La ceremonia del relevo de la jefatura del Mosad disipó esta semana las dudas sobre el principal reto estratégico de Israel. «El vuelco estratégico que infligimos al eje iraní y al plan para destruir a Israel ha cambiado la ecuación de poder en toda la región», afirmó el nuevo director de los servicios secretos israelíes, Roman Gofman, destacando que el «eje chií ha sido duramente golpeado».
Tel Aviv, que asegura que el régimen de los ayatolás ha sido duramente golpeado, depende completamente de lo que diga Trump sobre Teherán y su milicia en Líbano
La ceremonia del relevo de la jefatura del Mosad disipó esta semana las dudas sobre el principal reto estratégico de Israel. «El vuelco estratégico que infligimos al eje iraní ha cambiado la ecuación de poder en toda la región», afirmó el nuevo director de los servicios secretos israelíes, Roman Gofman.
«El eje chií, que hizo de la destrucción de nuestro país su bandera, ha sido duramente golpeado pero la tarea no ha terminado», avisó en presencia del primer ministro Benjamin Netanyahu, que nombró a su secretario militar como jefe del Mosad pese a la oposición de altos mandos de la agencia por su inexperiencia en espionaje e Inteligencia. En el acto, su antecesor, David Barnea, fue más allá: «Creí y aún creo que el cambio de régimen en Irán es un objetivo posible y alcanzable. Es nuestro deber hacia las futuras generaciones».
Cuando Estados Unidos e Israel iniciaron la ofensiva aérea contra el régimen iraní el pasado 28 de febrero, no había dudas que al primero correspondía la última palabra y el segundo contaba con mayor motivación, urgencia y deseo de enviar los cazas a Teherán. Casi 100 días después, los dos países no han intercambiado los papeles. Mientras EEUU es quien decide si se reanuda la guerra o, como parece, se alcanza un acuerdo, Israel queda relegado a un segundo plano desde el que asiste con preocupación a la recta final de la negociación. Aunque pueda ser vendido como «el mejor acuerdo» por el presidente estadounidense Donald Trump, un pacto insuficiente a ojos israelíes elevará las dudas en Israel sobre el éxito de la ofensiva. Preguntado por CNBC sobre qué hará si el acuerdo no satisface a Israel, Netanyahu contestó anoche: «Creo que tenemos objetivos comunes. Demos una oportunidad para lograrlos».
El balance pasa también por la comparación entre los objetivos declarados y los logrados en el frente de guerra y en la mesa de negociación. La lista de objetivos se fue ampliando a medida que aumentaron los bombardeos en Irán y los misiles iraníes contra Israel y países árabes vecinos para reducirse con el anuncio de tregua del 8 de abril: la desarticulación del plan nuclear y la capacidad balística de Irán, el fin de la ayuda económica y armada de la Guardia Revolucionaria a sus proxíes en la región como Hamas y Yihad Islámica (Gaza) y Hizbulá (Líbano) y la «creación de condiciones» para que ciudadanos iraníes pongan fin a 47 años de la República Islámica.
«Si esto acaba con la renuncia de Irán de sus capacidades de enriquecimiento de uranio, la extracción del uranio enriquecido y la normalización de relaciones con Arabia Saudí, entonces te diría que la situación estratégica de Israel sería mucho mejor que antes», nos comenta el analista militar del diario Haaretz, Amos Harel, que añade: «De momento, todo ello no se logró y además, el Gobierno dañó las relaciones con Egipto y Jordania y los países del Golfo Pérsico, excepto Emiratos Árabes Unidos, están enfadados con nosotros».
Netanyahu insiste que «no permitiremos que el régimen iraní tenga armas nucleares» y asegura que las dos operaciones militares en junio y en febrero junto a las acciones en la sombra en la última década, han evitado que ya las tenga. Bibi será criticado en Israel si el acuerdo no incluye el compromiso iraní de extraer los 440 kilogramos de uranio enriquecido al 60% ni garantías del desmantelamiento del plan nuclear.
El temor israelí es que el levantamiento de sanciones y el desbloqueo de los fondos congelados por EEUU consolide el régimen de Mojtaba Jamenei. Tres meses después, su enemigo ha perdido numerosos líderes-empezando por el ayatolá Ali Jamenei (muerto en el primer ataque)-comandantes, efectivos, misiles e importantes infraestructuras militares pero ha ganado disuasión ante sus vecinos del Golfo Pérsico, la baza del Estrecho de Ormuz y la vinculación impuesta a Trump con la escalada entre Israel y Hizbulá.
El apoyo de EEUU -traducido en una ofensiva aérea conjunta sin precedentes-no es gratis para Israel que aceptó en los últimos meses los dictados de su gran aliado en los principales frentes abiertos tras el ataque de Hamas del 7 de octubre del 2023: Gaza, Irán y Líbano.
Tras albergar la cuarta ronda negociadora entre el gobierno libanés e israelí en plena tregua sin cumplirse, el departamento de Estado norteamericano anunció la implementación del acuerdo de alto el fuego «supeditado al cese total de los ataques de Hizbulá y a la evacuación de todos los operativos de Hizbulá del sector al sur del río Litani».
El líder de la milicia proiraní, Naim Qassem, rechazó el acuerdo y lo definió como «imaginario….capitulación, derrota y cumplimiento de los objetivos del enemigo». «Solo nos interesa el fin total de la agresión mediante un cese del fuego y la retirada israelí», añadió.
Este jueves, Hizbulá lanzó proyectiles y drones contra tropas israelíes en el sur del Líbano causando la muerte de un soldado y localidades del norte de Israel que por su parte siguió sus ataques, con un balance de cuatro muertos, sin romper el veto de Trump de no alcanzar el feudo del grupo en Beirut.
La Fuerza Interina de Naciones Unidas en Líbano (Finul) anunció la muerte de un soldado serbio y heridas a otros dos españoles por proyectiles de mortero cerca de Marjayoun. El ejército israelí acusó a Hizbulá del ataque.
El acuerdo incluye «la creación de zonas piloto en las que las Fuerzas Armadas Libanesas asumirán el control exclusivo del territorio, excluyendo a cualquier actor no estatal». Soldados israelíes se retiraron ayer de dos aldeas en el sur del Líbano, pasando a estar bajo control libanés tras el anuncio de un pacto criticado por varios ministros israelíes al señalar que el ejército del país vecino no puede desarmar a Hizbulá.
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