<p>Existe una gasolinera en el centro de <strong>Los Ángeles</strong>, muy cerca de Chinatown, que con el tiempo se ha hecho tristemente famosa. Cada vez que hay una crisis energética, fotógrafos, cámaras de televisión y periodistas acuden en procesión hasta allí para reflejar la escalada de los precios de la gasolina. Esta vez no ha sido diferente. <strong>Las imágenes del cartelón electrónico de la Chevron reflejando hasta 8,71 dólares por galón para repostar</strong> -unos 2,12 euros por litro-, han circulado como la pólvora en redes tras el comienzo de la guerra en Irán. Si se pasan por esta urbe descomunal, la podrán encontrar en la esquina de Alameda y Cesar Chávez Jr.</p>
Ningún país produce más crudo en el mundo y, sin embargo, sus ciudadanos pagan precios récord en la gasolinera: la eterna paradoja del petróleo norteamericano
Existe una gasolinera en el centro de Los Ángeles, muy cerca de Chinatown, que con el tiempo se ha hecho tristemente famosa. Cada vez que hay una crisis energética, fotógrafos, cámaras de televisión y periodistas acuden en procesión hasta allí para reflejar la escalada de los precios de la gasolina. Esta vez no ha sido diferente. Las imágenes del cartelón electrónico de la Chevron reflejando hasta 8,71 dólares por galón para repostar -unos 2,12 euros por litro-, han circulado como la pólvora en redes tras el comienzo de la guerra en Irán. Si se pasan por esta urbe descomunal, la podrán encontrar en la esquina de Alameda y Cesar Chávez Jr.
Que la gasolina en California es más cara que en el resto del país -casi tres dólares por encima de lo que pagan en Oklahoma- ya lo sabíamos. Y que Estados Unidos es el mayor productor mundial de petróleo en la actualidad, por encima de Rusia y Arabia Saudí, también. Lo que parece un poco más difícil de explicar es la paradoja que brota, con una precisión casi ritual, cada vez que la gasolina se dispara. ¿Por qué una súper potencia mundial que presume de autosuficiencia y enarbola la bandera del fracking se pone a temblar cada vez que hay una crisis en Oriente Próximo?
La respuesta es que la paradoja es sólo aparente. Porque el petróleo, a diferencia de lo que sugiere la retórica política, no es un mercado nacional, sino global. Washington puede bombear más de 13 millones de barriles diarios (un récord histórico), pero el precio lo fija un sistema internacional condicionado por guerras, tensiones geopolíticas y decisiones de actores como la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo). Lo que ocurre en el Estrecho de Ormuz, por donde pasa un 20% del crudo a nivel mundial, o en el Golfo Pérsico, acaba repercutiendo, casi de inmediato, en el surtidor de una gasolinera en California.
Es un sistema estrechamente interconectado que se ve afectado por cualquier interrupción en el suministro a nivel global. Es una cuestión de oferta, demanda y del precio que acaban marcando los traders en los mercados internacionales.
A eso se suma otra realidad menos visible: Estados Unidos exporta e importa petróleo al mismo tiempo. Su revolución del shale -la extracción de petróleo y gas de roca mediante fracturación hidráulica, o fracking- ha disparado la producción de crudo ligero, pero muchas refinerías siguen diseñadas para procesar crudos más pesados, lo que obliga a mantener importaciones. La autosuficiencia, en este contexto, es relativa.
A diferencia de países como Arabia Saudí o Venezuela, donde el Estado controla directamente el sector y puede intervenir los precios internos -aunque sea a costa de distorsionar la economía-, en Estados Unidos el mercado manda. El Gobierno tiene herramientas limitadas y políticamente costosas, como liberar reservas estratégicas o presionar a productores.
El resultado es una vulnerabilidad persistente: la primera potencia energética del planeta no controla cuánto pagan sus ciudadanos por llenar el depósito. Y, en un país donde la gasolina es un termómetro político, cada subida se traduce en inflación, desgaste electoral y presión sobre la Casa Blanca. Porque producir mucho no es lo mismo que mandar en el mercado.
Ni siquiera la opción de recurrir a las reservas de petróleo ha dado resultado. El pasado 12 de marzo, el Gobierno de Trump anunció la liberación de 172 millones de barriles de la Reserva Estratégica de Petróleo como parte de un esfuerzo coordinado con 32 países para tratar de mitigar los efectos de la guerra.
Es un debate, en cualquier caso, que comienza y termina con Trump. Suya fue la promesa de perforar sin descanso ni restricciones para abaratar los precios de la gasolina durante su segundo mandato -una estrategia fallida y contaminante que apenas se ha dejado sentir en las gasolineras-, y suya ha sido la decisión en la dirección diametralmente opuesta: la de atacar Irán de forma unilateral para colmar las aspiraciones belicistas de Benjamin Netanyahu y, en el intento, disparar los precios de la gasolina en casa.
La factura la están pagando los consumidores a nivel global. Según un análisis de 350.org, una organización internacional de activismo climático, las petroleras han ingresado unos 100.000 millones de dólares adicionales desde que comenzó la guerra en Irán. En Estados Unidos, el precio medio de la gasolina ha superado los cuatro dólares por galón, un alza que no se producía desde el comienzo de la guerra en Ucrania.
Matt McKiney, analista de Gasbuddy, pronostica precios aún más elevados en las próximas semanas. «Mientras el Estrecho de Ormuz permanezca cerrado, no hay mucho que se pueda hacer», afirma a EL MUNDO. «No hay suficientes reservas en el mundo para compensar por esa pérdida durante un largo periodo de tiempo. Ni siquiera el intento coordinado de liberar millones de barriles ha servido para nada. Es como una gota en un cubo de agua«.
Los economistas temen que el alza en los combustibles se traduzca en una nueva crisis inflacionaria que ralentice la economía y pueda incluso desembocar en una recesión. En su última reunión, la Reserva Federal dejó la puerta abierta a una subida de tipos de interés si vuelven a subir los precios en Estados Unidos, como ya sucedió en 2022 tras la invasión rusa en Ucrania.
Lo que ya es una realidad es el descontento en las calles con la situación. Uno de cada cinco estadounidenses encuestados por Reuters/Ipsos afirma que está sintiendo «mucho» el impacto de los elevados precios de la gasolina, y casi la mitad reconoce que le está afectando de alguna manera.
Para muchos expertos, la forma más efectiva de evitar una crisis similar en el futuro es recurriendo a la vía por la que Trump se niega a transitar: la transición a energías renovables. De sobra conocida es su postura sobre el asunto. No sólo niega que la Tierra se esté calentando por el efecto de los seres humanos, sino que ha acusado de «terroristas» a los expertos en cambio climático. «Los medioambientalistas son terroristas», declaró el pasado viernes, insistiendo tres veces en la misma idea y casi con idénticas palabras, fiel a su forma primaria de hablar.
Como bien subraya en The Guardian Alice Hill, experta en energía y medioambiente del Consejo de Relaciones Exteriores, «la apuesta del presidente por los combustibles fósiles no está yendo muy bien. Esto constituye un recordatorio muy contundente de que la transición ecológica traerá enormes beneficios para la seguridad a largo plazo de la nación«.
El plan de Trump, sin embargo, consiste en apoderarse del petróleo de otras potencias petrolíferas, como Venezuela e Irán. Ya lo ha empezado a hacer tras el asalto militar en Caracas que acabó con Nicolás Maduro volando hacia una prisión en Nueva York en enero, y en ello está en Irán. El domingo, en una entrevista con el Financial Times, invitó al Reino Unido y a otros países a acudir al Estrecho de Ormuz para hacerse con el petróleo iraní. Un delirio. Mientras tanto, en la Chevron de Alameda Street en Los Ángeles, se siguen pagando cifras récord por llenar el tanque de gasolina para ir a trabajar.
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