<p><strong>China</strong> ha encontrado en la <a href=»https://www.elmundo.es/internacional/2026/03/19/69bbd1dee85ecea13a8b45a3.html» target=»_blank»>geopolítica de la energía</a> una palanca adicional para avanzar en uno de sus objetivos estratégicos más sensibles: la <a href=»https://www.elmundo.es/internacional/2025/12/31/69550bfafdddffd43c8b45ac.html» target=»_blank»>»reunificación» con Taiwan</a>. La actual crisis energética desencadenada por la guerra en Oriente Próximo, ha ofrecido a Pekín <strong>una oportunidad para reformular su discurso hacia la isla</strong>: menos énfasis retórico en la identidad nacional compartida y más pragmatismo en torno a la seguridad del suministro.</p>
La oferta a la ‘isla rebelde’ es prosperidad y estabilidad a cambio de soberanía bajo el conocido modelo de «un país, dos sistemas»
China ha encontrado en la geopolítica de la energía una palanca adicional para avanzar en uno de sus objetivos estratégicos más sensibles: la «reunificación» con Taiwan. La actual crisis energética desencadenada por la guerra en Oriente Próximo, ha ofrecido a Pekín una oportunidad para reformular su discurso hacia la isla: menos énfasis retórico en la identidad nacional compartida y más pragmatismo en torno a la seguridad del suministro.
La oferta trasmitida, en apariencia técnica, es profundamente política: prosperidad y estabilidad a cambio de soberanía bajo el conocido modelo de «un país, dos sistemas». En esta ecuación, Taiwan obtendría acceso garantizado a recursos energéticos estables, más baratos y, según Pekín, más limpios. Es una propuesta que busca explotar una vulnerabilidad estructural. La isla importa cerca del 96% de la energía que consume, en su mayoría por vía marítima y, en gran medida, desde Oriente Próximo.
El modelo que China sigue poniendo sobre la mesa no es nuevo. Desde hace décadas, Pekín plantea que territorios con sistemas económicos y políticos distintos pueden convivir bajo una única soberanía. Hong Kong y Macao fueron los laboratorios de esa fórmula. En teoría, las regiones integradas conservarían sus instituciones, su moneda y amplios márgenes de autonomía, mientras el Partido Comunista asumiría competencias clave como la defensa y la política exterior.
Pero en Taiwan, donde se ha consolidado una democracia con alternancia política y una identidad cada vez más diferenciada del continente, esa promesa suena hueca. La evolución de Hong Kong, donde el régimen chino ha barrido con una ley de seguridad nacional las libertades políticas, ha erosionado gravemente la credibilidad de ese esquema. Para muchos taiwaneses, aceptar la oferta equivaldría no a preservar su sistema, sino a iniciar un proceso gradual de absorción.
La última estrategia de Pekín para convencer a los taiwaneses consiste en tirar del gancho de la energía. «Estamos dispuestos a proporcionar a nuestros compatriotas seguridad energética y recursos estables y fiables para que puedan vivir mejor«, dijo esta semana Chen Binhua, portavoz de la Oficina de Asuntos de Taiwan, el principal organismo del Gobierno chino encargado de gestionar todo lo relacionado con la isla.
Chen hizo estas declaraciones en relación con los riesgos de interrupciones en el suministro de petróleo y gas en medio por el actual bloqueo efectivo de Ormuz. «Tras la reunificación pacífica, la conectividad a través del estrecho se lograría plenamente, lo que permitiría abordar la escasez de electricidad, gas natural y petróleo crudo en Taiwan», continuó Chen, señalando que Pekín «también garantizará que los residentes de Taiwan disfruten de un suministro de energía más asequible, limpio y estable».
Por un lado, China se presenta como proveedor alternativo. Por otro, sugiere que esa vulnerabilidad del transporte marítimo podría agravarse en un escenario de tensión prolongada. La promesa de «conectividad plena a través del estrecho» apunta a infraestructuras energéticas integradas -cables, gasoductos, redes eléctricas- que reducirían la exposición taiwanesa a shocks externos.
Pero esta oferta energética no sustituye al repertorio clásico de presión de Pekín. El Gobierno de Xi Jinping nunca ha ocultado que, de ser necesario, recurriría al uso de la fuerza. Desde finales de 2020, las incursiones militares chinas en las proximidades de la isla han pasado de ser episodios esporádicos a una rutina calibrada. Taipei lo denomina «acoso en la zona gris». Aviones de combate cruzando la línea media del estrecho, maniobras navales de cerco y simulacros de bloqueo forman parte de una estrategia diseñada para desgastar sin desencadenar un conflicto abierto.
Ese patrón se intensificó tras la visita en agosto de 2022 de la entonces presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, que cruzó una línea roja marcada por Pekín. El ejército chino comenzó a desplegar a diario un mayor número de aeronaves de combate y a ejecutar peligrosos simulacros de bloqueo a gran escala.
El ejército taiwanés se ha acostumbrado a la tarea diaria de rastrear y notificar públicamente los aviones chinos que sobrevuelan las cercanías de la isla autogobernada. Algunos días son unos pocos; otros, muchos más. Pero su presencia suele ser constante.
El año pasado, el Pentágono proyectó que Pekín estaría listo para invadir la isla autónoma en 2027. Pero esta afirmación ha sido retractada esta semana por un nuevo informe de la inteligencia estadounidense. «Es probable que Pekín continúe buscando crear las condiciones para una eventual unificación con Taiwan sin llegar a un conflicto», señala el escrito de 34 páginas que se publica anualmente sobre los riesgos globales que enfrenta EEUU. «China no tiene un plazo fijo para lograr la unificación», añade.
El matiz es relevante. Sugiere que la estrategia china no se basa en una cuenta atrás inevitable, sino en una acumulación progresiva de ventajas militares, económicas y diplomáticas que reduzcan el coste de la invasión. En ese tablero, la energía emerge ahora como un instrumento de presión silencioso pero eficaz.
Este informe se publicó el martes, después de que el presidente Donald Trump anunciara que, debido a la guerra con Irán, pospondría «un mes aproximadamente» el viaje que previsto a China para finales de este marzo. Para Pekín, cada distracción estadounidense en otros frentes bélicos abre un margen de maniobra para seguir presentándose como la superpotencia estable y responsable.
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