<p>El <a href=»https://www.elmundo.es/deportes/futbol/equipos/rc-celta-de-vigo.html» target=»_blank»><strong>Celta de Vigo</strong></a> es un equipo de fútbol popular en el muelle industrial de Nuuk. «¿Ve ese barco? Fue construido en Celta de Vigo», comentaba a EL MUNDO el miércoles al mediodía Steen Brandt, el vicepresidente de la patronal KNAPK, la Asociación de Pescadores y Cazadores de <a href=»https://www.elmundo.es/internacional/2026/01/14/6967ef47e4d4d8ad018b458f.html» target=»_blank»><strong>Groenlandia</strong></a>, un sector que supone, gracias a la pesca, la cuarta parte del PIB y el 95% de las exportaciones de la mayor isla del mundo.</p>
Los habitantes de la isla ártica saben que renunciar a su autonomía y quedar bajo el control de Washington arrasaría el generoso Estado del bienestar del que disfrutan hoy
El Celta de Vigo es un equipo de fútbol popular en el muelle industrial de Nuuk. «¿Ve ese barco? Fue construido en Celta de Vigo», comentaba a EL MUNDO el miércoles al mediodía Steen Brandt, el vicepresidente de la patronal KNAPK, la Asociación de Pescadores y Cazadores de Groenlandia, un sector que supone, gracias a la pesca, la cuarta parte del PIB y el 95% de las exportaciones de la mayor isla del mundo.
Evidentemente, Brandt confundía al equipo con la ciudad. Pero, aun así, muchos pescadores groenlandeses la conocen, y también a su equipo de fútbol (extrañamente, y pese a la iluminación navideña desplegada en Vigo por el alcalde Abel Caballero, ninguno de los entrevistados por este diario conocía las luces de la ciudad, tal vez porque estas, al menos por el momento, acaso no sean equiparables a las auroras boreales groenlandesas). «Seguimos el fútbol europeo continuamente. Y, claro, si tu barco ha sido fabricado en una ciudad y ves que su equipo juega, le prestas más atención», declaraba Villads Mølgaard, que, a sus 34 años, se ha comprado, a medias con su padre, un arrastrero que lleva el nombre de la familia para pescar bacalao y rodaballo.
El Mølgaard, que cuesta alrededor de dos o dos millones y medios de euros, está en una liga diferente de la de los siete arrastreros -cinco de Bilbao, dos de Vigo- que tiene operando este mes de enero en Nuuk la empresa del Estado danés Royal Greenland. Esa compañía es heredera del Departamento Real para el Comercio en Groenlandia, la empresa del Estado danés con la que Copenhague gestionó la economía de Groenlandia de 1774 a 1908. Hoy, sigue siendo del Estado, pero del groenlandés. En 1986, siete años después de que la isla consiguiera un autogobierno fronterizo con la independencia, Royal Greenland dejó de ser del Estado danés y pasó a depender de Groenlandia. De Estado a Estado. Como gran parte de la economía de la isla. Los cinco barcos más modernos de Royal Greenland, fabricados por Astilleros de Murueta, cuestan, según sus tripulaciones, alrededor de 450 millones de coronas danesas (60 millones de euros) cada uno.
Royal Greenland es mucho más que la mayor empresa de Groenlandia. La compañía supone el 50% de todas las exportaciones del país y da empleo al 5% de los groenlandeses que tienen trabajo (que son prácticamente fondos, dado que en la isla apenas hay paro). Su poder refleja la tremenda influencia del Estado en la isla que Donald Trump quiere anexionar a Estados Unidos, aunque el precio de ello sea dejar la OTAN como un muerto viviente. Y, también, es uno de los motivos por los que los groenlandeses no quieren ser estadounidenses.
Esa es una de las trampas que salen cuando se miden las estadísticas económicas de Groenlandia. Si se mide la mediana -es decir, el punto medio, pero excluyendo los niveles más altos y más bajos, que distorsionan las cifras-, los groenlandeses tienen un PIB per cápita similar al de España, y, aproximadamente, la mitad del de Dinamarca y Estados Unidos. Pero esas cifras no incluyen, por ejemplo, el vuelo gratis de ida y vuelta -con equipaje facturado incluido- que los universitarios groenlandeses que estudian en Dinamarca tienen cada año.
Tampoco reflejan el hecho de que la matrícula de la Universidad de Groenlandia, creada a principios de la década de los ochenta, después de la concesión de la autonomía, sea gratis. En Estados Unidos, la matrícula de una universidad estatal tirando a mediocre suele rondar los 15.000-20.000 euros anuales, sin contar con el seguro médico (que en Groenlandia, al igual que en Dinamarca, es público) ni el material escolar. Ni la vivienda. Porque, si los daneses perciben un sueldo por estudiar durante 70 meses (casi seis años), los groenlandeses lo tienen por 84 meses, o siete años. El estipendio es, además, más generoso tanto para los habitantes de la isla que están en Dinamarca como para los 700 que, según la Universidad, cursan estudios en Groenlandia.
Un paseo por el pequeño campus de la Universidad de Groenlandia no sólo muestra a jóvenes. También hay niños muy pequeños con sus madres. El centro cuenta con servicios como guardería para las estudiantes que tienen hijos pequeños, lo que es, también, parte de una política asistencial. La isla tiene una enorme tasa de embarazos adolescentes, aunque estos tienden a concentrarse en el inmenso desierto helado que se extiende más allá de los límites de Nuuk, en la que apenas viven 20.000 personas, casi el 40% de la población de la isla. En Groenlandia, también hay más abortos que nacimientos.
«Toda esta política asistencial desaparecería si fuéramos parte de Estados Unidos», explica Nivi, una universitaria que no quiere desvelar la carrera que cursa, pero que no tiene inconveniente en explicar que, gracias a las ayudas del Estado derivadas de su condición de estudiante y de madre soltera de dos niños, recibe suficiente dinero público como para poder vivir ella sola en una casa.
El Estado no paga las casas de los groenlandeses, pero se lo pone fácil. En primer lugar, el comprador no tiene que poner nada de su propio bolsillo. Y, en el crédito, se aplica la regla del 20-20-60. El 20% lo pone el Gobierno -bien el de Groenlandia, bien el local- y es sin intereses y, si se cumplen ciertos requisitos, no es reembolsable. En otras palabras: el Estado se encarga de pagar la quinta parte de la casa. Otro 20% es un préstamo, pero subvencionado por el Estado, a tipos de interés por debajo de los del mercado. Finalmente, el 60% restante procede de una hipoteca normal. Con todo, los precios de la vivienda son serios en Nuuk. Según un empresario del sector, «un piso de dos o tres habitaciones normal en una zona media cuesta entre 2,5 y 3,5 millones de coronas (de 335.000 a 470.000 euros, aproximadamente), pero el salario de un maestro o de un oficinista puede rondar las 25.000-35.000 coronas». Eso deja un margen muy escaso, sobre todo en una ciudad en la que hay que traerlo todo -desde el cemento hasta los muebles- de otro continente por barco.
Pero, precisamente por esa razón, los groenlandeses se ríen ante las cifras que algunos espabilados que sugieren que Estados Unidos podría pagarles entre 10.000 y 100.000 dólares para convencerlos de que cambien de país. «Ese tipo se cree que todos tenemos un precio», se reía ayer Qulatuunguaq mientras fumaba un cigarrillo con unos amigos en la calle, en Nuuk. Sea eso verdad o no, lo cierto es que, cuando se añade el Estado del Bienestar a la ecuación, el precio de Groenlandia se dispara.
Qulatuunguaq es ingeniero. Estudió en Copenhague, beneficiándose de las subvenciones que incluían «pagar menos impuestos que los daneses por los trabajos a tiempo parcial que hice allí», y no entendía del todo bien por qué la gente insiste en vivir en pisos, que son más caros, en lugar de construir sus propias casas. Porque en Groenlandia la propiedad privada de la tierra no existe. El Estado es el dueño de todo, en una herencia de la tradición del país. Así que se trata de pedir un permiso administrativo y, luego, eso sí, asumir los costes de construcción. El terreno cuesta exactamente cero. «Pero lo de los pisos es una cosa cultural», comentaba el ingeniero.
Todos estos beneficios desaparecerían si Estados Unidos asumiera el control de Groenlandia porque son, lisa y llanamente, inconcebibles en la mentalidad de cualquier estadounidense. Hasta Royal Greenland se vería afectada. Ayer por la mañana, en el comedor del Svend-C, uno de sus arrastreros construidos en Bilbao, un empleado de la empresa en el puerto de Nuuk hacía una reflexión: «Este barco cuesta entre 60 y 80 millones de euros. ¿Alguien cree que hubiera salido tan barato si la UE no hubiera dado subvenciones a España para fabricarlo?«.
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