Casi 96 horas después del terremoto, los bomberos italianos implicados en las operaciones de rescate en Venezuela esperaban este domingo poder lograr un milagro. «Hay una mujer de treinta años viva en un edificio derrumbado en Macuto, aquí en el estado de La Guaira. Responde a nuestras llamadas golpeando contra un tubo y antes ha intercambiado algunos mensajes por WhatsApp con su hermano. Está consciente y dice que está allí con dos de sus tres hijos», explica al Corriere Luca Cari, portavoz de los bomberos.
Casi 20.000 personas siguen desaparecidas en el norte de Caracas. El balance de víctimas mortales asciende ya a 1.450
Casi 96 horas después del terremoto, los bomberos italianos implicados en las operaciones de rescate en Venezuela esperaban este domingo poder lograr un milagro. «Hay una mujer de treinta años viva en un edificio derrumbado en Macuto, aquí en el estado de La Guaira. Responde a nuestras llamadas golpeando contra un tubo y antes ha intercambiado algunos mensajes por WhatsApp con su hermano. Está consciente y dice que está allí con dos de sus tres hijos», explica al Corriere Luca Cari, portavoz de los bomberos.
Del balance diario de la muerte también emergen historias de vidas reencontradas. Los equipos de rescate han logrado extraer con vida a varios niños, entre ellos una recién nacida de pocos meses. Y este domingo por la tarde, casi cuatro días después del seísmo, un hombre y su hijo adolescente fueron sacados de entre los escombros en Caraballeda.
La historia más conmovedora es la de Santiago González, un recién nacido de pocos días, que el sábado fue salvado por los equipos de búsqueda estadounidenses en Catia La Mar. Estaba junto a su madre, Diliana Torrealba. Están vivos gracias al gesto desesperado del padre, Yefferson, que les hizo de escudo.
El último balance oficial del terremoto del pasado miércoles es de 1.450 muertos y 3.150 heridos, 189 edificios derrumbados y 774 dañados. Son cifras dramáticamente subestimadas.
Basta observar la hecatombe de casas en la «zona roja» al norte de Caracas, una serie de ciudades fantasma si no fuera por el tráfico de voluntarios que, con enormes camiones o pequeñas motocicletas, suben y bajan por las grandes avenidas cargados de agua, gasolina, bienes de primera necesidad y muchos escombros.
En la avenida comercial de Atlántidas, en Catia La Mar, Eduardo Hernández, de 28 años, golpea con el martillo de forma frenética contra esos bloques de piedra que no se quieren romper. «Está saliendo un olor muy fuerte. Debemos darnos prisa. Con la ayuda de Dios los encontraremos», dice limpiándose las manos en la camiseta sucia y sudada. Una camiseta en la que pone «Futuro y esperanza».
El olor a muerte sobre ese montón de escombros es muy fuerte. Y él golpea y golpea todavía, aunque sabe perfectamente que ya es demasiado tarde para sacar viva a aquella «familia de chinos que vive aquí desde siempre», en un edificio de tres plantas, casa y tienda, que se ha arrugado como una vieja caja vacía.
En La Guaira, 20.000 personas no responden ya a la llamada, un estado de 120.000 habitantes que corre el riesgo de convertirse en un cementerio al aire libre, porque los escombros son muchísimos y los rescates llegan con lentitud. «Por suerte están llegando los extranjeros», dice Juan García. «Hasta ahora aquí hemos trabajado solo nosotros los habitantes, con los voluntarios, entre las casas destruidas», añade.
Usan palas viejas, martillos de albañil, guantes de pintor. Cualquier cosa sirve para extraer los cuerpos atrapados. Los cadáveres están por todas partes, semiocultos por chapas o por lonas que no logran cubrir las piernas. Y la rabia crece también contra los (muchísimos) militares que vigilan la «zona cero» de Venezuela, pero no frenan a los saqueadores y, sobre todo, no cogen las palas.
En el complejo residencial Los Delfines, clase media que aquí vive o veranea con vista al mar, los edificios de 15 a 20 pisos están todos destruidos. Keyra, de 15 años, está agarrada con las dos manos a la verja del condominio La Riviera. «Espero a mi madre, que ha subido a recoger los documentos a casa», dice mientras la muestra con el dedo, arriba en el sexto piso.
«¿Ves? Donde está ese armario, la cama», concreta. Ninguna pared, nada protege ya la vida pasada de Keyra y de su madre. «No se ha salvado nada de mis quince años», explica apenada. Por suerte, tiene otro apartamento donde intentar olvidar.
Pero basta cruzar la carretera de cuatro carriles para encontrarse con una realidad igualmente destrozada, pero completamente distinta en el plano social. Aquí casi todos se han quedado. No tienen otros lugares donde ir y no quieren dejar las pocas cosas que poseen. Duermen sobre viejos colchones al aire libre, en medio del polvo que sube de la carretera y de las ruinas que los rodean. Comen juntos sobre las pocas mesas que todavía tienen las patas.
Y juntos lloran a la niña de 9 años que quedó aplastada bajo los tres pisos de su edificio, construido por el «gran Hugo Chávez», que dio nombre al asentamiento y que aquí desde hace tiempo ya no consideran un héroe.
Luisa Ermes está furiosa con el Estado que hoy no existe. «Estamos solos aquí. Sabemos que la situación es crítica en toda La Guaira, pero por aquí solo han pasado algunos bomberos. Y necesitamos respuestas», dice la maestra de infantil de 44 años. «La única ayuda concreta hasta ahora nos ha llegado de los voluntarios», añade.
Luisa y sus vecinos me llevan a ver sus humildes apartamentos destruidos, aunque el riesgo de derrumbe es evidente. El televisor en el suelo, la pared destruida, una multitud de trozos de vidrio haciendo de alfombra. «Ahora están los extranjeros y quizá las cosas irán mejor», susurran. «Hablad de nosotros, haced saber al mundo que existimos», suplican.
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