Los centros de datos llegan a las urnas de EEUU

Buena parte del alma de Estados Unidos está esculpida en sus infraestructuras. El ferrocarril unió las costas en el siglo XIX y aplicó, con hierro y carbón, la doctrina del Destino Manifiesto, que justificaba la conquista del Oeste por designio divino. Las autopistas de Eisenhower alfombraron el esplendor tras la Segunda Guerra Mundial y la red de internet asentó los primeros tramos del siglo XXI.

 Pocos en EEUU quieren uno de esos desarrollos cerca de su casa, ni entre los votantes demócratas ni entre los republicanos  

Buena parte del alma de Estados Unidos está esculpida en sus infraestructuras. El ferrocarril unió las costas en el siglo XIX y aplicó, con hierro y carbón, la doctrina del Destino Manifiesto, que justificaba la conquista del Oeste por designio divino. Las autopistas de Eisenhower alfombraron el esplendor tras la Segunda Guerra Mundial y la red de internet asentó los primeros tramos del siglo XXI.

Ahora las proyecciones aseguran que la inteligencia artificial superará todos esos hitos. Un estudio de la institución Brookings pronostica una inversión de 10 billones de dólares entre 2025 y 2032. Eso significa el 3,6% del PIB anual. «Es la mayor apuesta en la historia del país», decía The Wall Street Journal en septiembre.

Los centros de datos son el esqueleto de esa industria. Si nada lo impide, dentro de seis años un megacentro funcionará a pleno rendimiento en el condado de Pike, Ohio. Ocupará unos 15 km² y sostendrá el desarrollo de OpenAI. Consumirá enormes cantidades de energía que esperan suministrar mediante plantas de gas natural y energía renovable. Es un ejemplo extremo en un país donde los centros de datos se han multiplicado. En EEUU ya son más de 4.700, más de un tercio de los que existen en el mundo. Su desarrollo es un pilar básico de la estrategia de Trump para consolidar la hegemonía tecnológica frente a la competencia china.

El problema es que pocos allí quieren uno de esos centros a menos de 15 km de su casa, ni entre los votantes demócratas ni entre los republicanos. Lo rechaza el 63% de los electores registrados, según una encuesta de la cadena CNBC. Denuncian ruido constante y temen que el consumo de energía repercuta en sus facturas y en la red. Tampoco confían en las promesas de empleo masivo.

El asunto puede ser relevante en las votaciones de este martes y afecta de manera especial a los intereses de Trump, firme defensor de la multiplicación de estos centros. Muchos candidatos, conservadores y liberales, tienen en cuenta ese rechazo en sus promesas. Texas es el estado más afectado. Allí se proyectan 200 nuevos centros y en el debate electoral se plantean la eliminación de incentivos a las big tech y la protección del suministro de agua y energía. Es lo que propone el candidato demócrata al Senado, James Talarico, a quien el magnate Elon Musk, con enormes inversiones en Texas, trata de contrarrestar con dinero y mensajes en las redes.

El gasto masivo del sector en nuevas infraestructuras también empieza a generar nerviosismo en los inversores, con caídas llamativas en los últimos días para Google, Meta o Amazon. Los valores tecnológicos impulsan la bolsa desde hace años, son uno de los motores de la economía de EEUU y representan una parte importante de los planes de pensiones, públicos y privados. El futuro del país y el de millones de estadounidenses ya dependen en buena parte del éxito de la IA, aunque pocos estén dispuestos a padecer su cara incómoda.

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