<p>Hay películas (como las mismas personas, por otro lado) que plantean un dilema de carácter casi moral. Su postura frente al mundo, digámoslo así, se antoja la correcta; su intención es claramente buena en el más amplio y valiente de los sentidos, y su sentido de la oportunidad indiscutible. Y, sin embargo, cuesta ponerse de su lado. <strong>Es como si cargado de razón y consciente por anticipado de la fidelidad del público, el director renunciara a lo demás: a narrar con pulcritud, a dibujar los personajes con profundidad, a no resultar inverosímil a cada paso que da.</strong> Digamos que, muy resumido, ese el caso de Águilas de El Cairo, la que hace la tercera parte de la trilogía sobre la ciudad egipcia es claramente la más débil. Y eso pese a su forzada complejidad a la que no le es ajena ni el metacine, ni el melodrama, ni el romance ad hoc, ni la intriga de espías, ni el comentario político, ni, apurando, el buen trabajo de su protagonista. </p>
El director egipcio exiliado en Suecia completa su trilogía sobre su país de la mano de una intriga turbia, laberíntica y, lo peor, exageradamente gruesa
Hay películas (como las mismas personas, por otro lado) que plantean un dilema de carácter casi moral. Su postura frente al mundo, digámoslo así, se antoja la correcta; su intención es claramente buena en el más amplio y valiente de los sentidos, y su sentido de la oportunidad indiscutible. Y, sin embargo, cuesta ponerse de su lado. Es como si cargado de razón y consciente por anticipado de la fidelidad del público, el director renunciara a lo demás: a narrar con pulcritud, a dibujar los personajes con profundidad, a no resultar inverosímil a cada paso que da. Digamos que, muy resumido, ese el caso de Águilas de El Cairo, la que hace la tercera parte de la trilogía sobre la ciudad egipcia es claramente la más débil. Y eso pese a su forzada complejidad a la que no le es ajena ni el metacine, ni el melodrama, ni el romance ad hoc, ni la intriga de espías, ni el comentario político, ni, apurando, el buen trabajo de su protagonista.
Tras El Cairo confidencial (2017) y Conspiración en El Cairo (2022), ahora es el turno para un complejo artificio en el que el cine devora cine para desentrañar las complejas, poderosas y envenenadas ramificaciones del poder. Águilas en El Cairo es la crónica de una intriga con el presidente actual de Egipto, Abdelfatah El-Sisi, como centro de todas las dianas. Y son muchas. La peculiaridad es que la película está contada desde el punto de vista de un actor (el siempre en su sitio Fares Fares). Es decir, intérprete de un actor. El protagonista encarna él mismo al protagonista de una película de propaganda. Su personaje no es otro que el mismo El-Sisi. Saleh idea este artificio para jugar a los espejos donde la ficción más siniestra alcanza el rango de realidad hasta que la propia realidad acaba por ser un burdo relato mal contado (por un loco, además). Sugerente y provocador.
Sin embargo, todo lo interesante y complejo del planteamiento apenas es soportado por una narración que a duras penas pasa de tosca. El director apenas se molesta en articular el complicado dispositivo que se impone más que de forma protocolaria, cuando no solo torpe. Lo que prometía ser una reflexión sobre, llegado el caso, los mecanismos de representación y cómo estos se adueñan cada vez más de la política, acaba por ser una intriga de las entretenidas con una vampiresa y todo. Bien es cierto, que no es poco, pero dado el punto de partida y los precedentes de un cineasta tan brillante, se antoja muy insuficiente. Cuesta ponerse en contra, pero se diría que no queda más remedio.
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Director: Tarik Saleh. Intérpretes: Fares Fares, Lyna Khoudri, Zineb Triki. Duración: 127 minutos. Nacionalidad: Suecia.
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