<p>En su libro El cine o el hombre imaginario, Edgar Morin coloca a dos inventos uno al lado del otro: el avión y el cine. Los dos definen el siglo XX y los dos, además de transformar el mundo, cumplen por fin dos de las más viejas aspiraciones del hombre: volar, hacia arriba y hacia fuera, y volar también, pero hacia lo más profundo. Fueron, dice el pensador, dos grandes conquistas que ampliaron el sentido mismo de la realidad. <i>La fiera</i> es esencialmente eso. <strong>Y es en esa intuición en la que se blinda y desde donde crece. De hecho, más que una película al uso, lo que quiere ser en cada plano es la más gráfica representación del vuelo, </strong>de un vuelo que también es caída desde lo más alto del cielo hasta lo más duro del suelo; desde la gloria de verse libre, feliz y en paz a descubrirse solo y, lo más tremendo, exánime.</p>
Salvador Calvo exprime la pantalla hasta extraer de ella hasta su última gota de adrenalina
En su libro El cine o el hombre imaginario, Edgar Morin coloca a dos inventos uno al lado del otro: el avión y el cine. Los dos definen el siglo XX y los dos, además de transformar el mundo, cumplen por fin dos de las más viejas aspiraciones del hombre: volar, hacia arriba y hacia fuera, y volar también, pero hacia lo más profundo. Fueron, dice el pensador, dos grandes conquistas que ampliaron el sentido mismo de la realidad. La fiera es esencialmente eso. Y es en esa intuición en la que se blinda y desde donde crece. De hecho, más que una película al uso, lo que quiere ser en cada plano es la más gráfica representación del vuelo, de un vuelo que también es caída desde lo más alto del cielo hasta lo más duro del suelo; desde la gloria de verse libre, feliz y en paz a descubrirse solo y, lo más tremendo, exánime.
La película narra la historia de cinco amigos, todos ellos obsesionados con la posibilidad misma de quedar suspendidos en el aire. Todos ellos practican una modalidad de paracaidismo llamada salto BASE con alas, que cuesta describir por la sencilla razón de lo difícil que es imaginárselo siquiera. Se trata de sencillamente tirarse al vacío y planear con un traje de nailon hasta el límite mismo de lo comprensible. Planteada como un falso documental, la película juega con sabiduría y sin afectación a reproducir las vidas reales y hasta cierto punto célebres del montañero Carlos Suárez, del cocinero y estrella televisiva Darío Barrio, del rico heredero Álvaro Bultó y de los empresarios Manolo Chana y Armando del Rey. Por orden, son los actores Carlos Cuevas, Miguel Ángel Silvestre, David Marcé, José Manuel Poga y Miguel Bernardeau los que les encarnan. Solo el último de ellos, Del Rey, vive hoy para contarlo. Los demás murieron víctimas de su pasión. El último en fallecer fue Suárez justo antes de empezar el rodaje de precisamente La fiera por culpa de un doble fallo del paracaídas.
Calvo se esfuerza en retratar ese impulso indescriptible que lleva a cinco individuos a jugar a la ruleta rusa. La idea no es tanto espectacularizar el riesgo como retratar un instinto primigenio. No se trata de despreciar la vida, sino, bien al contrario, de apreciarla en todo lo que vale en el límite mismo de todos los abismos, en el sueño, decíamos, de volar. Kierkegaard, por ejemplo, lo llamaba angustia. Un hombre solo ante un precipicio es un hombre consciente; consciente de su miedo, de su libertad radical (para suicidarse incluso) y del sentido profundo del tiempo. Del suyo. Del de todos.
Digamos que la película logra plenamente lo que pretende cuando se olvida de dar explicaciones y simplemente vuela. Hipnotiza la facilidad con la que Calvo suspende al espectador en medio de ninguna parte, en mitad de la nada o, mejor, en el centro de un cielo inundado de miedo y fiebre. El drama, que también es suspense, funciona perfectamente en la justa compresión de un mecanismo que se mueve en todo momento entre la adrenalina, la celebración de la amistad, la premonición de lo peor y la sorpresa de lo inaudito. La propuesta se resiente, en cambio, cuando se entrega a razonar lo vivido y ofrece muchas más explicaciones de las pedidas. Digamos que los protagonistas reflexionan en caída libre sobre sí mismos y se exceden en su propensión melodramática. Especialmente desafortunado es el simulacro de rueda de prensa (quizá hasta real) en la que Silvestre/Barrio declama todo lo que ama de la vida. Todo eso sin tener en cuenta que un baile dionisiaco en grupo y a cámara lenta todavía es el día de hoy que no ha logrado no dar un poco de vergüenza.
Sea como sea, lo que se mantiene a salvo es, en efecto, la sensación de volar y, de su mano, la de vivir recreada con gusto, sensibilidad y muy lejos del recurrente plano subjetivo tan lacerante en estos casos. Al fin y al cabo, el cine no es más que vuelo, un vuelo siempre muy cerca de la fantasmagoría, la ilusión y el sueño. Entre la fiebre y el miedo.
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Dirección: Salvador Calvo. Intérpretes: Carlos Cuevas, Miguel Bernardeau, Miguel Ángel Silvestre. Duración: 113 minutos. Nacionalidad: España.
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