Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York de 34 años, sigue subiendo como la espuma en las encuestas. En abril, su popularidad se situaba en el 40%; en la actualidad, ha alcanzado el 45%, y en algunas zonas de la gran ciudad escala hasta el 58%. Este político socialista, musulmán y con un discurso casi anti-sistema se ha convertido en un auténtico fenómeno al conectar con una de las mayores preocupaciones de los ciudadanos: el elevado coste de la vida. Se trata de un problema que afecta a hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, latinos y afroamericanos… A todos ellos, Mamdani les prometió que haría frente a esta crisis. Y así, recientemente, se ha aprobado una moción clave para congelar el alquiler de los pisos en la megalópolis de 8,5 millones de habitantes.
Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York de 34 años, sigue subiendo como la espuma en las encuestas. En abril, su popularidad se situaba en el 40%; en la actual
Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York de 34 años, sigue subiendo como la espuma en las encuestas. En abril, su popularidad se situaba en el 40%; en la actualidad, ha alcanzado el 45%, y en algunas zonas de la gran ciudad escala hasta el 58%. Este político socialista, musulmán y con un discurso casi anti-sistema se ha convertido en un auténtico fenómeno al conectar con una de las mayores preocupaciones de los ciudadanos: el elevado coste de la vida. Se trata de un problema que afecta a hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, latinos y afroamericanos… A todos ellos, Mamdani les prometió que haría frente a esta crisis. Y así, recientemente, se ha aprobado una moción clave para congelar el alquiler de los pisos en la megalópolis de 8,5 millones de habitantes.
Lo curioso es que al preguntar a los encuestados si el cumplimiento de las promesas de campaña es lo que les lleva a aumentar su respaldo hacia Mamdani la respuesta no es la esperada. Los neoyorquinos consultados aseguran que lo que les gusta del alcalde es verle por la ciudad: paseando por Queens, de visita en un colegio o disfrutando en una discoteca. Encuentros fortuitos, nada forzados, frescos… como los vídeos virales que protagoniza y que contribuyeron a auparle a la Alcaldía.
Mamdani nunca podrá ser presidente en el país de las barras y las estrellas. No cumple una condición indispensable: haber venido al mundo en EEUU. Nació en Uganda, de padres indios, llegó a Nueva York cuando tenía siete años y no obtuvo la ciudadanía estadounidense hasta los 27. Sin embargo, su figura representa una tendencia cada vez más extendida: el estrecho vínculo que se establece entre los votantes y sus representantes locales. De cualquier partido o ideología. Desde la izquierda más radical hasta la derecha más extrema. Los alcaldes conectan cada vez más, se proyectan mejor y muchos, muchos, están empezando a saltar a la política nacional. Y, si no, sólo hay que recordar cómo arrancó la actualidad internacional esta misma semana.
Este lunes, Andy Burnham, alcalde del Gran Mánchester, se convirtió en primer ministro de Reino Unido. Hace apenas cinco semanas, el laborista ni siquiera era diputado. En un tiempo récord, Burnham se presentó a las elecciones del distrito de Makerfield, las ganó, esperó a la marcha de su compañero de partido y ‘premier’, Keir Starmer, y fue catapultado al sillón de Downing Street por sus correligionarios. ¿Qué le avalaba? Nueve años al frente de una Alcaldía con un fuerte respaldo popular.
Ahora bien, ¿es lo mismo gestionar una región urbana de 2,8 millones de habitantes que un país de 70 millones? Ésa es la cuestión que se plantea en el caso de Burnham. La intensidad y la naturaleza de las decisiones que se toman, los sacrificios que exige el cargo, los vertiginosos retos que hay que superar… Sin embargo, muchos otros han logrado adaptarse antes a este desafío y en distintos puntos del planeta. Sin ir más lejos, en Reino Unido, donde Boris Johnson llegó a primer ministro tras haber sido alcalde de Londres.
En Francia, ha llegado a convertirse casi en una tradición. El ex presidente Jacques Chirac fue alcalde de París; François Hollande lo fue de Tulle; y Nicolas Sarkozy, de Neuilly-sur-Seine. En Italia, el ex primer ministro Matteo Renzi ejerció previamente como alcalde de Florencia. En Alemania, el ex canciller Olaf Scholz se batió el cobre antes en Hamburgo. En la actualidad, se da el caso de Claudia Sheinbaum en México, que ocupa la Presidencia tras haber sido alcaldesa de Ciudad de México. Por no hablar del todopoderoso presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, quien en su día fue alcalde de Estambul.
Todos ellos utilizaron la ‘pequeña política’ como trampolín hacia la ‘gran política’. Convirtieron su gestión local en una marca nacional y su experiencia municipal en un proyecto para todo el país. Llegaron con ventaja, pues ya eran líderes reconocidos, sabían cómo conectar con el público, habían tejido una red de relaciones personales -desde los barrios hasta las altas instituciones- y conocían de primera mano los quebraderos de cabeza de la ciudadanía, como el transporte o la vivienda.
En realidad, podemos estar ante una nueva forma de populismo o, mejor dicho, ante una nueva vía para combatirlo. Si los líderes populistas están desplazando gobiernos es porque se arrogan la virtud de saber qué quieren los ciudadanos, de responder a sus intereses directos y de ser capaces de mejorar su forma de vida. Los alcaldes convertidos en mandatarios vienen directamente de ahí: de centrar su trabajo en mejorar el día a día de la gente.
Ahora bien, no todo son luces. Las sombras aparecen con el primer tropiezo, pues los ciudadanos les conceden menos margen de error y son más exigentes con ellos. Así, si el flamante primer ministro Burnham deja de estar a la altura de las expectativas de los británicos, no tardarán en recordarle sus propias palabras: ‘¿Te acuerdas de cuando criticabas a Boris Johnson por los confinamientos del Covid porque utilizaba a las ciudades del norte de Inglaterra como «canarios en la mina»? Ahora tú no nos puedes fallar’.
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