticamente la mirada.
Franco vuelve a demostrar su afición por los personajes que caminan al borde de todos sus abismos. Su cine es un cine incómodo, pugnaz y febril que sistemáticamente se ofrece como un reto para el espectador. Su cine, desde La herida a Subsuelo pasando por Morir y La consagración de la primavera vive y se nutre de la verdad servida en crudo. Por muy incómoda que resulte. Cuesta digerirla, pero alimenta más. ¿Es posible perdonar lo imperdonable? ¿O es acaso igual de culpable acercarse, aunque sea un instante, y reconocer un gramo de virtud en la más nefanda de las criaturas? La luz es metódica a la ahora de exponer la actitud de encubrimiento que hasta la fecha ha seguido la Iglesia en todos y cada uno de los casos de pederastia. Sin caer en el docudrama y sin dejarse arrastrar por la denuncia evidente, la película se las arregla para describir sin juzgar, para analizar sin caer en la justa ira. Y es ese tono de medio ambiente frío el que desconcierta con la misma fuerza que asombra y alerta.
Acto seguido, es el turno del monstruo. Y es aquí donde el trabajo de Alberto San Juan y la metódica (por spinoziana) puesta en escena afilan cada ángulo de la narración hasta herir, hasta hacer sangrar. Todo son dudas y por cada duda, una revelación. ¿Confesar el pecado, que en verdad es crimen, como hace nuestro monstruo es heroísmo o simple narcisismo? ¿La actitud persistentemente culpable de la institución es estrategia por aquello de evitar males mayores o simple maldad? ¿Y las víctimas? Si aceptamos, como es justo aceptar, que solo ellas pueden conceder el perdón, ¿acaso es imaginable, o solo admisible, semejante despropósito? Y así. No hay manera de mirar a los ojos de lo terrible sin quedarse sin ojos.
Si se compara con las películas anteriores del director, ésta es la más explícita, la menos derivativa, la más directa. En lo que a la dirección se refiere, es la más clara, sin esos planos torturados que ha presidido su filmografía. Y eso que, en efecto, se antoja un logro, por momentos, resta esquinas a un asunto que es casi por definición solo esquinas. Sea como sea, queda una película que, como el propio arrepentimiento, es toda ella un callejón sin salida, una fría y muy inquietante disección de la imposibilidad del perdón.
—
Dirección. Fernando Franco. Intérpretes: Alberto San Juan, Pedro Casablanc, Miguel Rellán. Duración: 118 minutos. Nacionalidad: España.
Cine – Noticias sobre cine
