No está claro que juntar muchas ideas, algunas de ellas deslumbrantes, sea por fuerza una buena idea. Con la nueva película de Damian McCarthy, una de las voces más identificables –por sencillamente única e imposible de definir– del nuevo terror, sucede que su mayor virtud es también su más evidente defecto. Pocas películas como Oddity, su anterior trabajo, y ahora Hokum juntan en sus poco más de tres horas, si uno decide contra toda lógica y contra su propia salud probablemente verlas una detrás de otra, tal acumulación de sorpresas, giros de guion, citas a clásicos, mezclas de ambientes y texturas y hasta monstruos delirantes. Y se agradece sin duda. Cada uno de los dos títulos se antoja una especie de compendio de todos los modos de llevarse sustos en todas las posturas posibles. Pero también es cierto que tal acumulación subyugante de alicientes y estímulos acaba por sencillamente abrumar, cuando no solo despistar. Si uno hace balance, que para eso estamos, gana, sin duda, el placer de lo terrorífico, pero es imposible no salir del cine sin una sensación de ligera decepción por todo lo que podría haber sido y no es.
Damian McCarthy insiste en su particular concepción del género tan inundado de ideas delirantes y gozosas como ligeramente desarticulado
No está claro que juntar muchas ideas, algunas de ellas deslumbrantes, sea por fuerza una buena idea. Con la nueva película de Damian McCarthy, una de las voces más identificables –por sencillamente única e imposible de definir– del nuevo terror, sucede que su mayor virtud es también su más evidente defecto. Pocas películas como Oddity, su anterior trabajo, y ahora Hokum juntan en sus poco más de tres horas, si uno decide contra toda lógica y contra su propia salud probablemente verlas una detrás de otra, tal acumulación de sorpresas, giros de guion, citas a clásicos, mezclas de ambientes y texturas y hasta monstruos delirantes. Y se agradece sin duda. Cada uno de los dos títulos se antoja una especie de compendio de todos los modos de llevarse sustos en todas las posturas posibles. Pero también es cierto que tal acumulación subyugante de alicientes y estímulos acaba por sencillamente abrumar, cuando no solo despistar. Si uno hace balance, que para eso estamos, gana, sin duda, el placer de lo terrorífico, pero es imposible no salir del cine sin una sensación de ligera decepción por todo lo que podría haber sido y no es.
Esta vez se cuenta la historia de un escritor que acude a una remota posada en mitad de ninguna parte donde hace mucho sus padres fueron felices. Quizá por primera y única vez. Lleva consigo las cenizas de sus progenitores con intención de rendir un último homenaje que también es, a su manera, una petición de perdón. Nuestro héroe encarnado por Adam Scott se responsabiliza de la muerte de su madre y de la posterior ruina etílica de su padre. Lo que allí encontrará es, por orden, a) una mujer desaparecida de repente; b) un asesinato sin resolver; b) un bosque se diría que encantado; c) un ascensor que no funciona; d) un loco con ballesta, y e) una bruja. Dicho así suena inexplicable y sobre la pantalla lo es aún más.
Como ya ocurriera en parte en Oddity, Damian McCarthy lo quiere todo, a todo se atreve y no renuncia ni al postre. Por momentos, Hokum es fábula moral, a ratos comedia agria, cuando quiere giallo clásico y, si no queda más remedio, cuento gótico con una tendencia nada disimulada a la extravagancia porque sí. Hokum se disfruta casi por obligación. No hay manera de no sentirse apelado, abrumado o simplemente apabullado en alguna de sus mil maneras de llamar la atención. Es más, cuando ya parecen agotadas las propuestas porque sencillamente ya no existen más, la película se lanza (y no desvelamos nada) a una más: la redención como horizonte.
El resultado deja de todo menos indiferente. Y eso por sí solo es un logro y una rareza en un cine demasiado acostumbrado a los clichés y las metáforas desaforadas. Hokum se ve y se vive con la sensación de asistir a algo completamente nuevo por mucho que cada uno de sus elementos se haya contemplado mil veces. Pero bien es cierto, y volvemos al principio, que duele ser testigo de solo una parte de todo lo prometido. Lo dicho, juntar demasiadas ideas quizá no es la mejor de las ideas.
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Director: Damian McCarthy. Intérpretes: Adam Scott, Florence Ordesh, Peter Coonan. Duración: 101 minutos. Nacionalidad: Irlanda.
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