El arquitecto: La planificación y la estructura como argumentos (***)

<p>Fue Platón (sí, él) el primero en darse cuenta de que una cosa es lo que pensamos como ideal y otra muy diferente lo que la realidad nos ofrece a cambio, que suele ser algo que envejece rápido, sin apenas garantía y, la verdad, bastante feo. No es que contemplemos el mundo desde una caverna, como proponía el manoseado mito del filósofo, sino que, además, la cueva de marras no dispone de wifi, tiene humedades y es carísima. <i><strong>El arquitecto</strong></i><strong> básicamente es una película platónica. </strong>Y lo es tanto por la forma estilizada empeñada en hacer coincidir fondo y forma, contenido y estructura, como por su propio argumento que no es otro que el de un artista que pensó un monumento y las intrigas políticas que le obligaron a hacer otro. Y en efecto, al contrario que el ideado, el que se hizo era feo. Sin más.</p>

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 Sobre la increíble historia detrás del Arco de la Defensa de París, el francés Stéphane Demoustier diseña una película arquitectónicamente brillante  

Fue Platón (sí, él) el primero en darse cuenta de que una cosa es lo que pensamos como ideal y otra muy diferente lo que la realidad nos ofrece a cambio, que suele ser algo que envejece rápido, sin apenas garantía y, la verdad, bastante feo. No es que contemplemos el mundo desde una caverna, como proponía el manoseado mito del filósofo, sino que, además, la cueva de marras no dispone de wifi, tiene humedades y es carísima. El arquitecto básicamente es una película platónica. Y lo es tanto por la forma estilizada empeñada en hacer coincidir fondo y forma, contenido y estructura, como por su propio argumento que no es otro que el de un artista que pensó un monumento y las intrigas políticas que le obligaron a hacer otro. Y en efecto, al contrario que el ideado, el que se hizo era feo. Sin más.

La película básicamente cuenta la historia (para el que escribe completamente desconocida) de la construcción del Arco de la Defensa de París. Es decir, del ‘otro‘ gran arco que se ve al fondo mirando el horizonte desde los Campos Elíseos. Originalmente, fue el gran proyecto del último gran reformador de la capital francesa: el presidente socialista François Mitterrand. Así las cosas, se convocó el concurso y, para sorpresa de todos, no lo ganó ninguno de los grandes estudios de postín (se presentaron absolutamente todos), sino un completo desconocido: Johan Otto von Spreckelsen, un profesor de arquitectura de Copenhague. Su idea era revolucionaria por social, respetuosa con la historia y el medio, espectacular y, lo más relevante, bella, platónicamente bella, que es otra forma de apelar a la verdad.

Cualquiera que haya estado en París sabe que lo que hay no responde a semejante y entusiasta descripción. Puede gustar más o menos, pero aquello es, nos pongamos como nos pongamos, algo (no digo mucho) feo. Lo que cuenta la película de la mano de un actor tan convincente como Claes Bang es básicamente lo que sucedió para que el ideal platónico acabara tan hundido en lo más hondo de la caverna. Con pulso para la intriga, tacto para el drama y sin descuidar la siempre necesaria comedia, Stéphane Demoustier (acordémonos de la extraordinaria La chica del brazalete) confecciona una película donde no solo se regresa a la vieja polémica entre la libertad artística y la censura política, sino que se reflexiona de manera sutil sobre la relevancia moral de la forma, sobre la ética de la propia estética.

Demoustier construye (nunca mejor dicho) una puesta en escena que, a su modo, replica la mente misma del arquitecto, sus preocupaciones, su forma de estar en el mundo. Y así, la planificación mismo acaba por ser el argumento. Brillante.

Dirección: Stéphane Demoustier. Intérpretes: Claes Bang, Sidse Babett Knudsen, Xavier Dolan. Duración: 105 minutos. Nacionalidad: Francia.

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