La entrada en vigor de la reforma de la Ley de la Casa Imperial de Japón ha cerrado definitivamente la puerta a que la princesa Aiko (24 años), hija única de los emperadores Naruhito y Masako, pudiera convertirse algún día en emperatriz. A pesar de su enorme popularidad y de que más del 70% de los ciudadanos del país del sol naciente estén a favor de la abolición de la ley sálica, como señalan todas las encuestas. Sin embargo, desde este viernes las perspectivas de futuro para Aiko han cambiado por completo. Porque, en un giro de guión de alcance histórico, la princesa podrá seguir siéndolo hasta el fin de sus días, incluso si decide casarse y formar una familia.
Más del 70% de los ciudadanos japoneses se mostraba a favor de que la única hija de Naruhito y Masako pudiera convertirse en emperatriz
La entrada en vigor de la reforma de la Ley de la Casa Imperial de Japón ha cerrado definitivamente la puerta a que la princesa Aiko (24 años), hija única de los emperadores Naruhito y Masako, pudiera convertirse algún día en emperatriz. A pesar de su enorme popularidad y de que más del 70% de los ciudadanos del país del sol naciente estén a favor de la abolición de la ley sálica, como señalan todas las encuestas. Sin embargo, desde este viernes las perspectivas de futuro para Aiko han cambiado por completo. Porque, en un giro de guión de alcance histórico, la princesa podrá seguir siéndolo hasta el fin de sus días, incluso si decide casarse y formar una familia.
Hasta la llegada a la dirección del Gobierno en febrero de la primera mujer en la historia de Japón, la conservadora Sanae Takaichi, las intentonas de enmendar la Ley Imperial de 1949 parecían un eterno debate bizantino que jamás obtenía el suficiente consenso ni avanzaba en sentido ninguno. Por más que, desde hace dos décadas, los sucesivos Ejecutivos y los distintos miembros del Parlamento se reconocían muy preocupados por la inquietante reducción de miembros de la dinastía reinante más antigua del planeta, hasta el punto de temer por su extinción. Takaichi prometió en su investidura el compromiso de reformar la Ley de sucesión al trono, y no ha cejado en su empeño. Y, aunque se mostró igualmente firme en el rechazo a que las mujeres puedan formar parte de la sucesión al trono, la medida que vio luz verde el viernes por la cual las princesas imperiales no perderán su estatus aunque contraigan matrimonio con plebeyos, no sólo garantiza durante las próximas décadas un número suficiente de integrantes -aunque justito por lo envejecida que está la dinastía-, sino que permitirá a Aiko seguir siendo una figura relevante de la Corona.
Es difícil concluir si se puede considerar casi como un premio de consolación ante la cerrazón de la clase política a abolir la machista ley sálica, de vigencia tan incongruente con los tiempos modernos. En todo caso, hasta hace bien poco el destino de la princesa Aiko la condenaba o a permanecer soltera o a pasar de un día para otro de vivir con el encorsetamiento de las rígidas reglas protocolarias de la Corte japonesa a convertirse en una ciudadana anónima bien alejada de la vida palaciega.
Es lo que le ha pasado a tantas mujeres nacidas princesas a lo largo de las décadas. Aiko podía mirarse en el espejo de su tía Nori -hija de los anteriores emperadores, Akihito y Michiko, y hermana del actual soberano-, quien en 2005, con 36 años de edad, dejó para siempre de ser princesa al casarse con Yoshiki Kuroda, un urbanista del Ayuntamiento de Tokio. Éste tenía orígenes aristocráticos y descendía de un antiguo linaje cercano a la dinastía imperial, pero no dejaba de ser un plebeyo. Y, por ello, de un segundo para otro la única hija de los monarcas se convirtió en una ciudadana común, que adoptó el nombre de Sayako Kuroda, y de la que la prensa japonesa no volvería a hablar más. Tan estricto es el protocolo de la Corte imperial que Sayako ni siquiera pudo formar parte de la comitiva en los fastos de ascensión al trono de su hermano Naruhito, en 2019, con la asistencia de representantes de familias reales de todo el mundo, entre ellos los reyes Felipe VI y Letizia. Sayako ya no era integrante de la dinastía y tenía vedado participar en los ritos centenarios de entronización del nuevo soberano.
En sus últimos meses como princesa, necesitó someterse a un intenso proceso de aprendizaje de cuestiones y tareas básicas de la vida ordinaria para cualquier mortal sin sangre azul, como aprender a ir de compras a un supermercado, cocinar, usar electrodomésticos e incluso sacarse el carné de conducir. Todo cosas que, claro, Nori jamás había necesitado hacer hasta quedar excluida de la familia imperial.
Algo similar vivió tiempo después, en 2021, la hoy también ex princesa Mako. Una de las dos hijas féminas del Heredero Akishino -hermano de Naruhito-, hermana de Hisahito -la esperanza de la dinastía llamado a convertirse en el futuro emperador y a engendrar hijos como si no hubiera un mañana-, perdió su condición real al casarse con el abogado Kei Komuro. La pareja se instaló en Nueva York, y allí residen como dos ciudadanos completamente anónimos, sin que nadie identifique en la actualidad a Mako como alguien que se crió entre los muros de los bellos palacios de Tokio.
Mako incluso se vio obligada a rechazar la dote de alrededor de un millón de euros que otorga el Gobierno japonés a las princesas que dejan de serlo para que puedan emprender su nueva vida. Una decisión que la hija de Akishino y Kiko tomó tras el escándalo que despertó la noticia de que la madre del novio de Mako debía cuatro millones de yenes (unos 30.600 euros) a su ex pareja, con quien mantenía una disputa financiera. Ante las encorsetadísimas normas que rigen la Corte de los Yamato, se consideró que aquella deuda salpicaba la imagen de la venerada familia imperial y de hecho la pareja tuvo que retrasar su enlace hasta que pudo solventarse. El episodio sometió a la princesa a un nivel de estrés y de angustia enormes -fue diagnosticada de un trastorno de estrés postraumático-, e incluso se especuló con la ruptura del noviazgo. El matrimonio finalmente se formalizó, pero la mancha de la vergüenza se apoderó hasta tal punto de ellos que, como decimos, renunciaron a la dote estatal.
Aiko será la principal beneficiaria de la entrada en vigor de la reforma de la Ley de la Casa Imperial, pero no la única. La dinastía tiene en estos momentos, además de ella, a otras cuatro princesas solteras: su prima la princesa Kako (31), segunda hija del príncipe Akishino; la princesa Akiko (44), hija mayor del difunto príncipe Tomohito de la familia Mikasa; la princesa Yoko (42), hermana de la anterior; y la princesa Tsuguko (40), hija mayor del difunto Norihito de Takamado. Las tres últimas, primas en segundo grado del emperador, probablemente han decidido no casarse y van a continuar asumiendo una importante carga de actividades institucionales. En concreto, Akiko tiene gran experiencia diplomática y representa a la Corona en muchos viajes en el extranjero.
Eso sí, por más que Aiko y cualquier otra de su condición puedan desde ahora seguir siendo princesas toda su vida, no será fácil su situación si deciden casarse. Porque buena parte de los tortuosos debates en la Dieta japonesa se han centrado en qué pasará con sus familiares directos. Y la reforma legal confirma que ni sus maridos ni sus descendientes tendrán estatus real. Seguirán siendo meros plebeyos, sin vínculo alguno con la Corona. Algo que incluso los parlamentarios admiten que comportará una gran complejidad, ya que será un problema cómo hacer compatible que esos ciudadanos comunes, libres de participar en actividades políticas y de trabajar en el sector privado, no interfieran en la neutralidad y dignidad del Trono. En palabras del periodista japonés Yohei Mori, especialista en la dinastía, «los dirigentes tienen miedo a que en la Monarquía japonesa pueda haber casos como el de Iñaki Urdangarin».
Tampoco se ha producido cambio alguno en lo que tiene que ver con la sucesión agnaticia (o patrilineal) estricta, que rige en la dinastía Yamato desde hace 2.600 años ininterrumpidamente. Las princesas seguirán sin poder acceder al trono y sin transmitir derechos sucesorios. Es decir, Aiko ni podrá convertirse en emperatriz ni podrá ser la madre de emperador ninguno, ya que sus hijos, si los tiene, no tendrán condición imperial.
Internacional. Noticias internacionales. Última hora


