El niño armó una pataleta porque quería quedarse en la playa con su padre, Leonel Valencia, alcalde de Bahía Solano, una joya de mar y selva a orillas del Pacífico chocoano. Pero Mateo debió viajar a Quibdó con su madre para seguir con las clases.
Al menos 240 personas han muerto y más 2.500 han resultado heridos tras el seísmo de 7,4 que sacudió el país cafetero este lunes
El niño armó una pataleta porque quería quedarse en la playa con su padre, Leonel Valencia, alcalde de Bahía Solano, una joya de mar y selva a orillas del Pacífico chocoano. Pero Mateo debió viajar a Quibdó con su madre para seguir con las clases.
El lunes por la mañana, después del terremoto, todo el mundo andaba en el pueblo inquieto, angustiado, pendiente de que fuera a ocurrir un tsunami, fenómeno que las localidades costeras tienen siempre presente y sobre el que reciben recomendaciones de vez en cuando sobre cómo enfrentarlo. El alcalde tranquilizaba a los vecinos, pero él mismo estaba hecho un manojo de nervios por su chiquillo.
Cuando el pequeño se encontraba en la Institución Educativa Carrasquilla, un bloque del centro escolar se derrumbó y varios niños y adultos quedaron atrapados entre los escombros.
Seguía en la distancia las labores de los organismos de socorro, convencido de que lo hallarían con vida. Tras varias horas, recibió un mazazo en su despacho. Encontraron a su hijo sin vida. «Leonel está destruido, adoraba a su chiquito. Sólo tenía seis años», dice a EL MUNDO una amiga de la familia que reside en Bahía Solano.
El lunes pudo abordar un helicóptero de la Armada y desplazarse a Quibdó, que continuaba con el aeropuerto cerrado a los vuelos comerciales.
La capital del Chocó, un departamento que suele liderar las cifras de pobreza, muy mal conectado con el resto del país y gangrenado por la corrupción y el olvido, requirió apoyo de personal médico de otras regiones por los 103 heridos del sismo y la posibilidad de recibir más en sus precarios hospitales.
Y en San José del Palmar, la localidad de unas seis mil almas, donde el SGC (Servicio Geológico Colombiano) situó el epicentro del sismo, la profesora Ayanith Martínez Guardia, docente de la Institución Educativa San José, explica a este diario que no ha podido ni retornar al pueblo ni hablar con su familia.
No entra la señal de móvil y en el momento del terremoto se encontraba en Cartago, a una hora de Pereira y a unas cuatro de San José, que tiene en la ganadería y la agricultura, sobre todo el cultivo de chontaduro, sus principales fuentes de ingresos.
«No me he podido comunicar con nadie, tengo primas, sobrinas, tías allá, y tampoco hay acceso por la carretera porque hay mucho derrumbe. Estoy esperando a poder ir», indica. Cuenta que, en algunas ocasiones, como en otras partes de Colombia, se dan movimientos telúricos, pero siempre breves y suaves, nunca de gran magnitud.
Ni siquiera debían alcanzar la fuerza de las dos réplicas que, en la mañana del martes, registró el SGC en dicha localidad, con apenas media hora de diferencia entre ambas, con magnitudes de 3,0 y 3,08, y a un centenar de kilómetros de profundidad.
Hasta el momento, sumados todos los lugares afectados, van 240 fallecidos, 2.595 heridos y 195 desaparecidos. Además de las 153 estructuras colapsadas que reporta Asocapitales (Asociación de Ciudades Capitales), el presidente afirmó que son 807 centros educativos, 85 de salud, 75 vías y 16 acueductos los que sufrieron daños, entre otras infraestructuras públicas y privadas.
En su recorrido por Pereira, acompañado de las autoridades locales, el mandatario colombiano aseguró que están evaluando la situación y coordinando «todas las capacidades del Estado para responder con rapidez y contundencia a las comunidades afectadas».
Con el paso de las horas, y aunque las cifras de muertos aumentan, las familias, la mayoría en Cali y Pereira, conservan la esperanza de que encuentren a sus seres queridos aún con vida bajo las toneladas de hormigón y amasijos de metales que los sepultan.
Cada vez que los rescatistas piden silencio a los voluntarios que ayudan a retirar cascotes, con la señal de levantar las manos, despiertan la ilusión de todos. Es la advertencia de que escucharon algo que les indica que existe un soplo de vida unos metros más abajo. En la mayoría de ocasiones, no hallan nada, y cuando consiguen confirmar que detectaron un superviviente, la tarea de sacarlo de su infierno puede durar unas horas interminables.
Dos edificios de la urbanización Torres de Limonar, en el caleño barrio Capri, que contaban con treinta y cinco viviendas, figuran entre los que colapsaron por completo. Lograron recuperar a siete personas, pero aún buscan a diecinueve más. Igual sucede en otras edificaciones de la treintena que el sismo derruyó en Cali.
Mientras la desgracia tocó a miles de familias, provocó desastres en Chocó, el eje cafetero y Valle del Cauca, el país sigue conmocionado, proliferan las muestras de solidaridad y el nuevo Gobierno hace esfuerzos por responder a la tragedia, el ex presidente Gustavo Petro sorprendió con un mensaje en X, su red favorita. Recomendó a sus conciudadanos una serie de televisión.
«Invito a todo el pueblo colombiano a ver el episodio uno de la segunda parte de Cien años de soledad de nuestro premio Nobel de Literatura, compañero Gabriel García Márquez», escribió. Cabe recordar que Petro se consideraba una suerte de coronel Buendía y mencionaba el título de la genial novela en sus discursos.
La Administración de Donald Trump, por su parte, anunció, por medio de Natalia Moreno, portavoz en español del Departamento de Estado, que está preparada para responder a las solicitudes que formule el Gobierno de De la Espriella, con quien mantienen contacto permanente, al margen de los 15,5 millones de dólares aportados para ayudar a los damnificados.
Y el Vaticano envió un telegrama a monseñor Francisco José Múnera, presidente de la Conferencia Episcopal de un país profundamente católico, manifestando que el Papa León XIV está «vivamente apenado al conocer la dolorosa noticia del terremoto que ha afectado gravemente varias zonas de Colombia, causando víctimas y numerosos heridos, así como graves daños materiales, incluso a muchas iglesias». Y agrega, entre otras palabras, «su gratitud a cuantos, con generosa entrega, trabajan en las labores de búsqueda, socorro y asistencia a los damnificados».
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