<p>Durante tres días, en la <a href=»https://www.elmundo.es/internacional/2026/02/13/698f30a5fc6c830c7d8b459e.html»>Conferencia de Seguridad de Múnich</a>, el poder ha ocupado el atril en su forma más reconocible. Presidentes, ministros de Defensa, cancilleres y enviados especiales han expuesto sus posiciones sobre Ucrania, Oriente Próximo, China o el futuro del orden internacional. La mayoría, hombres. Pero entre discurso y discurso, en el espacio donde esas posiciones se explican, se someten a preguntas y adquieren forma pública, <strong>han sido mujeres quienes han definido el marco de la conversación</strong>.</p>
Los debates en la Conferencia de Seguridad han sido moderados por profesionales con autoridad propia: desde periodistas como Christiane Amanpour hasta ex jefas de la diplomacia como Hillary Clinton
Durante tres días, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el poder ha ocupado el atril en su forma más reconocible. Presidentes, ministros de Defensa, cancilleres y enviados especiales han expuesto sus posiciones sobre Ucrania, Oriente Próximo, China o el futuro del orden internacional. La mayoría, hombres. Pero entre discurso y discurso, en el espacio donde esas posiciones se explican, se someten a preguntas y adquieren forma pública, han sido mujeres quienes han definido el marco de la conversación.
No como figuras simbólicas ni como gesto de representación, sino como moderadoras con autoridad propia, profesionales acostumbradas a tratar con responsables políticos, diplomáticos y altos cargos desde la legitimidad que les otorgan sus propias trayectorias. Su papel no ha sido decorativo, sino parte integrante de la estructura que articula el foro.
La dinámica real de la Conferencia no se limita a las intervenciones desde el atril, donde los Estados presentan sus posiciones. Su estructura descansa en los paneles, donde esas posiciones se matizan, se confrontan y se someten al escrutinio público. Y es ahí donde se hace visible un patrón consistente. El panel sobre Venezuela ha sido moderado por Mary Louise Kelly, periodista de la radio pública estadounidense NPR y una de las voces más reconocidas en el ámbito de la seguridad nacional. Desde el propio recinto de la Conferencia, describía el ambiente como un momento en el que «hay una sensación palpable de que aquí están tratando de resolver un nuevo orden mundial en tiempo real». Acostumbrada a entrevistar a responsables políticos y altos cargos de seguridad, Kelly forma parte de ese grupo de profesionales cuya función no consiste en acompañar el discurso oficial, sino en someterlo a escrutinio público.
El debate sobre el futuro de Siria ha estado a cargo de Mina Al-Oraibi, redactora jefe del diario The National de Abu Dhabi y figura central en el análisis geopolítico de Oriente Próximo, con una trayectoria que la ha situado en contacto directo con responsables políticos y diplomáticos de la región. La conversación sobre Sudán ha sido conducida por Lindsey Hilsum, editora internacional de Channel 4 News y una de las corresponsales de guerra más experimentadas de Europa, con décadas de cobertura directa de conflictos armados. «Si vas a un país en medio de una guerra y crees que lo que ves es caos, es que no sabes lo que estás viendo», ha explicado en referencia a la lógica interna que estructura incluso los escenarios más devastados.
Ese mismo papel ha sido asumido también por Christiane Amanpour, corresponsal internacional jefe de CNN y una de las periodistas más influyentes en la cobertura de conflictos y diplomacia internacional de las últimas décadas. Periodista galardonada en múltiples ocasiones por su trabajo, su trayectoria ha estado marcada por la cobertura directa de las guerras de los Balcanes, Oriente Próximo y Afganistán, así como por entrevistas con jefes de Estado y responsables políticos de todo el mundo. Amanpour no actuó como mediadora neutral en un sentido protocolario, sino como una interlocutora con autoridad propia, cuya legitimidad se apoya en décadas de experiencia observando e interrogando el ejercicio del poder.
En el ámbito institucional, la moderación ha recaído en figuras como Helga Maria Schmid, ex secretaria general de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa y una de las diplomáticas europeas más influyentes de las últimas décadas, que ha conducido el panel dedicado a Oriente Próximo. Su trayectoria negociando acuerdos internacionales le ha dado una comprensión directa de los equilibrios que sostienen el orden internacional. «Abordar la seguridad desde un ángulo holístico es nuestra fortaleza», ha señalado, subrayando que la estabilidad depende de una red compleja de factores políticos, económicos y estratégicos.
También Kateryna Pisarska, vicepresidenta de la propia Conferencia de Seguridad de Múnich, diplomática ucraniana y una de las responsables de su diseño estratégico, ha moderado el panel dedicado a la defensa europea y al apoyo a Ucrania, situándose en la intersección entre la estructura institucional del foro y los debates que lo articulan.
Ese mismo criterio se ha aplicado en otros ejes geopolíticos centrales. El debate sobre la relación entre India y Alemania en un contexto de creciente incertidumbre global ha sido moderado por Roula Khalaf, editora jefe del Financial Times, uno de los periódicos más influyentes en el análisis del poder económico y geopolítico. La sesión dedicada a Bielorrusia ha estado a cargo de Gwendolyn Sasse, directora del Centro de Estudios de Europa del Este y Eurasia en Berlín y una de las principales especialistas europeas en el espacio postsoviético. Por su parte, el panel sobre la geopolítica del agua ha sido conducido por Ambika Vishwanath, directora de la iniciativa estratégica Kubernein y experta en recursos estratégicos y seguridad internacional.
No son moderadoras circunstanciales. Son profesionales con trayectorias consolidadas, acostumbradas a trabajar en entornos donde las decisiones políticas se analizan, se negocian o se cuestionan. Han entrevistado a presidentes, participado en procesos diplomáticos, cubierto guerras o dirigido instituciones. No se aproximan a estos espacios como observadoras externas, sino como actores que intervienen en la configuración pública del debate.
El contraste resulta visible en la propia jerarquía de la Conferencia. Las intervenciones individuales de representantes de grandes potencias, como el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio o el ministro de Exteriores chino Wang Yi, han sido conducidas por Wolfgang Ischinger, ex presidente de la Conferencia y figura histórica de la diplomacia alemana. Es en esos momentos, cuando el poder estatal se expresa en su forma más directa, donde la moderación permanece vinculada a la autoridad institucional tradicional. En los paneles, en cambio, donde las posiciones se explican, se confrontan y se someten a discusión, la estructura misma del debate ha recaído mayoritariamente en mujeres.
Como escribió Michel Foucault, el poder no es algo que se posee, sino algo que se ejerce. En la Conferencia de Seguridad de Múnich, ese ejercicio no pertenece únicamente a quienes hablan, sino también a quienes establecen el marco en el que esa palabra se produce.
La calidad de los debates ha estado directamente vinculada a esa experiencia. Lejos de adoptar un papel protocolario, las moderadoras han formulado preguntas precisas, han sostenido el ritmo de los intercambios y han evitado que las sesiones se limitaran a la reiteración de posiciones oficiales. Su presencia ha contribuido a definir el tono y la profundidad de las conversaciones en un momento de especial tensión internacional.
El sábado por la noche, ese mismo papel lo asumió Hillary Clinton, ex secretaria de Estado de Estados Unidos y una de las figuras más influyentes de la política exterior occidental de las últimas décadas. Clinton no necesita presentación. Durante años, fue ella quien ocupó el lugar desde el que se definían las estrategias. En Múnich, su posición era distinta. No hablaba en nombre de una administración ni representaba al poder ejecutivo estadounidense. Moderaba. Escuchaba. Daba la palabra.
Su presencia en ese papel no era un gesto protocolario ni simbólico, sino una señal del propio rango de la Conferencia. Que una figura de su trayectoria asuma la moderación de un panel es algo poco frecuente incluso en los principales foros internacionales. Clinton ejercía allí una forma distinta de autoridad: no la de quien interviene en nombre de un Estado, sino la de quien establece las condiciones en las que esa intervención adquiere forma pública.
El gesto resumía, en sí mismo, la lógica del foro. La Conferencia de Seguridad de Múnich sigue siendo un espacio donde los Estados presentan sus posiciones en su forma más clásica, encarnadas en dirigentes que hablan en nombre de sus países. Pero el mecanismo que hace posible esa exposición —el que organiza las conversaciones, establece las preguntas y define el marco en el que el poder se explica— ha sido sostenido en gran medida por mujeres con autoridad profesional propia.
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