Los ilusos 13 + 13: Reválida para la emoción y la  utopia (****)

Alain Bergala —francés antes que solo crítico y cineasta— estaba convencido de la necesidad de crear un vínculo entre hacer y ver cine. Lo suyo tenía mucho de pedagogía de nuevo cuño, de revolución pendiente, pero también de actitud delante y detrás tanto de la pantalla como de la cámara. Y, apurando, de la misma vida. Jonás Trueba lleva años, alguno más que solo 13, empeñado en convertir el cine en algo más. Más que una expresión artística, más que un oficio, más que una manera elegante de evitar unas oposiciones, más que una tradición familiar, más que casi todo lo demás. Ni más ni menos. El suyo es un cine que se hace y deshace a medida que avanza, que se mueve por la pantalla como la expresión de un deseo. Pero no un deseo de algo, sea determinado o abstracto, sea cercano o muy lejano, sino más bien el deseo mismo de desear. Suena lírico, quizá tremendo, aunque en realidad es simplemente la voluntad de colocar en algún lado la obligación de la utopia. Sin cinismos y muy consciente de la ingenuidad de una proclama que también es provocación, no es tanto cine para ver como para montar. Cine que se busca en cada plano.

 Jonás Truebas remonta, rehace, revive y pinta de colores su película fundacional de hace ahora 13 años  

Alain Bergala —francés antes que solo crítico y cineasta— estaba convencido de la necesidad de crear un vínculo entre hacer y ver cine. Lo suyo tenía mucho de pedagogía de nuevo cuño, de revolución pendiente, pero también de actitud delante y detrás tanto de la pantalla como de la cámara. Y, apurando, de la misma vida. Jonás Trueba lleva años, alguno más que solo 13, empeñado en convertir el cine en algo más. Más que una expresión artística, más que un oficio, más que una manera elegante de evitar unas oposiciones, más que una tradición familiar, más que casi todo lo demás. Ni más ni menos. El suyo es un cine que se hace y deshace a medida que avanza, que se mueve por la pantalla como la expresión de un deseo. Pero no un deseo de algo, sea determinado o abstracto, sea cercano o muy lejano, sino más bien el deseo mismo de desear. Suena lírico, quizá tremendo, aunque en realidad es simplemente la voluntad de colocar en algún lado la obligación de la utopia. Sin cinismos y muy consciente de la ingenuidad de una proclama que también es provocación, no es tanto cine para ver como para montar. Cine que se busca en cada plano.

Todo lo anterior, en su confusión y entusiasmo, quedó claro no tanto en la primera película como en la segunda. Fue en 2013 (es decir, hace 13 años) cuando Jonás Trueba sorprendió con una película esencialmente peculiar. Los ilusos, así se llamaba aquel prodigio pintado antes que solo proyectado en el aire, acababa con un crío con los pies enredados en cinta un viejo VHS. Aquella imagen acabó en el cartel de la película y, a su modo, en manifiesto. La película contaba la historia de un joven cineasta (Francesco Carril) algo (o muy) pedante detrás de completar una película sobre el suicidio a la vez que hacía esfuerzos por ordenar su vida sentimental (es decir, follar). En realidad, el argumento no era más que una excusa para narrar el propio proceso de elaboración de la película que estábamos viendo. Pero no, como tantas otras veces, en clave metacinematográfica (cine de cine), sino más bien dejando que la propia película explicara sus errores, sus intenciones, sus tentativas, sus citas y, por qué no, sus aciertos. Ver, vivir y hacer cine se convertían en lo mismo en el reducido espacio de cuatro calles del barrio madrileño de Lavapiés. Tal cual.

Ahora, lo que hace el director es seguir con el proyecto original dando carta de validez a ese primer intento. De por medio, han pasado, ya se ha dicho, 13 años y media docena de largometrajes, pero el impulso original se mantiene intacto. La nueva película añade imágenes en color, sustituye otras, alarga las menos y, sobre todo, ofrece la posibilidad de revivirlo todo. Se trata de volver a ver, para verlo todo por primera vez. Es nostalgia, pero no de la mala. Es nostalgia que, en verdad, es más recuerdo y aviso para navegantes. Es una preciosidad que ofrece al espectador la posibilidad de asuntos tales como repensarse, volver a desear y, ya puestos, avergonzarse. Sí, da mucha vergüenza recuperar lo irrecuperable, pero también es cierto que nada comparable a revivir la emoción de una emoción ya olvidada.

Dirección: Jonás Trueba. Intérpretes: Francesco Carril, Aura Garrido, Vito Sanz, Isabelle Stoffel. Duración: 93 minutos. Nacionalidad: España.

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