La bolsa de los vientos

Todavía no he visto La Odisea de Christopher Nolan recién estrenada. A estas alturas, sin embargo, resulta difícil no haber discutido ya sobre ella. Se debate la fidelidad a Homero, la grandiosidad de la empresa, el Ulises sombrío que propone el director y cuánto ha añadido, suprimido o transformado para apropiarse del poema. Tal vez ésa sea la primera prueba de la vitalidad de un clásico: nos enzarzamos sobre su significado antes incluso de sentarnos ante la pantalla.

 Ítaca no borra el viaje, le da dirección. No toda derrota revela falta de preparación. No toda victoria acredita mérito  

Todavía no he visto La Odisea de Christopher Nolan recién estrenada. A estas alturas, sin embargo, resulta difícil no haber discutido ya sobre ella. Se debate la fidelidad a Homero, la grandiosidad de la empresa, el Ulises sombrío que propone el director y cuánto ha añadido, suprimido o transformado para apropiarse del poema. Tal vez ésa sea la primera prueba de la vitalidad de un clásico: nos enzarzamos sobre su significado antes incluso de sentarnos ante la pantalla.

Aristóteles redujo la trama de La Odisea a unas pocas líneas. Un hombre permanece muchos años lejos de su patria; mientras tanto, los pretendientes consumen sus bienes y amenazan a su hijo; después de sufrir innumerables penalidades, regresa, se da a conocer y derrota a quienes habían ocupado su casa. Todo lo demás -Polifemo, Circe, Calipso, los lotófagos, el descenso al Hades, las sirenas o la bolsa de los vientos- son episodios. La paradoja es que estos episodios constituyen justamente lo que recordamos. Cualquier biografía puede resumirse en unas líneas; lo que la convierte en vida son los desvíos, las pruebas, los encuentros, las pérdidas y cuanto irrumpe sin figurar en el itinerario previsto.

Ulises no es un héroe de cartón piedra. No representa una excelencia sin fisuras contrapuesta a villanos igualmente planos. Es astuto y vanidoso, resistente y embaucador, prudente unas veces e insensato otras. Miente, seduce, se equivoca y provoca a Polifemo cuando habría podido marcharse en silencio. Paga por ello un precio terrible. Sobrevive por su inteligencia y su voluntad, pero también gracias a dioses y mortales, a quienes lo acogen, lo escuchan o lo conducen. Precisamente por eso sigue interesándonos. No encarna la perfección, sino la obstinación del propósito pese a sus propias flaquezas. Su personalidad no le impele a actuar siempre de la misma manera, sino a conservar un objetivo -volver- mientras aprende a adaptarse a cuanto amenaza con desviarlo. Ítaca no borra el viaje. Le da dirección.

Por lo que dicen quienes ya han peregrinado al cine, Nolan lleva a primer plano otra dimensión: la culpa del superviviente, la memoria de Troya, la violencia que acompaña el regreso. Ha construido un Ulises muy suyo, torturado como tantos de sus personajes, menos dueño de la ironía y de la seducción verbal que el héroe homérico. No sé aún si esa elección ilumina el poema o lo estrecha. Pero traduce algo característico de nuestra época: tendemos a buscar la profundidad en la herida, a interpretar toda aventura como trauma y toda vuelta como expiación.

En el extremo opuesto, Tina Seelig, profesora de Stanford y autora de una charla TED vista millones de veces y multiplicada después en otros medios, lleva años estudiando cómo aumentar la suerte. Su conclusión le cabe en una imagen sencilla: la suerte se parece al viento. No podemos hacerlo soplar, pero sí levantar una vela. Para aprovecharlo, aconseja aceptar pequeños riesgos, salir algo de la zona de confort, reconocer la ayuda de quienes abren puertas y no desechar demasiado pronto lo inesperado. Es sentido común homérico traducido al lenguaje optimista del emprendimiento americano. Y contiene una verdad. La suerte no siempre se anuncia con estrépito; a menudo se esconde en una conversación, una invitación, un encuentro que sabemos aprovechar porque andamos con las antenas desplegadas, una persona que decide ayudarnos o una coincidencia que sólo reconoce quien se ha preparado para verla.

Pero Homero es menos reconfortante que Seelig. La vela importa, desde luego, pero no gobierna el viento. No impide que Poseidón sople en contra ni que una tormenta destruya la nave. Tampoco evita que los compañeros de Ulises, creyendo que Eolo le ha entregado un tesoro, abran la bolsa donde permanecían encerrados los vientos adversos cuando la costa de Ítaca estaba ya a la vista. Hay momentos que desaprovechamos, errores que cometemos y desgracias que otros desencadenan sobre nosotros. No toda derrota revela falta de preparación. No toda victoria acredita mérito.

Maquiavelo llamó «fortuna» a esa parte de la vida que escapa a nuestro gobierno y «virtù» -que no equivale a virtud moral- a la capacidad de leer la coyuntura, adaptarse, actuar y resistir. Comparó la fortuna con un río impetuoso que se desborda, arrasa campos, árboles y edificios. No podemos impedir siempre la crecida. Sí podemos levantar diques en periodos de aguas calmas. En esa tensión entre fortuna y virtù se mueve cualquier lance que merezca ser compartido. No somos autores soberanos de nuestra historia, pero tampoco simples figurantes. Recibimos vientos favorables y contrarios; heredamos una nave, un contexto y unos compañeros que no hemos elegido en su totalidad; y, dentro de esos márgenes, decidimos cómo aparejar, cuándo arriesgar, cuándo esperar y qué rumbo conservar.

No lo digo sólo por haberlo leído.

Hace más de veinte años acudí ya a Ulises en una columna para replicar al vociferante político que había atribuido determinadas declaraciones mías en el ejercicio de la tarea de Gobierno, a supuestas «secuelas mentales» dejadas por «esa enfermedad» («Esa enfermedad», EL PAÍS, 4 de abril de 2003). Empecé por nombrarla para enfrentarla -cáncer-, que el eufemismo no la hace menos temible; solo añade al miedo la imposibilidad de decirlo.

El cáncer, con un diagnóstico de paliativos y la batalla diaria que siguió, convirtió mi vida en un viaje iniciático consciente. Durante meses, mi refugio fueron los clásicos, leídos o escuchados, y erigí a Ulises en mentor. Sé de descender a las tinieblas de Hades, de cantos de sirena y de tentaciones lotófagas. Sé, finalmente, que quien regresa no es ya la persona que emprendió la andadura. Mi «regreso» se solapó con el Gobierno: Perejil, Irak, la Constitución europea y la reforma de los tratados, entre otras circunstancias desafiantes. Frente al compadecimiento bienintencionado en tantas miradas -después del cáncer, ocupar un cargo y tener que bregar con tempestades de envergadura excepcional-, mi percepción era radicalmente contraria; sencillamente, el viaje continuaba. He tenido el privilegio -y empleo deliberadamente la palabra- de recorrer un camino no exento de épica. Pero una odisea no reside sólo en los acontecimientos que pueden narrarse. Está el fajarse en las batallas silenciosas, superar las noches de miedo, disciplinarse para no tirar la toalla y apropiarse una experiencia que no desearíamos a nuestro peor enemigo.

La contraposición entre Nolan y Seelig ilumina dos tentaciones contemporáneas. Una convierte la vida interior en herida, culpa y remordimiento; la otra, en una técnica para ampliar oportunidades, administrar riesgos y mejorar resultados. Cargamos con decisiones erradas, con daños causados o recibidos y con oportunidades malogradas. Pero encararse a uno mismo exige más que instalarse en la mala conciencia y más también que desplegar una colección de recursos de autoayuda, por útiles que éstos sean. Requiere mirar las propias flaquezas sin reducirse a ellas, asumir la responsabilidad sin dejarse anegar por el remordimiento y continuar el viaje sin fingirse incólume, sino buscar volver «plein d’usage et raison» como canta Du Bellay en su soneto Heureux qui comme Ulysse.

Eso es quizá lo que las versiones demasiado heroicas o excesivamente atormentadas de La Odisea corren el riesgo de perder. Ulises no es admirable porque venza siempre. De hecho, pierde hombres, barcos, años y ocasiones. Su grandeza está en mantener un derrotero trascendente, en desear el retorno, en no quedar reducido a pruebas y fracasos. No es casual que las aventuras que Ulises relata ante los feacios ocupen únicamente cuatro de los veinticuatro cantos. También ahí hay una lección. Vivir exige atravesar los episodios, pero no se agota en ello: requiere lograr trabarlos en una historia que no los falsee y que, al tiempo, no nos deje prisioneros de ellos. Y bancar esa historia. Ulises sobrevive, pero, además, consigue contarse.

Una vida bien vivida no es una vida de diseño, con la fortuna soplando siempre a favor -dudo de su existencia-, ni aquella donde la voluntad domina todos los obstáculos. Es la que no confunde la desgracia con un veredicto, reconoce la ayuda recibida, asume sus propios extravíos y conserva la meta en situaciones en las que el mapa deja de servir. Fortuna reparte los vientos. Virtù dispone las velas, repara la nave y procura no perder el rumbo. Pero la odisea comienza al comprender que regresar no es seguir siendo quien partió; consiste en sabernos, cuando arribamos a Ítaca, «colmados de experiencia y juicio».

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