Manila se ha convertido esta semana en mucho más que la sede de la cumbre anual de ministros de Exteriores de la ASEAN, el bloque que forman las naciones del Sudeste Asiático. La capital filipina ha servido como escenario para un nuevo intento de estabilizar la relación entre las dos grandes potencias del planeta, invitadas al evento.
El encuentro entre Marco Rubio y Wang Yi impulsa los preparativos para una nueva cumbre entre Xi y Trump, en plena pugna por el Indo-Pacífico y con un nuevo choque entre Pekín y Filipinas como telón de fondo
Manila se ha convertido esta semana en mucho más que la sede de la cumbre anual de ministros de Exteriores de la ASEAN, el bloque que forman las naciones del Sudeste Asiático. La capital filipina ha servido como escenario para un nuevo intento de estabilizar la relación entre las dos grandes potencias del planeta, invitadas al evento.
Este miércoles ha habido un encuentro entre el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, y el ministro chino de Exteriores, Wang Yi. Un cara a cara que ha permitido avanzar en los preparativos de la próxima visita del presidente Xi Jinping a Washington. El viaje, que está previsto para septiembre, devolvería la visita que el estadounidense Donald Trump realizó a Pekín el pasado mayo.
Aunque Washington y Pekín han logrado reducir la tensión comercial que marcó buena parte de los últimos años, las diferencias estratégicas permanecen intactas. Taiwan, el desarrollo tecnológico, las cadenas de suministro críticas, la competencia militar en el Indo-Pacífico y las disputas territoriales en el Mar de China Meridional siguen conformando una agenda plagada de desacuerdos que ninguna de las dos partes parece dispuesta a resolver mediante grandes concesiones.
Pese a ello, ambos países parecen haber asumido que la rivalidad necesita canales permanentes de comunicación. El propio Rubio resumía esa filosofía antes de reunirse con Wang Yi al afirmar que «dos potencias de semejante dimensión tienen la obligación de seguir hablando incluso cuando discrepan en cuestiones fundamentales».
Ese mensaje conecta con el discurso que Pekín viene defendiendo desde hace meses: una competencia gestionada que evite una confrontación abierta capaz de desestabilizar la economía mundial.
La posible visita de Xi a EEUU representa el siguiente paso de ese proceso. Aunque Pekín todavía no ha confirmado oficialmente el viaje, ambos gobiernos trabajan discretamente para preparar una nueva reunión entre los dos presidentes.
El objetivo es consolidar los acuerdos alcanzados tras la visita de Trump a China, donde ambas partes apostaron por reconstruir una relación basada en una mayor estabilidad estratégica y en una cooperación económica limitada, suficiente para evitar una nueva escalada comercial.
Sin embargo, esa aproximación diplomática convive con una creciente acumulación de frentes abiertos. Durante los últimos días, Trump ha vuelto a acusar a China de interferir en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2020 mediante el acceso ilegal a datos de votantes, una denuncia que Pekín ha rechazado tajantemente.
La reunión de Manila también estuvo marcada por la guerra en Oriente Próximo. Rubio destacó la cooperación mantenida por China para preservar la libertad de navegación internacional en el contexto del conflicto con Irán, subrayando que Pekín ha dejado claro su rechazo a cualquier restricción del tráfico marítimo a través de rutas estratégicas.
Pero existe otro escenario donde la rivalidad entre Washington y Pekín se hace ahora más visible: el Mar de China Meridional. Un par de días antes de la reunión entre Rubio y Wang Yi, Filipinas y China protagonizaban un nuevo episodio de tensión en torno al banco de arena Second Thomas Shoal, uno de los numerosos enclaves cuya soberanía continúa siendo objeto de disputa.
Manila denunció que un marinero filipino resultó herido durante un enfrentamiento con la Guardia Costera china cerca del Sierra Madre, el viejo buque de guerra encallado que Filipinas utiliza como destacamento militar permanente en la zona. Pekín respondió acusando a las fuerzas filipinas de iniciar el incidente y volvió a denunciar lo que considera provocaciones alentadas por Estados Unidos.
El choque refleja una dinámica que se ha repetido con creciente frecuencia durante los últimos años. Filipinas acusa a los buques chinos de emplear maniobras agresivas, cañones de agua e incluso láseres para impedir sus operaciones de abastecimiento, mientras China insiste en que actúa dentro de aguas bajo su soberanía histórica.
La disputa se desarrolla además sobre un trasfondo jurídico especialmente sensible: el fallo arbitral internacional de 2016 que invalidó buena parte de las reclamaciones marítimas chinas y que Pekín continúa rechazando.
Como aliado militar de Filipinas, EEUU ha endurecido su discurso frente a las actuaciones chinas. Rubio reiteró en Manila el compromiso estadounidense con la libertad de navegación y con la defensa de sus aliados, al tiempo que calificó de «muy negativo» el reciente enfrentamiento entre embarcaciones chinas y filipinas.
Washington considera que el control de esas rutas marítimas constituye uno de los principales pilares del equilibrio estratégico en Asia y un elemento esencial para el comercio mundial.
Ese debate ocupa un lugar destacado en la agenda de la ASEAN, que celebra este año sus reuniones bajo la sombra de varias crisis simultáneas: la guerra civil en Birmania y la crisis energética derivada del bloqueo del Estrecho de Ormuz por el conflicto iniciado por EEUU contra Irán.
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