EL MUNDO, testigo de las evacuaciones de Kramatorsk, con los rusos a 10 kilómetros de sus puertas

En la pantalla del detector de drones aparece la imagen exacta de la carretera que recorre la furgoneta blindada de Proliska. Estos artilugios son capaces de hackear la cámara de los aviones no tripulados (UAV) y permiten ver lo que observa en tiempo real su piloto.

 Miles y miles de personas huyen de la ofensiva final rusa de Donbás que ha provocado el traslado físico de factorías, monumentos, colegios, hospitales o animales. Moscú bombardeó el domingo uno de los puntos de evacuación  

En la pantalla del detector de drones aparece la imagen exacta de la carretera que recorre la furgoneta blindada de Proliska. Estos artilugios son capaces de hackear la cámara de los aviones no tripulados (UAV) y permiten ver lo que observa en tiempo real su piloto.

El conductor insta a su compañero, Philip, a confirmar si en el vídeo se aprecia el logotipo azul de la ONG colocado en el techo. «Cuando se vea el emblema será muy tarde (significa que el dron está a segundos de impactar contra su objetivo)», replica el joven.

La extrema tensión se mantiene durante una fracción de tiempo hasta que la señal del UAV se disipa conforme el furgón gira entre las estrechas calles del barrio de Bilenko.

«Nos dirigimos a los suburbios del extrarradio de Kramatorsk. La gente dice que es una zona muerta pero todavía hay gente«, había indicado minutos antes el propio Philip.

La ruta hasta el arrabal está marcada por las alambradas de espino, los dientes de dragón y los túneles de redes anti drones. Kramatorsk se prepara para el asalto final de los rusos. Las carcasas calcinadas de varios coches confirman que Bilenko está dentro del radio de acción de los UAV rusos. Lo mismo que las múltiples viviendas arrasadas por la metralla.

«¡Evacuación! ¡Evacuación!». En un entorno que parece totalmente vacío y apremiado por la presencia de los artilugios rusos en el cielo, Sergey, el chófer de la agrupación humanitaria, intenta anunciar la llegada del furgón con un altavoz.

La maniobra ha funcionado. De una de las casas surge Liena, haciendo gestos con las manos. El equipo de la ONG debe trasladar a un lugar más seguro a su madre, Senia Luchanska, de 92 años. «Llevamos dos meses sin agua, sin electricidad. Semanas sin internet. Hay explosiones todo el rato», asegura la ucraniana mientras los dos activistas se apresuran a recoger las bolsas de la anciana. Las palabras de su hija quedan rubricadas por un enorme estruendo que retumba en las cercanías.

Los canales de Telegram que sirven de referencia a la población local se han vuelto a llenar de alertas: «¡Cabs (bombas de cientos de kilos) en dirección a Kramatorsk. A los refugios!».

Los avisos van acompañados de otra ronda de estampidos a pocos kilómetros. Desde hace semanas, los ataques con estos artefactos de efectos devastadores -pueden aplastar un edificio- se han convertido en una rutina.

«Yo también me marcho dentro de unos días. Esto no es vida», agrega Liena.

Este no es el primer desplazamiento de la jornada para el equipo de Proliska. «Estamos evacuando a unas 15 personas por día», comenta Yevhen Tkachev, uno de los responsables de la ONG.

Una hora antes, el propio Tkachev había acudido al domicilio de Igor Zagorochnink, para recoger a toda su familia: sus tres hijos, su mujer, Caterina, y un gato. El ucraniano de 39 años nunca había abandonado su villa natal. Ni cuando fue ocupada en 2014 al comenzar la guerra apadrinada por Moscú, ni con la invasión general en 2022, cuando también se registró un movimiento similar de habitantes.

«Nos vamos porque tenemos tres hijos. Mire a su alrededor. Verá la gran cantidad de edificios quemados o dañados. Esto no es como en 2022 (cuando muchos de los que se fueron volvieron al cabo de algunos meses). Los negocios están cerrando y todo el mundo se marcha», precisa.

Su esposa rompe a llorar al mirar a su vivienda. «Hemos vivido aquí toda nuestra vida», asegura abrazada al pequeño Artem, de 15 meses. El chiquillo no entiende que su familia se despide de Kramatorsk. Quizás para siempre.

Durante el trayecto hasta el complejo donde convergen los que huyen se divisan los emplazamientos devastados por los bombardeos rusos: la antigua sede de la firma de correos Nova Poshta, colegios, bloques de apartamentos ennegrecidos o parcialmente derruidos, supermercados como Epicentr o el centro comercial ubicado junto a la plaza del ayuntamiento. Toda una ironía. Ese lugar se llama Ploshcha Myru (la Plaza de la Paz). Ya casi nadie se aventura a conducir por ella. Es una de las zonas predilectas de acción de los drones rusos.

«La ciudad es como esa persona herida que intenta agarrarse al último soplo de vida», opina Caterina.

La furgoneta de Proliska aparca en el recinto, una antigua guardería infantil habilitada como punto de referencia para las agrupaciones humanitarias, donde se alinean media docena de vehículos similares. De ellos salen diferentes grupos de civiles. La zona asiste a un auténtico frenesí. Grupos de familias descienden de los vehículos arrastrando enormes maletas y bolsas de plástico. Los enseres que habían conseguido sacar de sus domicilios antes de partir hacia el oeste del país.

Algunos esperan sentados en bancos junto a su equipaje. Muchos portan pequeñas jaulas de plástico con sus mascotas. Un equipo de enfermeros introduce a una vieja señora impedida en un vehículo médico. «Los enfermos tienen derecho a viajar en ambulancias», explica uno de los sanitarios.

Una anciana evacuada de Kramatorsk en el centro humanitario.
Una anciana evacuada de Kramatorsk en el centro humanitario.KOSTYANTYN CHERNICHKIN

La escena que se observaba este último viernes en el principal centro de evacuación de Kramatorsk se inscribe en el monumental éxodo diario al que asiste la «capital» de la provincia de Donetsk que todavía controla Ucrania -Rusia ocupa cerca de un 80%- tras el avance de las tropas rusas, que se han colocado a 10 kilómetros de la villa.

Las autoridades declararon el pasado 21 de agosto que tanto este enclave como Sloviansk son ahora «zonas de hostilidades activas», certificando el inicio de lo que podría ser el clímax de la guerra por el control de Donbás que Rusia desató en 2014.

Moscú parece decidida a aplicar el modelo Jersón -los tristemente apodados «safaris humanos»- en el mismo corazón de Kramatorsk. El pasado día 12 dejaron al menos tres automóviles en llamas, acabando con la vida del mismo número de pasajeros. «Coches civiles, corrientes, de gente que seguía con su vida o que fue a comprar comida», indicó esa jornada el ayuntamiento en un comunicado.

En esta «cacería» los rusos parecen dispuestos a «cruzar todas las líneas rojas«, comenta el citado Yevhen Tkachev. Habla después de que este domingo el propio cuartel general de las evacuaciones de Kramatorsk fuese bombardeado por la aviación de Moscú.

Los artefactos impactaron en el lugar a las 11:20 de la mañana. El domingo es el único día en el que no actúan las ONGs. «Eso evitó una masacre. A esa hora, en cualquier día de la semana, hay allí decenas de personas», agregó Tkachev.

El suceso dejó el edificio en llamas, que provocaron una enorme columna de humo que se podía apreciar desde kilómetros. Pese a la acción de los bomberos, el fuego seguía consumiendo partes del habitáculo horas después. La sala principal de acogida estaba marcada por una gran mancha de sangre en el suelo.

«Hemos estado sacando gente repleta de sangre y metiéndolas en furgonetas. Todo estaba lleno de humo. ¿Por qué atacan un centro humanitario?«, se preguntaba un activista australiano, Scott Webster, presente en el lugar.

Para Tkachev la ofensiva rusa contra los últimos núcleos urbanos de Donbás bajo el control ucraniano cierran una especie de círculo histórico y -en su caso- vital.

El activista humanitario de 57 años, nativo de la localidad de Chasiv Char -no lejos de Kramatorsk- asistió a las primeras hostilidades apadrinadas por Rusia en 2014. Fue cuando comenzó a evacuar a los que querían huir de la guerra. Tkachev ha vuelto a retomar exactamente las mismas rutas que utilizaba para sacar a sus vecinos del Donbás hace ya 12 años.

Kramatorsk y Sloviansk fueron capturadas en abril de ese año pero fueron recuperadas por Kiev en julio. Desde esa fecha, Ucrania convirtió estos lugares y su entorno en lo que apodan «Fortaleza Donbás»: su bastión principal de defensa en el este del país.

Los uniformados apoyados por Moscú terminaron por encarcelar a Tkachev en esas fechas. «Me acusaron de ser un espía porque tenía una Biblia (es miembro de una iglesia protestante) y me condenaron a ser fusilado», rememora a bordo de la furgoneta de su organización.

Los vehículos de Proliska, como los de otras muchas asociaciones dedicadas a rescatar a la población, han sido atacados en repetidas ocasiones por los drones rusos en estos últimos años. El 20 de marzo una de sus furgonetas fue alcanzada por un UAV, que acabó con la vida de dos de las personas que sacaban del área. «Hemos perdido tres vehículos. Totalmente destrozados. Otros muchos han resultado dañados», dice.

La partida de los habitantes de Kramatorsk y la vecina Sloviansk se ha convertido en la imagen que domina el día a día de estas villas. Las redes sociales están repletas de fotos con camiones llenos de muebles o pertenencias de los desplazados. En sólo dos semanas, la ONG Rescate de Animales de Járkiv informó que había sacado casi 300 perros y gatos de Kramatorsk. Los grupos de activistas se han llevado hasta la iguana, los loros y las chinchillas de una escuela infantil.

Las estadísticas oficiales reflejan una sangría de población, que ha mermado más de un 33% en un año. Aunque a finales de agosto, todavía acogía a cerca de 40.000 personas esa cifra ya era muy inferior a los desplazados que se han instalado en otras regiones del país.

Como escribía en el diario The Kyiv Post el activista humanitario de Nueva Zelanda Tenby Powell, «Kramatorsk no ha caído en un único asalto, está siendo estrangulada (por los rusos)».

«No es un daño colateral. Es un método. La ciudad está siendo vaciada a propósito«, añadía en el texto.

La ciudad se está mudando literalmente. Tanto sus habitantes como sus instalaciones. Las autoridades locales informaron del desplazamiento de los monumentos más conocidos a partir de mayo. Lo único que queda de la estatua dedicada, por ejemplo, a honrar la memoria de Taras Shevchenko -una de las figuras capitales de la cultura ucraniana- es el pedestal. Su busto ha sido trasladado al oeste del país como otras muchas recreaciones.

Cada jornada, la población menguante recibe nuevas noticias sobre negocios o servicios que dejan de funcionar. «Se suspenderán otras dos líneas de autobuses a partir del 18 de septiembre», se leía en un anuncio municipal de esa fecha. «Cuatro sucursales del servicio de correos suspenderán su actividad», se leía en otra noticia de agosto.

El núcleo urbano se apaga literalmente conforme se oculta la luz del día. La electricidad y la señal de teléfono se ha convertido en un lujo del que ya gozan muy pocos. El ruido de los generadores compite con el zumbido de los temidos FPV. Al igual que en Jersón son muchos los que prefieren caminar en vez de conducir, ante la fijación que tienen estos aparatos por las cuatro ruedas. Eso no evita las carreras al escuchar ese sonido, que son una constante.

La noche está dominada por los estruendos de las pavorosas bombas Cab. El edificio en el que residió este periodista se estremecía como si fuese sacudido por un terremoto con los repetidos asaltos contra un puente cercano.

A esa hora, la villa es una especie de localidad fantasma, casi totalmente a oscuras, donde los transeúntes son una rareza y los contados coches que circulan por sus travesías lo hacen a una velocidad disparatada, para evitar la atención de los drones.

Muchos residentes han establecido una especie de horario desquiciado en el que intentan racionalizar lo imposible. «Las CAB caen entre las 9.30 y las 11:00; de 15:00 a 16:30 y de 2:00 a.m. a 4:00 a.m. De 16:00 á 18:00 es cuando actúan los FPV», explica con total seriedad Natalie, una residente de 56 años, cuyo indicador compite con el que se apresuran a ofrecer otros residentes.

Natalie es una de esas recalcitrantes que han decidido interiorizar el horror y disimularlo con una pátina de normalidad pese a la contradicción inherente.

«Todo es normal. Sí, es cierto que queman varios coches cada día pero es lo que ocurre en una ciudad en la línea del frente. Aquí seguimos con restaurantes que venden sushi y las novias siguen visitando a los soldados (Kramatorsk solía ser conocida como la ciudad del romance por este tipo de encuentros)», repite.

La opinión de Natalie es una rareza. La amplia mayoría de los ucranianos consultados en los cinco días en los que este diario permaneció en Kramatorsk coincidían, como dijo Alleh, un joven de origen checheno, en que «es hora de irse». El chaval de 24 años fue herido hace dos semanas por un dron «dormido». «Los aparcan en los lados del camino o en los tejados y cuando ven un coche atacan», relata mostrando la foto de la brecha que le hizo un trozo de metralla en la pierna, que todavía lleva vendada.

Muchos de los que escapan transitan por el centro de acogida de Lozova, en la vecina provincia de Járkiv. Desde que fue inaugurado hace un año ha recibido a cerca de 60.000 personas, según sus propios datos. Cada jornada llega otra remesa de entre 200 y 300 personas.

Soldados ucranianos toman café en una calle de Kramatorsk.
Soldados ucranianos toman café en una calle de Kramatorsk.KOSTYANTYN CHERNICHKIN

«El auge comenzó en primavera», observa Olesia Chechykova, responsable del enclave humanitario.

Al igual que el punto de evacuación de Kramatorsk sus instalaciones son un continuo trasiego de viajeros. Naciones Unidas y otras organizaciones les ayudan a completar los formularios que exige esta mudanza obligada.

Algunas de las habitaciones han sido habilitadas como dormitorios improvisados donde los biombos separan los camastros donde residen viajeros como Maria Gavrinshenko, de 84 años. Viene de Kramatorsk y lleva aquí dos noches, pero viaja esta tarde.

La anciana señala hacia las tres bolsas junto a su catre. «Eso es todo lo que me queda en la vida».

Para María la progresiva destrucción de esa urbe es especialmente dolorosa. Trabajó en la construcción de Kramatorsk hasta los 70 años. «Todos esos edificios que ayudé a levantar ahora están siendo aplastados».

Los historiadores locales recuerdan que Kramatorsk se fundó en el siglo XIX como un centro de maquinaria pesada y metalurgia, una tradición que mantuvo con los zares, la Unión Soviética y después, tras la independencia de Ucrania en 1991.

Por eso, más que por la simple transferencia de residentes a la que se asiste en estos días, los locales comprendieron hace meses que el futuro de la villa se encontraba en cuestión cuando las factorías que siempre fueron su referencia comenzaban a instalarse en otras regiones del país.

Una de ellas ha sido la firma Parque Eólicos de Ucrania, que se ha movido físicamente hasta la población de Perechyn, en la provincia de Zakarpattia, al oeste del país.

Allí «se está construyendo un Kramatorsk en miniatura», escribió el diario local Kramatorsk Post en marzo.

El pequeño villorrio se ha llenado de grúas, camiones, edificios en construcción, complejos de modernos apartamentos y un flamante nuevo parque industrial.

«Cuando comenzó la invasión general en 2022, Perechyn fue el primer ayuntamiento que se ofreció a acoger las factorías de Donetsk», relata Halina Haievska, número dos de esa municipalidad.

Según el director general de Parque Eólicos de Ucrania, Vladyslav Yeremen, «el proceso de traslado fue ingente. Movimos más de 15.000 toneladas de equipos. Cerca de 1.000 empleados se trasladaron junto con las instalaciones. Hoy podemos fabricar hasta 40 turbinas eólicas al año».

La simbología de la transferencia física de las industrias locales no se escapa a los conocedores de la historia. Fue exactamente lo que hizo la Unión Soviética ante el avance del ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial.

La migración de las fábricas y parte de la población se está viendo acompañada de la de colegios e instalaciones médicas.

La doctora Valeria Zolotukhina llegó a este enclave ubicado a 1.000 kilómetros de Kramatorsk en mayo pasado. La especialista juguetea con su pequeño hijo, Serhiy, de año y medio, en el parque de la nueva urbanización habitada por los desplazados de su villa natal.

La joven de 32 años fue de las que huyó de Kramatorsk en 2022 pero volvió. No cree que eso vuelva a ocurrir. «Esto es el final de la ciudad», concluye en tono pesimista.

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