El rearme de Japón para dejar de ser «un paraíso para espías» extranjeros

Hay una frase que persigue desde hace más de 40 años a los servicios de Inteligencia japoneses: «Japón es un paraíso para los espías».

 Tras reforzar su ejército y bajo presión por la infiltración de agentes rusos, el Gobierno de Takaichi da otro paso histórico creando un organismo que buscará recuperar autonomía en el mundo del espionaje  

Hay una frase que persigue desde hace más de 40 años a los servicios de Inteligencia japoneses: «Japón es un paraíso para los espías».

La pronunció en 1983 el entonces primer ministro Yasuhiro Nakasone, frustrado porque su país era incapaz de proteger sus propios secretos. Ahora, con China apretando militarmente en la región, Corea del Norte apuntando con sus misiles y Rusia infiltrando agentes, aquella advertencia ha dejado de sonar como una exageración. El actual Gobierno de Sanae Takaichi cree que ha llegado el momento de crear la primera agencia nacional de inteligencia centralizada desde la Segunda Guerra Mundial.

Desde este verano, Tokio ha concentrado bajo un mismo mando la información dispersa que había entre ministerios, policías, militares y diplomáticos. «El propósitvo es detectar amenazas, combatir el espionaje extranjero y responder a una realidad geopolítica mucho más hostil«, señalan funcionarios japoneses.

Para los defensores de la reforma, se trata de una modernización imprescindible; para sus detractores, es el primer paso hacia el desmantelamiento de algunos de los principios pacifistas que definieron al Japón de la posguerra.

Desde Tokio dejan claro que esto constituye el primer ladrillo de un proyecto mucho más ambicioso: convertir al país asiático en una potencia de inteligencia comparable a sus principales aliados occidentales.

«Estas medidas son solo el primer paso en la reforma de los servicios de inteligencia», aseguró la conservadora Takaichi al presentar una iniciativa que, según ella, responde a «los nuevos métodos de guerra» que caracterizan el escenario internacional actual.

Hasta ahora, el sistema japonés era una anomalía entre las grandes democracias. La Oficina de Inteligencia e Investigación del Gabinete (CIRO), creada durante la Guerra Fría, apenas ejercía como coordinadora de un mosaico formado por distintos organismos que recopilaban información por su cuenta y, con frecuencia, sin compartirla con el resto.

La nueva Oficina Nacional de Inteligencia ha nacido para romper esa fragmentación. Y contará con un consejo presidido por la propia Takaichi, que decidirá las prioridades estratégicas. El siguiente paso es que el Ejecutivo apruebe una auténtica ley contra el espionaje -el país sigue sin disponer de una legislación específica- y, posteriormente, crear un servicio de inteligencia exterior equivalente a la CIA estadounidense o al MI6 británico.

Todo esto supone un cambio histórico para un país que, desde 1945, ha preferido depender en gran medida del paraguas de Estados Unidos. La protección estadounidense permitió que Tokio relegara el desarrollo de sus propias capacidades de inteligencia. El resultado, sostienen los analistas, es que los espías extranjeros han podido operar con una libertad inusual en un país que alberga además alrededor de 55.000 militares estadounidenses repartidos por sus bases, lo que convierte al país en un objetivo prioritario para cualquier servicio secreto.

Hay un episodio de espionaje que sacudió recientemente a Tokio. Una investigación reciente del New York Times reveló cómo Rusia había aprovechado precisamente esas debilidades estructurales para convertir Japón en uno de sus principales centros de operaciones clandestinas.

Decenas de agentes rusos se trasladaron al país después de que cientos de diplomáticos y espías fueran expulsados de Europa tras la invasión de Ucrania. Desde territorio japonés coordinaban la adquisición de componentes electrónicos de doble uso que, tras pasar por países intermediarios como Vietnam, Uzbekistán o Sri Lanka, acababan integrándose en misiles y drones empleados por el ejército ruso.

Toda esta vulnerabilidad llevó a Tokio a rearmar su servicio secreto. Aunque el proyecto despierta recelos en parte de la opinión pública y la oposición. Durante un reciente debate parlamentario, el diputado Makoto Oniki criticó que la nueva oficina «carece de suficientes mecanismos independientes de supervisión» y que podría «abrir la puerta a una sociedad excesivamente vigilada».

Desde la vecina China, estos debates se observan bajo un prisma mucho más amplio. Los portavoces del Gobierno de Xi Jinping llevan meses acusando a Takaichi de estar desmontando las restricciones militares impuestas tras la derrota de 1945 y de utilizar la amenaza china como argumento para justificarlo. El Ministerio de Exteriores chino ha llegado a asegurar que Tokio está «reconstruyendo su maquinaria de guerra».

La retórica se ha endurecido hasta hablar abiertamente del resurgimiento de un «neomilitarismo» japonés, términos especialmente cargados en China por el recuerdo de la invasión nipona durante la primera mitad del siglo XX. Para Pekín, el nacimiento de una inteligencia japonesa más poderosa encaja dentro de una transformación mucho mayor de la arquitectura de seguridad de su vecino.

El nuevo servicio secreto japonés es otra pieza de un gran giro estratégico. El artículo 9 de la Constitución de 1947 consagró la renuncia a la guerra y durante décadas Tokio mantuvo unas Fuerzas de Autodefensa sometidas a una doctrina estrictamente defensiva. Ese corsé se ha ido aflojando.

Japón ha disparado su presupuesto militar, está adquiriendo misiles estadounidenses Tomahawk y desarrollando armamento de largo alcance que le permitirá golpear objetivos situados en territorio enemigo. También ha relajado las restricciones a las exportaciones de material militar y está reforzando sus posiciones en las islas del suroeste, el arco que se extiende hacia Taiwán frente a las costas chinas.

Takaichi pretende ir todavía más lejos. Su Gobierno ha defendido revisar los principales documentos de seguridad nacional ante la evolución de las guerras de Ucrania y Oriente Próximo y la posibilidad de un conflicto prolongado en Asia. Hace unos días desde Pekín volvieron a denunciar que Japón avanzaba hacia la remilitarización «a toda velocidad».

Los defensores de la nueva reforma de Inteligencia responden que todas las democracias maduras disponen de organismos similares y que la verdadera garantía reside en establecer controles parlamentarios y judiciales eficaces. Precisamente esa será una de las grandes pruebas para Tokio: demostrar que puede construir unos servicios secretos modernos sin renunciar a las libertades que definieron el Japón democrático nacido después de la gran guerra.

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