Andrzej Poczobut tiene razones para odiar la primavera y tener miedo al frío. Nacido en 1973, miembro de la minoría polaca de Bielorrusia, ensayista, antiguo corresponsal de Gazeta Wyborcza, y activista de la Unión de Polacos, fue condenado a ocho años de cárcel por un caso que él describe como una fabricación política nacida del miedo de Alexander Lukashenko.
Polaco-bielorruso, cuenta tras más de cinco años en prisión cómo pasó 167 días en una celda de castigo: «Si en Bielorrusia alguien expresa públicamente su descontento es castigado de inmediato»
Andrzej Poczobut tiene razones para odiar la primavera y tener miedo al frío. Nacido en 1973, miembro de la minoría polaca de Bielorrusia, ensayista, antiguo corresponsal de Gazeta Wyborcza, y activista de la Unión de Polacos, fue condenado a ocho años de cárcel por un caso que él describe como una fabricación política nacida del miedo de Alexander Lukashenko.
«En 2020, después del inicio de las protestas callejeras en Bielorrusia, Alexander Lukashenko acusó a Polonia de dirigir esas protestas, asegurando que Polonia quería quitarle a Bielorrusia un pedazo de territorio e incorporarlo a Polonia». La acusación recogía esa lógica delirante hasta convertirla en expediente judicial: «Yo era el único participante de esa conspiración mencionado con nombre y apellido». El precio personal fue la cárcel, el aislamiento y la destrucción física administrada lentamente. Poczobut habla de la celda de castigo como el lugar donde el régimen condensó sus métodos bárbaros para evitar que la población se mueva.
«En 2024, desde finales de febrero hasta mediados de mayo, estuve recluido en una celda de castigo. En total pasé 167 días así. Son las peores condiciones en las que puede encontrarse un preso». Aquel periodo fue el más largo de castigo continuo que sufrió, en un momento especialmente duro. «Era primavera y en ese periodo se apaga la calefacción en la celda, así que resultó muy difícil porque por la noche no puedes dormir a causa del frío».
Andrzej Poczobut compareció el mes pasado en Estrasburgo como símbolo recién liberado de la represión bielorrusa. El Parlamento Europeo le entregó personalmente el Premio Sajarov 2025, que le había concedido en diciembre, cuando él seguía preso. Su historia es otro naufragio dentro del mecanismo represor con el que Lukashenko intentó sobrevivir a la rebelión de 2020. Acorralado tras las protestas contra el fraude electoral, el líder bielorruso buscó un enemigo exterior. Según Poczobut, eligió sobre todo a Polonia, y dentro de Bielorrusia utilizó a la minoría polaca como prueba interna de esa amenaza. El objetivo era cambiar el marco de lo ocurrido: Lukashenko no quería aparecer como un dirigente derrotado en las urnas que se aferraba al poder, sino como el guardián de una patria sitiada por los enemigos.
Durante dos años Poczobut vivió prácticamente con la ventana abierta ante el frío bielorruso: «A veces me podía tapar con una toalla, otras veces no se podía». Antes de la cárcel el frío era una incomodidad. Después de la cárcel, se convirtió en miedo: «Ahora sé exactamente qué es el miedo al frío».
Poczobut fue liberado el pasado 28 de abril en un intercambio entre Bielorrusia y Polonia con mediación estadounidense. Desde fuera de la cárcel, ve Bielorrusia como un país aplastado hasta quedar sin respiración, con una sociedad en la que cualquier gesto público cuesta caro: «Se han apretado muchísimo las tuercas, los bielorrusos están en una situación parecida a la de los ciudadanos de la Unión Soviética en los años 50», porque ahora «si alguien expresa públicamente su descontento, es castigado de inmediato; no hay medios independientes y se castigan los comentarios críticos en redes sociales».
Su esperanza se basa en la observación de los ciclos del régimen. Poczobut cree que el poder bielorruso alterna inviernos y deshielos en su relación con Occidente. Lukashenko, recuerda Poczobut, no puede prescindir del todo de Europa: «Está interesado en la cooperación económica con Occidente. Por eso le importa la opinión occidental». Pero ahora hay una variable que lo condiciona todo: la guerra en Ucrania, que «influye en la situación». Occidente no confía en Lukashenko y Lukashenko no confía en Occidente».
Uno de los escenarios que preocupan en Kiev es la entrada de Bielorrusia en la guerra. Poczobut cree que Bielorrusia sigue siendo una plataforma útil para Rusia, pero no ve una entrada directa del ejército bielorruso en el conflicto como algo inevitable. «Creo que si Putin hubiera querido arrastrar a Bielorrusia a la guerra contra Ucrania, eso ya habría ocurrido», sostiene. «Las últimas declaraciones de Lukashenko muestran que ni Putin ni él quieren arrastrar a Bielorrusia a la guerra». La razón sería un simple cálculo militar y político. Poczobut recuerda que el propio Lukashenko admitió en una entrevista reciente con Al Arabiya que, si Bielorrusia entrara en la guerra, no podría mantener la frontera con Ucrania. «El ejército bielorruso no es una potencia, por decirlo así», afirma Poczobut, «y en un choque con el ejército ucraniano, que sigue estando en la frontera, creo que el resultado estaría decidido». Eso no significa que Bielorrusia sea neutral: «Creo que el territorio de Bielorrusia sigue siendo utilizado por Rusia para sus intereses».
Poczobut desea volver a Bielorrusia porque no quiere hablar del país sólo a partir de opiniones ajenas. «Veo una posible evolución de Bielorrusia parecida a la de Montenegro», explica: «Mientras Serbia fue fuerte, Montenegro fue un aliado fiel de Serbia; y en el momento en que Serbia sufrió una derrota, Montenegro recordó que era un Estado independiente y que también fue víctima de Serbia, entonces quisieron optar a la Unión Europea, a la OTAN y al euro».
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