Péter Magyar quiere colocar a una reina al frente del Estado para completar el desmantelamiento del sistema político construido por Viktor Orban. El primer ministro ha propuesto como presidenta de la República a Judit Polgár, la mejor ajedrecista de la historia, después de obligar a Tamás Sulyok a firmar la reforma constitucional que ponía fin a su propio mandato. La maniobra elimina una de las últimas grandes piezas institucionales heredadas de los 16 años de poder de Orban y la sustituye por una mujer sin pasado partidista, conocida dentro y fuera del país y revestida de una autoridad que no procede de la política.
Péter Magyar la propone como presidenta de la República de Hungría para reemplazar a Tamás Sulyok, pero ella rechaza el ofrecimiento
Péter Magyar quiere colocar a una reina al frente del Estado para completar el desmantelamiento del sistema político construido por Viktor Orban. El primer ministro ha propuesto como presidenta de la República a Judit Polgár, la mejor ajedrecista de la historia, después de obligar a Tamás Sulyok a firmar la reforma constitucional que ponía fin a su propio mandato. La maniobra elimina una de las últimas grandes piezas institucionales heredadas de los 16 años de poder de Orban y la sustituye por una mujer sin pasado partidista, conocida dentro y fuera del país y revestida de una autoridad que no procede de la política.
No obstante, Polgar anunció a última hora de este lunes que rechazaba el ofrecimiento del primer ministro. «No me siento con la fuerza suficiente para asumir la responsabilidad histórica de unir a una nación dividida, por lo que no puedo aceptar la invitación», escribió Polgár en sus redes sociales. De esta manera la campeona de ajedrez declinó la invitación de Magyar.
Se frustra así una proposición que hizo suya el premier. «Hungría necesita unidad, paz y un presidente del que todos los húngaros puedan sentirse orgullosos», declaró. «La Presidencia de la República no es una profesión ni un puesto de trabajo, sino el servicio más elevado».
Sulyok había sido elegido en 2024 por la mayoría parlamentaria de Fidesz tras la dimisión de Katalin Novák, arrastrada por el escándalo del indulto concedido a un hombre implicado en el encubrimiento de abusos sexuales a menores. Antiguo presidente del Tribunal Constitucional, se presentó como un jurista independiente, pero para el nuevo Ejecutivo representaba la continuidad institucional del sistema construido durante la era Orban.
Magyar le pidió que dimitiera después de su victoria electoral de abril. Sulyok se negó. Al no lograr su renuncia, Tisza utilizó su mayoría de dos tercios para reformar la Constitución y fijar el final de su mandato.
El presidente quedó así atrapado en una paradoja jurídica perfecta: debía firmar una norma que lo expulsaba del cargo. Si se negaba, Magyar había amenazado con activar un procedimiento de destitución por incumplimiento de sus obligaciones constitucionales. Durante las últimas horas del plazo, el primer ministro publicó en Facebook un escueto «tic-tac, tic-tac«, convirtiendo el pulso institucional en una cuenta atrás.
Sulyok terminó cediendo el sábado, aunque dejó constancia de su oposición. La reforma, afirmó, vulneraba los principios del Estado de derecho, la democracia y la separación de poderes. También pidió consultar previamente a la Comisión de Venecia. La petición fue ignorada.
Desde la medianoche de este lunes, Sulyok ha dejado de ser presidente. La presidenta del Parlamento, Ágnes Forsthoffer, asumió interinamente la jefatura del Estado mientras se prepara la elección de su sustituto.
La reforma constitucional va mucho más allá del relevo presidencial. Limita a 12 años la permanencia de los diputados, modifica varios órganos del Estado y crea una Oficina Nacional para la Recuperación y Protección del Patrimonio para investigar la apropiación de bienes públicos y el enriquecimiento ilícito vinculados al antiguo poder. Magyar ha bautizado este paquete legislativo como una operación de «fuego purificador» y promete recuperar para el Estado los bienes que, según sostiene, fueron desviados durante la era Orban.
El Gobierno presenta estas medidas como el desmontaje urgente de un Estado capturado. Desde su llegada al poder ha cerrado la Oficina para la Protección de la Soberanía, se ha acercado a la Fiscalía Europea y revisa el patrimonio transferido a instituciones próximas a Fidesz. El objetivo es deshacer la arquitectura institucional heredada de Orban.
Pero la rapidez del proceso empieza a provocar reservas entre organizaciones defensoras de los derechos humanos y juristas que no cuestionan la necesidad de reformar el sistema. Amnesty International Hungría sostiene que Sulyok tenía derecho a un procedimiento con garantías. Human Rights Watch ha advertido de que modificar precipitadamente la Constitución para destituir a una persona recuerda precisamente a algunos de los métodos empleados durante la etapa de Fidesz.
Esa es la principal contradicción del nuevo poder húngaro. Magyar asegura que utiliza su mayoría de dos tercios para restaurar los contrapesos destruidos por Orban, pero esa misma mayoría le permite cambiar la Constitución, remover cargos y rediseñar instituciones sin necesidad de pactar con la oposición. La frontera entre la demolición de un régimen iliberal y la construcción de otro poder excesivamente concentrado dependerá no sólo de los objetivos, sino también de los procedimientos.
La elección de Polgár busca precisamente disipar esa sospecha. A sus 49 años, la ajedrecista revolucionó un mundo dominado por hombres. Quiso enfrentarse a los mejores y lo consiguió. Llegó a ser octava del mundo, derrotó a Garri Kaspárov y dominó el ajedrez femenino durante un cuarto de siglo.
Desde que se retiró de la competición ha dedicado buena parte de su actividad a la enseñanza y la divulgación del ajedrez, manteniéndose alejada de la vida partidista. Esa distancia explica buena parte del interés de Magyar. Hasta ahora también ha evitado pronunciarse sobre la oferta del primer ministro. Este lunes rompió su silencio únicamente para felicitar el Día Internacional del Ajedrez en las redes sociales, sin hacer la menor referencia a su posible llegada a la Presidencia. Ningún dirigente de Tisza podría ofrecer la imagen de independencia y prestigio que aporta una figura admirada dentro y fuera de Hungría.
El cargo presidencial es, sobre todo, representativo. Pero en la Hungría que intenta dejar atrás la era Orban su peso trasciende el protocolo. Magyar ya tiene los votos para elegir al próximo jefe del Estado. La incógnita ya no es si logrará desmontar el sistema de Orban, sino si el nuevo poder que está levantando acabará pareciéndose al que prometió sustituir.
Internacional. Noticias internacionales. Última hora
