Lula o cómo sacar partido a su creciente ‘aislamiento regional’

De los laberintos se sale por arriba, suele decirse. Y del aislamiento político regional, también, da a entender Luiz Inácio Lula da Silva. «Estoy viviendo, a los 80 años, mi mejor momento en el paso por el planeta Tierra», dijo recientemente el presidente de Brasil, que buscará en octubre ganar las elecciones presidenciales por cuarta vez para gobernar de los 81 a los 85 años.

 Las crisis diplomáticas con Estados Unidos y Argentina marcan la precampaña electoral en Brasil  

De los laberintos se sale por arriba, suele decirse. Y del aislamiento político regional, también, da a entender Luiz Inácio Lula da Silva. «Estoy viviendo, a los 80 años, mi mejor momento en el paso por el planeta Tierra», dijo recientemente el presidente de Brasil, que buscará en octubre ganar las elecciones presidenciales por cuarta vez para gobernar de los 81 a los 85 años.

La frase tiene más contenido del que parece, porque Lula lanzó la afirmación en los días en que la llamada ola azul, los gobiernos de derechas que se imponen en Sudamérica, terminó de completarse. Argentina, Chile, Bolivia, Paraguay y Ecuador ya estaban gobernadas por una derecha sin complejos. Y ahora se suman Keiko Fujimori, en Perú, y Abelardo de la Espriella, en Colombia. El único izquierdista que queda junto a Lula es Yamandú Orsi, en Uruguay, en tanto que Venezuela es una categoría políticamente aparte, una marioneta en manos del gran líder de la derecha continental, Donald Trump.

Que Lula hable de un «paso por el Planeta Tierra» refleja la idea que tiene de sí mismo: podrá estar en medio de grandes tensiones con Trump, podrá haber retirado su embajador de Argentina ante los reiterados insultos de Javier Milei…, pero él mira todo desde arriba, porque su ámbito de actuación no es regional ni continental, lo suyo no es geográfico: es planetario.

Brasil no quiere ser sólo el noveno PIB del mundo, ansía sentarse a la mesa de los grandes a discutir la arquitectura política internacional. El afán de Lula (y del país) por reformar la Organización de Naciones Unidas, sobre todo su Consejo de Seguridad, es de larga data, a tal punto que en los años 90 Brasilia presentó una propuesta, acompañada por países como España y Alemania.

En estos días, la ministra de Asuntos Exteriores de Suecia, Maria Malmer Stenergard, pasó por Brasil y dijo que la potencia latinoamericana puede mediar en la guerra de Ucrania. «Creo que es valioso que haya en el mundo gobiernos con gran influencia que puedan dialogar con ambas partes. Y ahí es donde Brasil puede desempeñar un papel muy importante», aseguró Stenergard a Folha de Sao Paulo.

Se trata de una de las obsesiones de Lula, ser clave en el final de la guerra desatada en febrero de 2022. El problema es que el brasileño puede llamar «amigo» a Putin, algo que difícilmente otro líder comparable se atreva a hacer, pero no puede decir lo mismo de Volodimir Zelenski. El presidente de Ucrania mira desde siempre con recelo, y con razón, a su homólogo brasileño. Aunque algo está cambiando entre Brasilia y Kiev. Ucrania enviará pronto un embajador a Brasil para salir de la actual situación en la que sólo tiene un encargado de negocios para conversar con el Palacio de Itamaraty.

Para ser mediador, Lula necesita a Kiev y Moscú, sí, pero no puede hacerlo sin la luz verde de Washington. ¿Y cómo recomponer su relación con Estados Unidos? Lula confía en sus encantos personales, esos que lo llevaron a mayo, durante una reunión de tres horas en la Casa Blanca, a decirle a Trump que debía sonreír más. Para el actual pulso diplomático, sin embargo, no bastará con comentarios ocasionales y simpáticos. Lula tiene entre ceja y ceja al secretario de Estado, Marco Rubio, que hace y deshace en América Latina y considera al brasileño un Gobierno «no amigo» de Estados Unidos. Necesita seducir y convencer a Trump, aunque eso tampoco sea garantía de mucho. La retirada del visado a la embajadora de Brasil en Washington es una medida impropia entre países amigos, y se produjo el mismo día en el que Brasilia castigó a Buenos Aires retirando a su embajador.

Trump y Milei como enemigos de Brasil es una bendición de cara a las elecciones del 4 de octubre con Flávio Bolsonaro como principal rival, creen muchos en Brasil. «Sí, proporcionan munición a la narrativa electoral soberanista de Lula. Sin embargo, el fuego hostil exige algo más que discursos de tribuna», señala el sociólogo Demétrio Magnoli. «El Gobierno debe ajustar sus respuestas diplomáticas, calibrándolas en función del interés nacional. La degradación de las relaciones debería recaer sobre Washington, no sobre Buenos Aires. [Lula] nunca aprenderá a separar los intereses de Brasil de sus arraigados impulsos ideológicos», añade.

Milei es visto en Brasil como un ser extravagante, que se devoró al propio Bolsonaro en su acto de proclamación como candidato. Juan Gabriel Tokatlian, especialista en relaciones internacionales de la Universidad Di Tella, dice que el presidente argentino cultiva «la antidiplomacia», en tanto que, en un editorial trufado de ironía, Folha de Sao Paulo definió al argentino como «patético ventrílocuo de Trump», aunque pidió también que Lula modere su ideologismo y cuide la relación con su vecino.

Un ejemplo podría ser Fujimori, la flamante presidenta de Perú, que en un reciente encuentro con embajadores de Latinoamérica dijo que «Brasil y el presidente Lula son los únicos que pueden unir al continente», según reveló Marcia Carmo en el sitio Brasil247. Meses antes, José Antonio Kast, presidente chileno y emblema de la derecha dura aunque amable, mostró pragmatismo: «Si Brasil va bien, Chile va bien».

Por más ola azul que haya, por más «¡viva la libertad, carajo!» que griten Milei y De la Espriella mientras se abrazan como colegiales, Brasil es demasiado Brasil, señaló a EL MUNDO Andrés Malamud, politólogo argentino y profesor de la Universidad de Lisboa. «El documento de la cancillería argentina alegando que Brasil se aísla es ingenioso pero inexacto. Los demás gobiernos de la región prefieren tener buenas relaciones con Brasil, independientemente de la afinidad ideológica de sus presidentes. Y en Brasil, mientras tanto, es más popular pelearse con un presidente argentino que recibir su apoyo».

Con este trasfondo, y con la alargada sombra de Trump, Lula y su rival de la derecha dura, Flávio Bolsonaro, lanzaron anoche sus campañas. Los brasileños acudirán a las urnas de nuevo muy polarizados. Lula fue protagonista de un acto multitudinario en São Paulo y centró su discurso en la seguridad y los programas sociales. Por su parte, Bolsonaro, desde la playa de Copacabana, salió al ataque del presidente y prometió tratar a los narcotraficantes como «terroristas».

Un sondeo de la encuestadora Quaest mostró el viernes que, en una probable segunda vuelta, Lula obtendría el 43% de los votos frente al 40% de Bolsonaro. Ambos tienen tasas de rechazo superiores al 50%, por lo que la disputa se concentrará en un pequeño grupo de votantes independientes.

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