Viaje a Sviatogirst, el monasterio que Putin aseguró haber conquistado: «Estos drones pasan por aquí todo el día. Dios me protege»

El oficial tapa los rayos del sol con su mano para mirar al cielo. «Parece que ahora está despejado, pero la situación puede cambiar en minutos». Decidimos creer en las palabras de este militar porque ser optimista es la única manera de hacer este tipo de reportajes en esta fase de la invasión rusa de Ucrania.

 Según el Kremlin, este lugar ya está en sus manos, pero jamás consiguieron ocuparlo  

El oficial tapa los rayos del sol con su mano para mirar al cielo. «Parece que ahora está despejado, pero la situación puede cambiar en minutos». Decidimos creer en las palabras de este militar porque ser optimista es la única manera de hacer este tipo de reportajes en esta fase de la invasión rusa de Ucrania.

Nuestro viaje no durará más de 40 minutos, pero pueden hacerse muy largos. Nos ponemos el chaleco antibalas y el casco, conectamos el detector de drones (un trasto del tamaño de un libro de bolsillo que pita cuando localiza una frecuencia de dron y que incluso permite ver lo mismo que ve el dron en su pantalla) y nos quitamos los cinturones de seguridad. Si localizamos un dron y viene hacia nuestro vehículo, tendremos sólo unos segundos para salir corriendo. Nuestro conductor ucraniano elige una playlist rockera para que el miedo no se apodere del todo de nosotros. En el último checkpoint, del camino, cubierto totalmente por redes, otro militar nos pregunta.

– ¿Destino?

– Sviatogirst. ¿Es seguro viajar allí?

– Más o menos.

En los siguientes kilómetros, a toda velocidad por una carretera vacía, salteada de coches quemados en el arcén, con agujeros en las redes de protección en algunos tramos y mirando al cielo, nos preguntamos qué significa exactamente «más o menos». Torcemos en el desvío por una carretera secundaria cubierta de árboles y vemos un coche que viene en dirección contraria. Respiramos aliviados. Si hay coches circulando significa que no hay drones posados en la carretera, esperando que pasen vehículos para activarse y atacar.

En la parte final del trayecto los árboles desaparecen y nos encontramos completamente al descubierto y visibles desde el cielo, pero el detector de drones no capta ninguna frecuencia. En realidad, eso no significa que el peligro no exista: los drones por cable de fibra óptica no son localizables por estos aparatos y aquí son comunes. Por tanto, no nos confiamos hasta que llegamos al lugar. Escondemos el vehículo bajo unos árboles y decidimos caminar sin chaleco y casco para no llamar la atención, como dos civiles más.

Llegamos a lo alto de la colina, junto a la gran estatua blanca y soviética de Artem, nombre de guerra de Fiódor Serguéiev (1883-1921), uno de los bolcheviques más relevantes, amigo personal de Stalin y personaje esencial en la narrativa que promueve el Donbás como parte del mundo ruso. Desde lo alto puede verse todo el valle frondoso coloreado con los tonos otoñales de sus árboles y cortado por el río Siverski-Donetsk. En nuestra orilla se alza el imponente monasterio Lavra, excavado en la propia roca, un lugar sagrado para los cristianos ortodoxos. Lo llaman «la montaña sagrada».

El 1 de septiembre, Putin anunció solemne que Rusia había tomado esta localidad, Sviatogirsk. En realidad jamás fue así y ese tipo de anuncio, habitual en el autócrata ruso, marca la gran diferencia entre lo que le cuentan sus generales y lo que realmente sucede en el campo de batalla. Lo mismo pasa en la ciudad de Kupiansk, en Dobropillia, en Druzkivka… El Kremlin habla de grandes victorias y de avances imparables, pero nada de eso existe. Bajamos la colina hacia el monasterio y vemos varios civiles aislados, la mayoría mujeres, parados en medio del camino mirando al horizonte con su teléfono en la mano. Arriba hay cobertura, pero se pierde al bajar la montaña. Cuando tratamos de hablar con dos de ellas, vuelven el rostro.

Alcanzamos las puertas del monasterio y seguimos adelante por su puente. Algo grande, quizá un misil, trató de derribarlo, pero sólo arrancó las barandillas y dejó un agujero en el asfalto. No hay soldados rusos en ninguna parte. El más cercano está ahora a unos 23 kilómetros de distancia, pero eso no significa que no haya enemigos cerca.

Carretera desde Izium con coches destruidos por drones.
Carretera desde Izium con coches destruidos por drones.ALBERTO ROJAS

En el otro extremo del puente, el detector de drones comienza a pitar y una imagen se forma en la pantalla. Es el río y es el puente. El mismo en el que estamos. Entonces lo escuchamos: un dron kamikaze o FPV (vista en primera persona, por sus siglas en inglés) busca alguna víctima con su aterrador zumbido. Entonces el cortisol y la adrenalina comienzan a salirnos por las orejas y el pulso se acelera al máximo. El miedo provoca que queramos correr hacia un edificio cercano destruido, pero está demasiado lejos y encontramos de camino los restos de un quiosco quemado y nos quedamos allí, escuchando cómo el dron se acerca con su ojiva explosiva preparada para nosotros. Si nos viera en este momento, seríamos presa fácil para él. Dos pájaros de un tiro.

El peligro con este tipo de drones es que el movimiento llama mucho la atención del piloto que mira a través de su cámara, por lo que permanecemos quietos y escondidos, viendo cómo el porcentaje de frecuencia del dron aumenta en el detector, 50%, 55%, 60%, 70%… Entonces escuchamos una explosión muy cercana que retumba en todo el valle. Boom. Otro dron acaba de atacar en la ciudad. No pasan ni 30 segundos cuando escuchamos la segunda detonación, que confirma que en realidad los rusos han enviado un enjambre de estos aparatos terroríficos. Pero el dron que tenemos encima decide buscar blancos en otra zona y se aleja hacia la otra orilla.

Es el momento de volver por el puente a la orilla contraria y tratar de entrar en el monasterio de Lavra. Una bomba guiada rusa estalla a unos kilómetros y hasta el suelo se mueve bajo nuestros pies como si sufriéramos un pequeño terremoto. Entonces un hombre vestido de negro nos sale al encuentro.

– ¿Qué hacéis aquí?

– Estamos huyendo de un dron pero queríamos ver el monasterio. ¿Alguien nos lo puede enseñar?

– Por supuesto. Vendrá un monje que habla inglés.

El monje que habla inglés es Sergií, ataviado con el hábito negro de su orden ortodoxa y la clásica barba larga. Atravesamos el recinto, cuyos edificios muestran la lepra de la guerra por culpa de disparos de artillería que regaron de metralla toda su fachada. Cinco cruces en un jardín indican los cinco hermanos muertos desde 2022 por culpa de los ataques. Con una llave antigua abre las puertas de las cuevas y comenzamos a subir por corredores angostos y laberínticos sólo iluminados con una vela, en un viaje surrealista que nos hace olvidar por un momento el miedo del encuentro con el dron. Sergií explica la violenta historia a la que se enfrentaron los fundadores de su iglesia, sus primeros tiempos en estas estancias dentro de la montaña, los patriarcas de la orden como iconos dorados, capillas excavadas en piedra. El sonido de la guerra y la destrucción exterior contrasta con la paz que se vive en el interior de este recinto sagrado. Así es el surrealismo de las zonas en conflicto.

Sergií, el monje que recibió a EL MUNDO en el monasterio de Lavra.
Sergií, el monje que recibió a EL MUNDO en el monasterio de Lavra.ALBERTO ROJAS

El monasterio, uno de los conjuntos monumentales más valiosos e impresionantes de Ucrania, ha estado relacionado estos últimos años con una polémica política. Pertenece al patriarcado de Moscú, cuyo patriarca es Kiril, un religioso fiel al régimen de Vladimir Putin y cercano a sus planteamientos. Muchos ucranianos rechazan hoy esa iglesia por relacionarla con el Kremlin y acusan a muchos de sus miembros de ser parte como informantes primero del KGB en la era soviética y luego del FSB ya en la nueva Rusia. «Estos sacerdotes propagaron desde el púlpito y durante años toda la propaganda prorrusa que desembocó en el conflicto del Donbás de 2014», nos dirá después un conocido historiador ucraniano.

– ¿Deseas que Ucrania gane la guerra?

– Nosotros somos neutrales.

Esto es todo lo que conseguiremos que diga sobre la guerra que nos rodea. En la última visita del día a una de las capillas elevadas del monasterio, ya al aire libre, otro dron FPV pasa muy cerca de nosotros con la lógica inquietud por nuestra parte. El monje, en cambio, ni se inmuta.

– ¿No tiene miedo, Sergií?

– Estos drones pasan por aquí todo el día y ya estoy acostumbrado a ellos. Dios me protege.

– ¿Pero me protege a mí también?

– Dios está con todos nosotros.

Acepto su planteamiento y acudimos a nuestro coche. Tenemos que irnos antes de que caiga la noche y sea aún más peligroso, ya que la visión nocturna de los drones los convierte en depredadores aún más peligrosos. De camino de vuelta subiendo por la colina volvemos a ver a las mismas mujeres, en el mismo lugar, tomando notas en su móvil… Quizá no haya soldados rusos en la zona y la afirmación de Putin sea falsa, pero Ucrania combate en una zona gris en la que no todos son del todo fieles.

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