<p>En apenas una vida <strong>Jesse Jackson</strong> tuvo tiempo para ser un <i>quaterback </i>de éxito, predicador, ministro sin Iglesia, <strong>líder del movimiento por los derechos civiles</strong>, rostro de la lucha no violenta, figura mediática como pocas en el último medio siglo, dos veces candidato a presidente de Estados Unidos, diplomático, mediador en Oriente Próximo, negociador de rescates y <strong>la personalidad afroamericana más importante</strong>, influyente y decisiva <strong>entre Martin Luther King y Barack Obama</strong>. </p>
Fallecido a los 84 años, el dos veces candidato a presidente fue el orador más imponente para varias generaciones de afroamericanos
En apenas una vida Jesse Jackson tuvo tiempo para ser un quaterback de éxito, predicador, ministro sin Iglesia, líder del movimiento por los derechos civiles, rostro de la lucha no violenta, figura mediática como pocas en el último medio siglo, dos veces candidato a presidente de Estados Unidos, diplomático, mediador en Oriente Próximo, negociador de rescates y la personalidad afroamericana más importante, influyente y decisiva entre Martin Luther King y Barack Obama.
Tuvo tiempo para ser detenido incontables veces, para fundar un movimiento, para ser consejero de presidentes y participar en miles de marchas. Tuvo tiempo para escribir libros, cometer gravísimos errores, cambiar de ideas y perder amigos. Llegó demasiado tarde para ser la brújula moral de un país roto por las cuestiones raciales y demasiado pronto para aspirar a la Casa Blanca, pero en el camino ayudó a escribir la historia de una nación y sentar las bases de una transformación.
Jackson, fallecido este martes a los 84 años por una enfermedad neurodegenerativa, fue el orador más imponente e importante para varias generaciones de afroamericanos, huérfanos tras el asesinato del Doctor King, furiosos en unas calles que los segregaban, rabiosos ante unas autoridades que permitían todo tipo de abusos, impotentes ante un sistema que los ignoraba.
Jackson fue la voz que logró romper los techos y llegar a los periódicos, las radios y las televisiones. Se convirtió, incansable, el líder popular y populista de la «coalición arcoíris», la de «los pobres, los marginados y los olvidados», hasta convertirse en el actor principal que siempre quiso ser. El teléfono al que todos tenían que llamar cuando algo importante estaba en macha.
«Nuestro padre fue un líder servicial, no sólo para nuestra familia, sino también para los oprimidos, los que no tienen voz y los ignorados. Lo compartimos con el mundo y, a cambio, el mundo se convirtió en parte de nuestra familia extendida. Su inquebrantable fe en la justicia, la igualdad y el amor inspiró a millones de personas, y les pedimos que honren su memoriacontinuando la lucha por los valores que él guió», ha señalado la familia en un comunicado.
Jackson estuvo en Washington cuando King Jr. dijo «I have a dream». Y fue con él a Alabama, en las marchas más importantes de la historia de los derechos civiles. Y estuvo en el Motel Lorraine de Memphis el 4 de abril de 1968, cuando fue asesinado. Las siguientes horas lo enemistaron para siempre con muchos, indignados por lo que consideraban un exceso de protagonismo y una versión imprecisa de lo ocurrido, pero su rápida reacción organizando entrevistas ante las cámaras, con la ropa ensangrentada, sirvió para catapultarlo a la primera línea y las portadas.
Jackson fue, durante décadas, figura omnipresente en la vida política, social y religiosa de Estados Unidos. Un referente moral irónicamente plagado de flaquezas y contradicciones, de vicios y mezquindades. Tan lleno de pasión como de ego, generoso y egoísta, ambicioso y envidioso. Marcado por cruzada contra la discriminación y en favor de la igualdad, pero también por la búsqueda desesperada de protagonismo, por su ansia de notoriedad, por una vida llena de exageraciones, medias verdades y errores, incluyendo hijos fuera del matrimonio. O hijos convertidos en congresistas que acabarían en prisión por apropiarse por fondos de su campaña para gastos personales.
Jackon nació en Carolina del Sur en 1941, hijo de una madre de 16 años pobre y de un vecino que le doblaba la edad, estaba casado y nunca quiso saber nada de ellos. Su padrastro acabó adoptándolo, pero no sin antes echarlo de casa cuando nació su primer hermanastro. Alto y atlético, destacó rápidamente en el instituto, como líder del equipo de fútbol y estudiante estrella. Logró una beca para jugar en la universidad, pero lo dejó tras un año, quejándose de que no era titular por ser negro. Tiempo después, los periodistas descubrieron que el quaterback era también afroamericano. Una de las infinitas mentiras o medias verdades que marcaron su ascenso.
Estudió para ser pastor y Sociología, pero los años 60 se cruzaron en el camino y dedicó el grueso de su tiempo a las luchas por los derechos civiles, viajando desde su residencia en Chicago una y otra vez al sur. Tras la muerte de King se peleó con sus sucesores y acabó dejando la organización, la Southern Christian Leadership Conference, para fundar PUSH, People United to Serve Humanity, el vehículo principal que usó hasta el final para llevar su mensaje por todo Estados Unidos. Y por el resto del planeta.
En los años 80 y 90 viajó mucho, logrando lo que el Gobierno del país más poderoso del planeta no podía. Liberar a un piloto capturado por los sirios en 1984. Convencer, en persona, a Fidel Castro para que soltara a 23 prisioneros estadounidenses y cubanos. A Sadam Husein para que liberara a docenas de ciudadanos británicos y estadounidenses. O a los serbios para que entregaran a cascos azules secuestrados en Kosovo. O protestar contra el Apartheid desde las calles de Sudáfrica.
Jackson mostraba, cada día, sus dos caras, capaz de lo mejor y lo peor. Su labor para liberar a ese piloto en 1984 hizo de él, de nuevo, una celebridad nacional, disparando sus opciones políticas y dejando atrás las críticas de oportunismo. Pero unas declaraciones semanas después, usando términos despectivos para los judíos (así como sus simpatías nunca ocultas hacia Palestina) mermaron sus posibilidades. No fue nunca presidente, ni siquiera vicepresidente como pensaba que podía y merecía, pero cambió las reglas del juego.
Alto, atractivo, con un don innato para la rima en su cadencia, Jackson no fue el primer candidato negro a la presidencia, pero sí el primero con opciones, el primero que dejó marca con frases como «nuestro momento ha llegado» y «soy alguien» («I am somebody»). Obtuvo éxitos importantísimos en unas primarias marcadas por tener quizás la campaña más amateur y disfuncional nunca vista (que no logró de inicio siquiera el respaldo de los más poderosos líderes de la comunidad negra, como Coretta Scott King o el alcalde de Atlanta, Andrew Young) con millones de votos y cientos de delegados. Lo que le valió un tiempo precioso en la tribuna durante las convenciones del Partido Demócrata, en 1984.
«Este no es un partido perfecto. No somos un pueblo perfecto. Sin embargo, estamos llamados a una misión perfecta, la de alimentar al hambriento, vestir al desnudo, dar hogar a las personas sin hogar; educar a los analfabetos; dar trabajo a los desempleados; y priorizar la raza humana sobre la carrera nuclear. Nos reunimos aquí esta semana para nominar a un candidato y adoptar una plataforma que expandirá, unificará, dirigirá e inspirará a nuestro Partido y a la nación para cumplir esta misión. Mi electorado son los desesperados, los condenados, los desheredados, los que son despreciados. Están inquietos y buscan alivio. Han votado en cifras récord. Han depositado su fe, esperanza y confianza en nosotros. El Partido Demócrata debe transmitirles que nos importan. Prometo hacer todo lo posible para no decepcionarlos», dijo en el discurso más recordado de esos años.
Cuatro años después, con el lema ‘Mantengamos viva la esperanza’, se presentó de nuevo, obteniendo siete millones de votos, solo superado por el que sería el candidato, el gobernador de Massachusetts Michael S. Dukakis. Una vez más, su discurso de una hora en la Convención Nacional hizo llorar a muchos delegados y acaparó la atención.
Aunque sus aspiraciones personales no se materializaron, su irrupción en la primera línea de la política lo cambió todo (empezando por las reglas de asignación de delegados) permitiendo que décadas después Obama triunfara donde él fracaso. «La presencia de Jackson platea a la república estadounidense preguntas y decisiones que ha tratado de evitar a lo largo de su historia hasta el día de hoy… Y nada volverá a ser lo que era», dijo entonces Jamez Baldwin, el gran intelectual afroamericano.
Siempre fue más un hombre de acción que de meditación, alguien capaz de absorber insultos, odio y amenazas y transformarlo en una retórica de no violencia. Desafiante, orgullosa, reivindicativa, pero de no violencia, siendo de facto el portavoz de decenas de millones de afroamericanos. Ya fuera por amor, o por desprecio, mantuvo el foco de atención sobre él durante 60 años.
En muchos aspectos era alguien de calle, como ha recordado este martes Donald Trump. «Era un buen hombre, con mucha personalidad, determinación y astucia. Era muy sociable, ¡alguien que realmente amaba a la gente! A pesar de que los canallas y lunáticos de la izquierda radical, todos demócratas, me tachan falsa y constantemente de racista, siempre fue un placer ayudar a Jesse en su camino. Le proporcioné espacio de oficina a él y a su Coalición Arcoíris durante años, en el Edificio Trump en el número 40 de Wall Street; respondí a su solicitud de ayuda para que se aprobara y firmara la REFORMA DE LA JUSTICIA PENAL, cuando ningún otro presidente lo intentó siquiera; impulsé y aprobé, sin ayuda de nadie, la financiación a largo plazo para las Universidades Históricamente Negras (HBCU), algo que Jesse amaba, pero que otros presidentes no harían», ha escrito en su red social.
Jackson empezó a pensar en una carrera política e incluso fundar un partido a principios de los 70, pero después se convirtió en un actor fundamental para los demócratas, desde Carter a sobre todo Clinton y Obama, porque arrastraba muchos votos y fue capaz de interesar a millones de personas que nunca habían participado en las elecciones. «Tuvo mucho que ver con la elección, sin reconocimiento ni reconocimiento, de Barack Hussein Obama, un hombre a quien Jesse detestaba», ha recordado Trump apuntando a unas famosas críticas, incluyendo palabras proscritas, sin saber que había un micrófono encendido durante un descanso en un programa de la cadena Fox.
Con el cambio de siglo, la era de Jackson empezó a apagarse. Su influencia menguó porque la revolución de los derechos civiles en la que Jackson había crecido y destacado se veía lejana. Irónicamente, su éxito, materializado en alcaldes, congresistas, senadores, gobernadores y hasta un presidente afroamericano, cambió el mundo para el que se había preparado y en el que tenía un lugar destacado. Jackson continuó viajando, manifestándose, siendo detenido. Lloró cuando Obama ganó, gritó con el Black Lives Matter, pero su momento había pasado.
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