Durante más de 60 años, Australia no ha construido una sola refinería de petróleo a gran escala. Ahora, en plena guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, el Gobierno federal y el de Australia Occidental destinarán cuatro millones de dólares australianos (unos 2,5 millones de euros) para financiar un estudio de prefactibilidad sobre una nueva planta en Karratha, en la remota región de Pilbara. Si el proyecto sale adelante, la nación oceánica pasaría a contar con tres refinerías.
Ante la fragilidad de sus reservas de combustible, Canberra busca nuevas fuentes de suministro y estudia la construcción de una tercera refinería de petróleo
Durante más de 60 años, Australia no ha construido una sola refinería de petróleo a gran escala. Ahora, en plena guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, el Gobierno federal y el de Australia Occidental destinarán cuatro millones de dólares australianos (unos 2,5 millones de euros) para financiar un estudio de prefactibilidad sobre una nueva planta en Karratha, en la remota región de Pilbara. Si el proyecto sale adelante, la nación oceánica pasaría a contar con tres refinerías.
El primer ministro australiano, Anthony Albanese, anunció el plan a finales de julio con las miradas de toda la nación puestas sobre él. Insistió en que «cuanto más se prolongue el conflicto en Oriente Próximo, mayor será el impacto para Australia». Sus palabras, sin embargo, no aliviaron la bofetada de realidad que ya sentían los australianos en el surtidor.
El agujero en sus bolsillos se ha ensanchado entre los vaivenes del conflicto y ha trascendido a las cifras. La Oficina de Estadística confirmó que el país sufrió la mayor subida mensual de la historia entre finales de febrero y mediados de marzo de este año. El diésel se llevó la peor parte, con un alza cercana al 91% en los precios mayoristas. Al igual que ocurrió al comienzo de la guerra en Ucrania, Canberra volvió a abrir la reserva estratégica de combustible. Esta vez liberó el equivalente a seis días de gasolina y cinco de diésel para aliviar un mercado muy frágil y desprotegido: la reserva en Australia es de 36 días de consumo de gasolina, 34 de diésel y 32 de combustible para aviones, muy lejos de los 90 días que estipula la Agencia Internacional de la Energía.
Esta fragilidad se hizo aún más patente cuando una de las dos refinerías activas de la nación salió ardiendo a mediados de abril para propinar otro golpe al mercado de combustible. El fuego de grandes proporciones provocó que la planta de Geelong, Victoria, perdiera casi un 20% de su capacidad en diésel y un 40% en gasolina. El infortunio doméstico llegó en plena tormenta geopolítica.
En mayo, el Gobierno de Albanese anunció un paquete de más de 10.700 millones de dólares australianos (unos 6.500 millones de euros) para blindar la seguridad energética del país, financiado al margen del presupuesto y con vistas a 2030. Entre las varias aristas del plan, destaca el objetivo de llevar las reservas de diésel y combustible de aviación a 50 días de cobertura. Además, se confirmó una partida de 10 millones para estudiar la viabilidad de nuevas refinerías, la semilla de lo que meses después se ha convertido en el proyecto de Karratha.
La contienda entre Estados Unidos, Israel e Irán ha puesto en jaque el Estrecho de Ormuz, por donde circulan a diario unos 20 o 21 millones de barriles de petróleo, según estimaciones de la Administración de Información Energética de Estados Unidos. Cualquier tropiezo en ese corredor se traslada casi de inmediato a los precios globales de los combustibles, y Australia, que importa alrededor del 80% de lo que consume, lo nota antes que casi nadie.
El mapa de las importaciones explica buena parte de esa exposición. Corea del Sur aporta alrededor de una cuarta parte del combustible que compra Australia, seguida de Malasia, con cerca de un 13%. Singapur y Japón completan la lista de proveedores habituales, en un abanico que deja al país dependiendo casi por completo del sudeste asiático y el norte de Asia -economías que, a su vez, dependen del crudo que cruza el Estrecho de Ormuz: en torno al 75-80% de las importaciones de petróleo de Tokio y Seúl transitan por ese corredor.
Ante la escasez, Canberra ha optado por diversificar antes que esperar: el ministro de Energía, Chris Bowen, reconoció que Australia buscaba nuevas fuentes de combustible, incluidas compras a Estados Unidos y México, mientras Singapur y Japón se comprometían a garantizar el flujo de exportaciones hacia el país. Australia firmó un acuerdo específico con Singapur para mantener abiertas las rutas de petróleo y gas en plena crisis global, aprovechando una relación bilateral reforzada meses antes con una Asociación Estratégica Integral. La ministra de Exteriores, Penny Wong, recorrió recientemente Japón, Corea del Sur y China -tres de los cuatro mayores socios comerciales del país- para reforzar los mismos compromisos.
En este tablero, Australia tiene un as en la manga: es uno de los grandes productores y exportadores mundiales de gas natural licuado, un activo que sus autoridades han sugerido que les da margen de maniobra para negociar el suministro de combustible que no produce. Así, mientras Washington libra la guerra que ha encarecido su gasolina, Canberra ha optado también por intentar blindarse de manera interna -a muy largo plazo con la potencial construcción de su tercera refinería- y tejiendo acuerdos con sus vecinos asiáticos antes que confiando únicamente en su aliado histórico.
Internacional. Noticias internacionales. Última hora
