Quiénes son los lefebvrianos: sus símbolos, vestimenta y diferencias con la Iglesia actual

Ya es un hecho: los lefebvrianos han consagrado en Écone (Suiza) a sus cuatro obispos sin mandato pontificio, es decir, sin la aprobación indispensable del Papa. Está por ver si esto desembocará finalmente en un cisma, algo que, en cualquier caso, la Hermandad San Pío X siempre ha asegurado que no desea.

 De la polémica por los altares y el rechazo al ecumenismo a los puntos más controvertidos de una facción tradicionalista que ha visto cómo sus nuevos obispos han sido excomulgados por el Vaticano  

Ya es un hecho: los lefebvrianos han consagrado en Écone (Suiza) a sus cuatro obispos sin mandato pontificio, es decir, sin la aprobación indispensable del Papa. Está por ver si esto desembocará finalmente en un cisma, algo que, en cualquier caso, la Hermandad San Pío X siempre ha asegurado que no desea.

Mientras tanto, solo un día después de la ceremonia en Suiza, el Vaticano ha respondido con el decreto oficial de excomunión: «A pesar de las amonestaciones dirigidas al Superior General de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, el obispo Alfonso de Galarreta ha realizado un acto de naturaleza cismática mediante la consagración episcopal de cuatro presbíteros sin mandato pontificio y contra la voluntad del Sumo Pontífice y ha incurrido ipso facto en las penas previstas», asegura el decreto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe firmado por su prefecto, el cardenal argentino Víctor Manuel Fernández.

Se mantiene inalterable la firme voluntad del movimiento fundado por el arzobispo francés Marcel Lefebvre de rechazar el Concilio Vaticano II. Sin embargo, no lo descartan «en su totalidad», sino únicamente en aquellas partes que consideran demasiado «modernistas». Analizamos cuáles son esos puntos de fricción.

Las diferencias entre la misa preconciliar (conocida también como misa tridentina o Vetus Ordo) y el Novus Ordo (la misa promulgada por Pablo VI en 1969) radican en el idioma (el latín frente a las lenguas vernáculas), así como en los ritos, las oraciones y determinados significados y símbolos teológicos. No obstante, la Iglesia católica considera válidas ambas formas siempre que se celebren conforme a las normas litúrgicas, y jamás ha dictaminado que una tenga más valor que la otra. De hecho, el Padre Pío, posteriormente canonizado, solicitó y obtuvo el permiso para seguir celebrando el Vetus Ordo hasta el día de su muerte.

Asimismo, durante la ceremonia en Écone, los obispos pronunciaron el juramento antimodernista (Sacrorum Antistitum), implantado por Pío X en septiembre de 1910. Este juramento se creó para combatir lo que el propio Papa (también santo) definió tres años antes en su encíclica Pascendi Dominici Gregis como la «síntesis de todas las herejías». Estaban obligados a jurarlo los sacerdotes antes de su ordenación o al asumir determinados cargos, así como los obispos y los párrocos. En 1967, Pablo VI lo abolió para sustituirlo por una nueva Profesión de Fe y, más tarde, por el Juramento de Fidelidad; una decisión que no se tomó porque la Iglesia aceptara el modernismo, sino para dotarla de una herramienta más acorde a los nuevos tiempos.

La misa tridentina es la que se celebró durante medio milenio en toda la Iglesia católica, concretamente desde que en 1570 el papa Pío V promulgó el Misal Romano en aplicación del Concilio de Trento. Su nombre deriva precisamente de Trento (Tridentum en latín). Sin embargo, no se trataba de una novedad, sino que el Papa unificó en aquel nuevo misal un rito romano mucho más antiguo, eliminando numerosas variantes locales.

Como es evidente, se oficiaba (y se oficia) íntegramente en latín, incluidas las lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento. La homilía, en cambio, suele ser más breve y se imparte siempre en la lengua local, mientras que las oraciones son menos «estruendosas», ya que muchas se recitan en voz baja.

Bajo la modalidad ad orientem, el sacerdote celebra la misa de espaldas a los fieles. Esta expresión significa «hacia el oriente», lo que implica que tanto el celebrante como la asamblea miran hacia el altar y, simbólicamente, hacia un este que no tiene por qué ser el geográfico, sino que representa a Cristo como el «sol que nace». Aunque no está prohibido en las misas del Novus Ordo, en la práctica casi nunca se hace, imponiéndose la praxis versus populum (de cara al pueblo).

De hecho, tras el Concilio se instalaron nuevos altares en las iglesias antiguas para permitir esta disposición. Para los tradicionalistas, la orientación ad orientem devuelve a la misa su sentido de misterio. Además, el rito es mucho más estable y uniforme, sin las «originalidades» de las celebraciones modernas. En el apartado musical quedan desterradas las guitarras y percusiones, dando paso exclusivo al canto gregoriano y a los coros polifónicos de música sacra.

Los ornamentos también reflejan esta solemnidad antigua. En la ceremonia de consagración, los celebrantes vistieron ropajes tradicionales que incluyeron guantes rojos para los consagrantes y blancos para los nuevos obispos, además de calzado blanco sobre calcetines rojos. Siguiendo el rito tradicional, los nuevos prelados fueron vendados en la frente y las manos para recibir el santo óleo.

Fuera del altar, los lefebvrianos visten siempre sotana negra y rechazan por completo el clergyman (el traje con camisa de cuello romano que usan la mayoría de los sacerdotes diocesanos actuales). Aunque la vestimenta formal de sus obispos en las grandes solemnidades no difiere mucho de la de los obispos postconciliares (sotana fileteada, fajín morado, solideo y cruz pectoral), los sectores más estrictos del tradicionalismo mantienen el uso de la cappa magna, un larguísimo manto con cola prácticamente en desuso en el resto de la Iglesia.

En cuanto a la libertad religiosa, el ala tradicionalista se aferra al histórico dogma Extra Ecclesiam nulla salus (Fuera de la Iglesia no hay salvación). Antes del Concilio, en varios países católicos se consideraba legítimo limitar legalmente otros cultos por el bien de las almas. Sin embargo, la declaración conciliar Dignitatis Humanae estableció que el Estado no debe impedir a nadie profesar su fe, sea cual sea. Los lefebvrianos ven en esto una devaluación de la fe católica, a pesar de que el Concilio reiteró que la plenitud de la verdad reside únicamente en la Iglesia católica.

El ecumenismo es otro gran punto de fricción. Antes del Vaticano II, los protestantes y demás cristianos no católicos eran calificados formalmente como herejes, una postura que la Hermandad San Pío X mantiene intacta. Aunque el decreto Unitatis Redintegratio del Concilio abogó por tender puentes hacia la unidad, los lefebvrianos rechazan de plano el diálogo interreligioso para combatir lo que consideran «relativismo religioso».

Con todo, la Hermandad reconoce al Papa como cabeza de la Iglesia y en sus 56 años de historia jamás ha pretendido fundar una nueva Iglesia; su objetivo es que las enseñanzas del Concilio se reinterpreten a la luz de la tradición bimilenaria, mientras que Roma defiende que el Vaticano II es magisterio auténtico e indivisible.

Las estadísticas desmienten la supuesta irrelevancia del movimiento. Cuentan con cientos de miles de fieles en todo el mundo y un total de 1.482 religiosos, entre ellos 730 sacerdotes y más de 260 seminaristas, una cifra muy alta en comparación con la escasez vocacional de las diócesis postconciliares.

Contra todo pronóstico, los ritos solemnes atraen con fuerza a las nuevas generaciones: miles de jóvenes participaron en la última peregrinación de Pentecostés a París (un recorrido de 100 kilómetros a pie desde Chartres). Su pujanza e implantación global se reflejan en sus 5 seminarios mayores, 798 lugares de culto, 94 escuelas y misiones en más de 70 países.

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