Ha llegado la hora de la descentralización del poder a Inglaterra. No al Reino Unido, sino a Inglaterra. Esa idea es el principal elemento diferenciador de la política del virtual futuro primer ministro, Andy Burnham, y el actual titular del cargo, Keir Starmer. Y así ha quedado claro en el discurso dado hoy por el primero en Manchester, justo después de presentar su dimisión como alcalde de la ciudad, para preparar su llegada a Downing Street, prevista, si no hay sorpresas, para el 20 de julio.
El futuro primer ministro británico pretende trasladar parte de la oficina, situada la residencia oficial en el número 10 de Downing Street, a Manchester
Ha llegado la hora de la descentralización del poder a Inglaterra. No al Reino Unido, sino a Inglaterra. Esa idea es el principal elemento diferenciador de la política del virtual futuro primer ministro, Andy Burnham, y el actual titular del cargo, Keir Starmer. Y así ha quedado claro en el discurso dado hoy por el primero en Manchester, justo después de presentar su dimisión como alcalde de la ciudad, para preparar su llegada a Downing Street, prevista, si no hay sorpresas, para el 20 de julio.
Burnham ha prometido «un nuevo número 10 en el norte». En otras palabras: trasladar parte de la oficina del primer ministro, situada su residencia oficial en el número 10 de Downing Street, a Manchester. Esa unidad del gobierno «será el centro nervioso de una Gran Bretaña reconectada». O, explicado de manera menos lírica y más pragmática, «desde Manchester se coordinará todo el gobierno al nivel nacional y local para que en todos los sitios puedan fijarse objetivos de crecimiento ambiciosos».
En la práctica, eso es un considerable desafío para la Administración Pública británica. El plan de Burnham implica dar más poder al Ministerio de Finanzas, que deberá hacerse cargo de una serie de competencias que hasta ahora han estado dispersas por todo el aparato estatal, descentralizarse y desarrollar modelos de comunicación con las Administraciones locales, especialmente los ayuntamientos.
Burnham no entró, como era de esperar, en detalles. Pero su propuesta tiene lógica al menos desde el punto de vista político. Dentro de Inglaterra existe un creciente resentimiento por parte de las regiones, situadas al norte de Londres, contra la capital y la costa sur del país. El sentimiento más extendido en toda esa región es que la industria de los servicios financieros y la clase política capital se han apropiado del crecimiento económico del país.
Eso también tiene consecuencias electorales. Londres, al fin y al cabo, el epítome del elitismo globalista contra el que cabalgan la ultraderecha de Nigel Farage (Reform UK, que lidera las encuestas) y Rupert Loewe (Restore Britain, marginal, pero que está creciendo enormemente desde su creación hace tres meses). Gran parte de los votos de esos partidos proceden de la clase obrera laborista. Burnham, que ha sido alcalde del Gran Manchester durante nueve años, ha visto en primera fila ese proceso, y como la archifamosa ‘Muralla Roja’ de votos de izquierda que pasa al lado de esa ciudad, se está transformando en un granero electoral para Farage.
Y, finalmente, está el puro marketing político. Burnham ha utilizado la expresión «Número 10, Norte», que suena a dirección postal, es pegadizo y ya ha empezado a ser empleado por la prensa británica como una palabra de uso corriente en el árbol político. Esa es también una diferencia fundamental con Starmer: Burnham sabe que hay que comunicar bien. Su propia carrera lo demuestra: nació en Liverpool, empezó en política en Londres. Sin embargo, ahora se identifica con Manchester. Fue un hombre de Tony Blair y Gordon Brown que votó, cuando era miembro del Parlamento, a favor de la invasión de Irak y nada menos que 13 veces en contra de la investigación sobre los motivos de esa invasión. Pero ahora es la gran esperanza de la izquierda laborista.
Su apuesta, así, tiene imperativos tanto económicos como electoralistas. Otra cosa es que funcione o que satisfaga a los votantes. Por de pronto, al menos, la idea de que suponga la continuidad al llamado «laborismo de Westminster» —representado mejor que nadie por Starmer— debería darle cierta credibilidad entre el laborismo de base. Su principal asesor económico, el ex Goldman Sachs y antiguo asesor del primer ministro conservador David Cameron, Jim O’Neill, también apoya la idea.
El ya ex alcalde de Manchester y casi futuro primer ministro también confirmó en su discurso su giro a la izquierda, entre ellos el mayor plan de viviendas públicas del Estado en medio siglo y la nacionalización progresiva de servicios públicos privatizados por los conservadores en las décadas de los 80 y 90.
En realidad, ambas propuestas tienen un cierto grado de antigüedad. Tanto conservadores como laboristas llevan prácticamente dos décadas tratando de aumentar la oferta de vivienda en el Reino Unido con resultados muy pobres. En cuanto a la renacionalización, no es nada nuevo. De hecho, fue iniciada por los conservadores de Rishi Sunak y ha sido continuada por Starmer. La mayor duda es si Burnham la acelerará.
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