Lo que quedará de Trump

Los estadounidenses votan el martes -el ciclo electoral más caro de la historia del país, según AdImpact- para renovar la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. En las elecciones de mitad de mandato el partido que ocupa la Casa Blanca afronta el desgaste del poder. Pero esta vez hay algo más en juego. Donald Trump, que ha insinuado que la ayuda federal a determinados estados estará sujeta al éxito de los postulantes republicanos, ha recorrido el país con una consigna: «imagina que yo estoy en la papeleta electoral». La subrogación resulta tanto más curiosa cuanto el propio Trump explica que, si sus candidatos triunfan, el mérito le corresponde; si pierden, será culpa de ellos. Detrás de esta peculiar concepción de la responsabilidad política y concepción patrimonial del poder público, se plantea una incógnita de alcance: en qué grado depende el fenómeno Trump de su carácter y qué quedará cuando abandone la presidencia.

 Los republicanos pueden perder poder el próximo 3 de noviembre sin que el ‘trumpismo’ pierda arraigo  

Los estadounidenses votan el martes -el ciclo electoral más caro de la historia del país, según AdImpact- para renovar la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. En las elecciones de mitad de mandato el partido que ocupa la Casa Blanca afronta el desgaste del poder. Pero esta vez hay algo más en juego. Donald Trump, que ha insinuado que la ayuda federal a determinados estados estará sujeta al éxito de los postulantes republicanos, ha recorrido el país con una consigna: «imagina que yo estoy en la papeleta electoral». La subrogación resulta tanto más curiosa cuanto el propio Trump explica que, si sus candidatos triunfan, el mérito le corresponde; si pierden, será culpa de ellos. Detrás de esta peculiar concepción de la responsabilidad política y concepción patrimonial del poder público, se plantea una incógnita de alcance: en qué grado depende el fenómeno Trump de su carácter y qué quedará cuando abandone la presidencia.

Hace poco más de un mes (ver Equipaje de mano«Estados Unidos frente a la prueba de noviembre» del 26 de septiembre), al examinar las perspectivas electorales, destacaba el arraigo social del trumpismo y las complicaciones de los demócratas para reformular una alternativa. Desde entonces, la campaña ha cambiado notablemente. La aprobación del presidente se ha desplomado. El coste de la vida sigue encabezando las preocupaciones. Los huevos, cuyo precio se convirtió en una obsesión para Trump, han bajado, pero casi todo lo demás ha subido. Que la inflación se modere no significa que la cesta de la compra vuelva a sus niveles anteriores. Asimismo, los ciudadanos perciben cómo el encarecimiento de los combustibles se traslada al conjunto de la economía. La guerra de Irán ha llegado de los escenarios geopolíticos a los hogares.

Más inesperada ha sido la irrupción de la corrupción. Una encuesta publicada por el Financial Times arroja que el 69% de los electores registrados -incluidos votantes de Trump- está preocupado por los conflictos de intereses y el aprovechamiento privado del cargo (ilustrativo que un estudio similar de FOX NEWS eleva la cifra al 88%). Los negocios de su familia y las ventajas obtenidas por su entorno eran sabidos; lo novedoso es que empiezan a traducirse en descontento político. Tal vez porque el enriquecimiento de los poderosos irrita especialmente cuando merma el poder adquisitivo de la población.

Las previsiones apuntan a la toma por los demócratas de la Cámara de Representantes, mientras que el Senado presenta una competición abierta. Castigar al partido del presidente es casi una tradición de las legislativas estadounidenses, pero algunos enfrentamientos concretos pueden evidenciarse más reveladores que el balance general.

Texas brinda una prueba excepcional. Trump ungió para el Senado a Ken Paxton, procurador general de ese Estado con numerosas causas judiciales y polémicas varias a sus espaldas, frente a un republicano veterano menos arriesgado. Los sondeos muestran un empate técnico con el demócrata James Talarico en un Estado que Trump ganó holgadamente en 2024 (por 14 puntos). Si Paxton vence, expondrá hasta qué punto los electores apuestan por el caballo designado por Trump. Si pierde, el rechazo al candidato puede pesar más que el rechazo al presidente. Ante una evidente evolución del perfil de voto por incremento de la comunidad latina, los demócratas no deberían pues atribuirse una conversión del voto hispano; uno de sus fallos pasados ha sido confundir identidad étnica con lealtad política.

Georgia, donde Jon Ossoff intenta conservar su escaño en territorio conquistado por Trump, y Ohio, donde Sherrod Brown pretende recuperar el voto industrial, ofrecen otras pistas para un Partido Demócrata obligado a pensar ya en 2028.

Se espera que un vuelco en la Cámara multiplique las investigaciones sobre la Administración. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, figura entre los claros objetivos por su gestión de la guerra de Irán. Pero acordar un impeachment no equivale a destituir, ya que exige dos tercios del Senado. Washington podría arrostrar dos años de fintas presupuestarias, parálisis legislativa y creciente recurso a los poderes ejecutivos del presidente. A la confrontación parlamentaria se suma la judicialización anticipada de las elecciones, que podría prolongar la inseguridad sobre el equilibrio de fuerzas en la constitución del nuevo Congreso el 3 de enero. El Departamento de Justicia ya ha acudido a los tribunales en Alaska para cuestionar preventivamente una eventual victoria demócrata. El temor a la proliferación de controversias hasta la inauguración del periodo aumenta y las trabas jurídicas para impedir la toma de posesión de candidatos debidamente elegidos son considerables.

En cualquier caso, la derrota republicana no devolvería la previsibilidad a la política exterior. Trump seguirá siendo una veleta, sensible al último viento que sople. En Irán oscila entre mantener la presión hasta doblegar al régimen o buscar una salida apresurada de una guerra cada vez más costosa. Mientras declara no haber decidido aún, su respuesta al ser preguntado por periodistas con respecto a nuevos bombardeos -«todo es posible»- resulta elocuentemente críptica y advierte a sus aliados de presumibles ataques después de las elecciones. Para Europa, el amiguismo desorejado hacia Putin, la relajación de las sanciones contra Rusia y la coerción sobre Ucrania se perfilan particularmente inquietantes. Un Congreso adverso podría erigir escollos frente a la Administración y promover otras sanciones, pero difícilmente eliminaría la incertidumbre que emana de la Casa Blanca.

Con todo, reducir a Trump a sus excesos y sus vínculos con el poder económico sería un error. Su éxito no nació de una ideología elaborada. Supo interpretar los agravios y las expectativas de una clase trabajadora que se sentía desamparada, desde el cinturón industrial hasta los Apalaches. Su lenguaje brutal y su desprecio por las convenciones contribuyeron a presentarlo como auténtico frente a una élite política asociada con la palabrería y la impostura. A esa identificación añadió una promesa de contundencia: actuar, remover obstáculos y conseguir revertir situaciones.

Esa determinación ayuda a entender el acercamiento de los empresarios tecnológicos punteros. Ha habido adulación sonrojante, intereses y oportunismo. Pero Trump comprendió, como ellos, que la contienda con China por la inteligencia artificial es una batalla por la primacía mundial. Y ha favorecido la expansión de las capacidades estadounidenses mediante compromisos audaces en energía, infraestructuras, semiconductores, simplificación administrativa y la instrumentalización agresiva (weaponization) de medidas comerciales hasta ahora tenidas por fundamentalmente neutras.

Biden había emprendido ese camino con el Inflation Reduction Act y el CHIPS Act, proyectos industriales vertebradores concebidos todavía en el marco de un sistema internacional basado en reglas y alianzas. Trump ha dado una patada al tablero. Sin justificar sus métodos, cabe reconocer que ha introducido en la rivalidad tecnológica una lógica próxima a la movilización de guerra. Salvando las diferencias entre los personajes, recuerda al Franklin D. Roosevelt que convocó -antes incluso de Pearl Harbor- a los grandes industriales para convertir la capacidad productiva estadounidense en el arsenal crucial de la Segunda Guerra Mundial.

Elon Musk encarna las contradicciones de esta connivencia. Su seguidismo político no debe ocultar su envergadura industrial: en 2025, SpaceX efectuó más lanzamientos orbitales que todos los demás operadores del planeta juntos. La concentración de poder privado sobre capacidades estratégicas suscita alarma, pero Europa haría mal en minusvalorar semejante energía empresarial.

Al fin, pase lo que pase en estas elecciones, todos estarán mirando a 2028. La competición con China, la reconstrucción industrial y el impulso tecnológico probablemente sobrevivirán a Trump. Su sucesor habría de continuar ese esfuerzo sin sacrificar las reglas, las alianzas ni los contrapesos constitucionales. También los demócratas deberán aprender que no basta con beneficiarse del rechazo al presidente; necesitan reconectar con la clase trabajadora y ampliar su electorado. Ossoff ofrece rasgos interesantes: moderado, buen comunicador y «gustable»-el likable estadounidense es un activo distinto de la moderación ideológica-.

Cuando cierren las urnas comenzará la discusión sobre vencedores y vencidos. Pero la cuestión decisiva no será solo cuánto poder conserva Trump, sino qué parte de la transformación que encarna se ha afianzando en Estados Unidos. Para Europa, demasiado pendiente de sus cambios de humor y demasiado poco preparada para la pugna estratégica en curso, esa es la pregunta verdaderamente importante.

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