<p>La originalidad está sobrevalorada. Por lo menos tan sobrevalorada como todas las frases que intentan señalar que algo, sea lo que sea, está sobrevalorado. Definitivamente, está sobrevalorado sobrevalorar personas, animales o cosas. <i>Primate </i>no es una película sobrevalorada (nadie se ha atrevido jamás a tanto), pero sí muy consciente de las muchas formas de sobrevaloración que nos rodean. Empezábamos por la originalidad, pero valdría decir otro tanto sobre la inteligencia, la perspicacia, el buen gusto, los argumentos bien desarrollados y con sentido, los efectos especiales cuidados o las interpretaciones calmadas y ajustadas a un propósito cualquiera que no sea el histerismo. Es decir, y para no perderse entre tanto laberinto autorrecursivo, <i><strong>Primate </strong></i><strong>es una película esencialmente primitiva (y </strong><i><strong>primativa </strong></i><strong>también claro) por tosca, básica, efectista y hasta cutre.</strong> Pero, y aquí el gran giro de la sobrevaloración, tan entretenida y divertida en su simpleza que no queda otra que abrazarla y arrojar por la borda todos esos criterios (todos ellos sobrevalorados, sin duda) que usamos para juzgar racionalmente algo. <strong>De otro modo: pura serie B a la antigua usanza. </strong></p>
Con los elementos y las ideas al mínimo, Johannes Roberts se las arregla para confeccionar un espectáculo divertido y ebrio de sustos a la antigua usanza
La originalidad está sobrevalorada. Por lo menos tan sobrevalorada como todas las frases que intentan señalar que algo, sea lo que sea, está sobrevalorado. Definitivamente, está sobrevalorado sobrevalorar personas, animales o cosas. Primate no es una película sobrevalorada (nadie se ha atrevido jamás a tanto), pero sí muy consciente de las muchas formas de sobrevaloración que nos rodean. Empezábamos por la originalidad, pero valdría decir otro tanto sobre la inteligencia, la perspicacia, el buen gusto, los argumentos bien desarrollados y con sentido, los efectos especiales cuidados o las interpretaciones calmadas y ajustadas a un propósito cualquiera que no sea el histerismo. Es decir, y para no perderse entre tanto laberinto autorrecursivo, Primate es una película esencialmente primitiva (y primativa también claro) por tosca, básica, efectista y hasta cutre. Pero, y aquí el gran giro de la sobrevaloración, tan entretenida y divertida en su simpleza que no queda otra que abrazarla y arrojar por la borda todos esos criterios (todos ellos sobrevalorados, sin duda) que usamos para juzgar racionalmente algo. De otro modo: pura serie B a la antigua usanza.
El argumento es tan sencillo que, apurando, ni siquiera existe. Eso que acostumbran a decir las críticas anglosajonas de que el plot cabría en la esquina de una servilleta, en este caso es una exageración. No hace falta servilleta por la sencilla razón de que no hay nada que escribir. No hay plot. Y donde no hay plot, como dice el refrán, tampoco hay stop. Un mono muy listo, además de mascota (casi un hijo más) de una familia con muchos adolescentes que vive aislada en una casa de lujo al borde de un acantilado con piscina, se contagia de rabia. Si se lee otra vez la frase precedente, es muy posible que alguien sienta la necesidad de llamar al 112 para dar la alerta: «Por favor, vengan rápido, el guionista ha entrado en shock». Y sí, lo que sigue es todo shock; es decir, es un mono corriendo de un lado a otro echando espuma por la boca mientras un grupo de jóvenes en bañador grita. Y mucho. De hecho, el tráiler vale igual como anuncio de Navidad de anís del mono.
El caso es que los sustos, como si de un paseo por el tren de la bruja se tratara, funcionan. Es decir, asustan. Y como nadie nunca ha dicho que los sustos estén sobrevalorados (al revés, lo normal es que sufran de infravaloración), Primate se pasea por la pantalla dispuesta a hacerse amiga de todos aquellos espectadores sin prejuicios a los que no les importe que la mitad de las palomitas recién adquiridas a un precio surrealista salte por los aires. El truco de su director, Johannes Roberts, consiste en ir robando ideas de aquí y de allá (la originalidad, ya se ha dicho, está sobrevalorada). No sé si se acuerdan de Open water, pues algo parecido, pero al revés. Si en aquella los protagonistas eran acosados por tiburones y no podían subir al barco, ahora no pueden salir de la piscina ya que el mono odia el agua. No sé si se acuerdan de Hush (Silencio), pues algo similar. Ahora es el padre el que es una persona sorda y, por tanto, inmune a todos los alaridos que le rodean. En resumen, si son de los que creen que hay demasiadas cosas sobrevaloradas, ésta es su película. Disfrutar, se disfruta este espectáculo divertido y rabiosamente infectado de sustos.
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Dirección: Johannes Roberts. Intérpretes: Johnny Sequoyah, Jessica Alexander, Kevin McNally. Duración: 89 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.
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