El rey Mohamed VI de Marruecos se ve impulsado por el padrinazgo de Donald Trump

Mohamed VI se entregó a un ejercicio de autocomplacencia en el discurso a la nación con motivo del Día del Trono con el que Marruecos conmemoró ayer su 27º aniversario como rey. El monarca de la dinastía alauí presumió de la estabilidad del país como «fuerza estratégica» frente a las turbulencias regionales, destacó el fuerte crecimiento económico -un 4,9% en 2025, con previsión de que este año se iguale o mejore la tasa- y subrayó la consolidación marroquí como «un actor internacional fiable, respetado y escuchado».

 El soberano alauí festeja su aniversario en el trono como gran aliado de Estados Unidos  

Mohamed VI se entregó a un ejercicio de autocomplacencia en el discurso a la nación con motivo del Día del Trono con el que Marruecos conmemoró ayer su 27º aniversario como rey. El monarca de la dinastía alauí presumió de la estabilidad del país como «fuerza estratégica» frente a las turbulencias regionales, destacó el fuerte crecimiento económico -un 4,9% en 2025, con previsión de que este año se iguale o mejore la tasa- y subrayó la consolidación marroquí como «un actor internacional fiable, respetado y escuchado».

Muchos marroquíes echarían en falta en la alocución referencias a los extraordinarios problemas que aquejan al reino, como la profunda brecha de la desigualdad, la corrupción institucional endémica o el grave problema de desempleo juvenil. De hecho, el malestar social en Marruecos está tan extendido que a finales de 2025 tuvo lugar el último gran estallido ciudadano, las masivas protestas de la llamada generación Z que se extendieron en todo el país y con las que sobre todo los jóvenes denunciaron la compleja situación económica, el enorme deterioro de los servicios públicos y el hecho de que la Administración esté concentrando sus grandes inversiones en infraestructuras para megaeventos como el Mundial de fútbol 2030 -ya acarician arrebatarle como sede la final a España- mientras se descuidan sectores como la educación y la sanidad.

Y, con todo, Mohamed VI está disfrutando de una Fiesta del Trono especialmente plácida porque los problemas sociales en el reino parecen ocupar un segundo plano mientras la Monarquía saca pecho por el avance en su irrenunciable objetivo de la consolidación de la marroquinidad del Sáhara -el gran factor transversal de cohesión interna y que espolea como ninguna otra cosa el nacionalismo-, así como por el inmejorable momento que atraviesa la relación de Rabat con Washington.

En realidad ambas cosas van unidas. La sintonía y la alianza estratégica forjada entre Mohamed VI y el presidente de EEUU han llevado a Marruecos a un inédito protagonismo geopolítico que permite al rey tan desmesurada autocomplacencia. A punto de concluir su primer mandato, a finales del año 2000 Trump anunció que reconocía la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, un giro en la política de tintes neutrales que Washington seguía desde hacía décadas respecto a la antigua colonia española. Biden, a pesar de no significarse apenas respecto a la cuestión saharaui, tampoco desanduvo el terreno pavimentado por su predecesor. Pero fue la vuelta de Trump a la Casa Blanca lo que constituyó el triunfo definitivo para las aspiraciones de Rabat.

La maquinaria diplomática estadounidense no cesó hasta conseguir que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobara en otoño una resolución que representaba la última gran traición al pueblo saharaui y suponía una victoria extraordinaria para la pretensión territorial marroquí, al abrazar la idea de que una autonomía para el Sáhara Occidental bajo soberanía marroquí «podría constituir una solución viable» al conflicto que se prolonga desde hace ya más de medio siglo. Todo en un contexto en el que distintas naciones, incluidas España o Francia, han claudicado en la misma dirección, y más recientemente muchos países africanos también están alineándose con Rabat, tanto por la eficaz diplomacia de chequera, como por el peso de la posición estadounidense.

Pese a que el contencioso siga abierto, Rabat ejerce de facto su plena soberanía sobre el Sáhara occidental, una entidad cada vez más diluida en los planes del Gran Marruecos en marcha. Y la colaboración de la Presidencia de Trump resulta inestimable. El embajador estadounidense en el país magrebí, el empresario Richard Duke Buchan III, anunciaba días atrás a bombo y platillo «una nueva etapa» en las relaciones bilaterales, con un refuerzo en al cooperación económica y las inversiones, a la vez que se ponía en marcha la primera financiación federal estadounidense para un proyecto en El Aaiún, la ciudad más grande del Sáhara occidental, una planta de producción de hidrógeno y amoníaco.

Tanto es lo que Mohamed VI debe al fundamental respaldo de Trump que ni el pudor tiene cabida para afianzar la amistad, como se ha comprobado con el anuncio de que la autopista de 1.000 kilómetros entre la ciudad marroquí de Tiznit y Dajla -cruzará por tanto todo el Sáhara Occidental- va a llevar el nombre del mandatario estadounidense, según se jactó éste en sus redes, agradeciéndole al rey alauí semejante honor, y mostrándose dispuesto a visitar cuanto antes la carretera.

La profundización en la relación bilateral entre Washington y Rabat responde a una multiplicidad de factores. Para Estados Unidos, Marruecos es un socio estratégico para defender sus intereses en el Sahel y frenar la expansión diplomática y económica de Rusia y China en el continente africano. En una visión regional amplia, el Sáhara occidental ha servido también de moneda de cambio para el acercamiento del reino alauita a Israel en plena cruzada de la Administración estadounidense por sumar países árabes a los Acuerdos de Abraham. Y el país magrebí es también clave en el acceso a minerales críticos. La ex colonia española ofrece pingües posibilidades de negocio con los que Mohamed VI mercadea en sus misiones diplomáticas, ya que tiene grandes yacimientos de fosfato, hierro, titanio o uranio, por no hablar de sus bolsas ya probadas de hidrocarburos y de sus caladeros de pesca.

Las inversiones estadounidenses en proyectos en suelo marroquí se han disparado estos años, tanto en materia industrial como de defensa, área en la que igualmente Washington se está revelando como un decisivo valedor de los intereses de Mohamed VI, algo que desde una España en su momento más tenso con la Casa Blanca no deja de preocupar.

A mediados de julio se anunció la creación de un gran centro de entrenamiento militar y drones en Tan-Tan, en el suroeste semidesértico marroquí. Una noticia de tantas en pleno proceso de modernización militar que está acometiendo Marruecos precisamente mediante la incorporación y el mantenimiento de tecnologías estadounidenses de última generación. Días atrás se suscribió un contrato de 333 millones de dólares. El país norteafricano figura entre los aliados beneficiarios del programa de mantenimiento del Sistema Conjunto de Combate con Casco Montado (JHMCS), que mejora la capacidad operativa de la aviación de combate y refleja el fortalecimiento de la cooperación estratégica bilateral en materia de defensa.

EL ‘GLORIOSO’ DÍA DEL TRONO. La fiesta nacional más importante de Marruecos conmemora el ascenso al trono del rey. Mohamed VI presidió ayer una recepción en M’diq -Rincón del Medik-, próxima a Tetuán y a muy escasa distancia de Ceuta, donde el soberano alauí acostumbra a pasar la primera parte del estío.

RECEPCIÓN CON EL PRESIDENTE DE LA FIFA. Tras el homenaje a la bandera y una salva de 21 cañonazos en honor del rey, éste recibió el saludo de la práctica totalidad de autoridades nacionales, representantes del cuerpo diplomático y confesiones religiosas, e invitados extranjeros. Uno de los que no pasaron desapercibidos en la recepción oficial fue el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, en plena carrera hacia el Mundial 2030 que organizan España, Portugal y Marruecos.

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