<p>Las amenazas de anexión de Estados Unidos han puesto a la independencia de Groenlandia en suspenso. Aunque la mayoría de las 56.000 personas que componen la población de la isla siguen defendiendo la idea del autogobierno pleno, la idea está perdiendo fuelle.</p>
El expansionismo de EEUU ha puesto de manera cruda sobre el tapete las dificultades que tendría Groenlandia para jugar un papel en el mundo
Las amenazas de anexión de Estados Unidos han puesto a la independencia de Groenlandia en suspenso. Aunque la mayoría de las 56.000 personas que componen la población de la isla siguen defendiendo la idea del autogobierno pleno, la idea está perdiendo fuelle.
Un empresario nacido y criado en la isla (una distinción fundamental en Groenlandia) que prefiere no dar su nombre por lo delicado tanto del debate como por la crisis desatada por el expansionismo estadounidense resume la situación con una frase rotunda: «El ansia de independencia de los groenlandeses se ha atemperado debido a la situación creada por Donald Trump. Pero los partidos políticos se niegan a aceptarlo. Desde que alcanzamos la autonomía en 1979, la identidad de esos partidos se ha basado en el ‘pensamiento mágico’ de una Groenlandia que algún día sería, siempre en el futuro, sería independiente y autosuficiente, y ahora se resisten a cambiar».
El expansionismo de Estados Unidos ha puesto de manera cruda sobre el tapete las dificultades que tendría Groenlandia para jugar un papel en el mundo. Y no solo en lo que se refiere a la seguridad de un territorio tan grande como cuatro Españas pero con la tercera parte de la población del madrileño Barrio de Salamanca sino, incluso, al mantenimiento de las infraestructuras más básicas del territorio. Súmese a ello que la mitad el Presupuesto del ‘cuasi-Estado’ de Groenlandia procede de transferencias de Dinamarca, porque la isla no genera actividad económica para mantenerse a sí misma, y le cuestionamiento de los sueños de independencia es casi inevitable.
«Desde que Donald Trump llegó por segunda vez a la Casa Blanca y empezó a hablar de hacerse con Groenlandia, la actividad económica se ha frenado«, explica a EL MUNDO Dan Sivertsen, secretario general de la Asociación de Empresas de Groenlandia, la patronal de la isla, en su despacho de la capital, Nuuk. «Las empresas necesitan estabilidad, y en el actual clima geopolítico hemos comprobado una creciente indecisión en las inversiones en sector del turismo y de la construcción», añade.
Eso es especialmente importante en una ciudad, Nuuk, que casi ha doblado su población en lo que va de siglo y en la que la vivienda es «un problema serio, casi tanto como en Madrid», según explica con una sonrisa maliciosa Steen Brandt, el número dos de otra patronal, KNAPK, la Asociación de Pescadores y Cazadores de Groenlandia, que representa a un sector que supone el 25% del PIB y el 95% de las exportaciones de la isla.
Pero la vulnerabilidad económica groenlandesa ha quedado aún más de manifiesto con algo mucho más básico: el suministro eléctrico a Nuuk. Al ritmo al que crece la ciudad, la actual central hidroeléctrica no podrá cubrir toda la demanda en 2033. Sin embargo, la licitación para expandir su capacidad uniéndola a otra «ha sido suspendida debido a la situación creada» por Estados Unidos, explica Sivertsen. Eso plantea un problema serio. «Las obras necesitarán alrededor de 10 años, así que ya vamos más de tiempo. Cualquier retraso podría crear dificultades en Nuuk», concluye el líder de la patronal.
Para la gente de la calle, sin embargo, la cuestión económica es menos relevante que la de seguridad. «Desde luego que creo en la independencia. Pero antes la veía como algo inmediato. Ahora, creo que deberíamos esperar dos décadas, hasta ser autosuficientes económicamente«, explica Malik, un pescador de 32 años, en el café Esmeralda, con Chan Chan, de Compay Segundo como banda sonora, mientras es atendido por camareros tailandeses y filipinos.
Esa actitud quedó de manifiesto en las elecciones de marzo del año pasado, en las que, por primera vez desde la autonomía alcanzada en 1979, llegaron al poder los socialistas del Inuit Ataqatigiit (Comunidad del Pueblo), partidario de la independencia, pero no de manera inmediata. Malik es uno de los que le dio la victoria. «Yo antes votaba por Naleraq [la derecha populista y proempresas que ha defendido al independencia inmediata], pero en 2025 cambié, sobre todo por la cuestión de si una Groenlandia soberana tiene sentido o no ahora mismo», añadía.
Esos cambios tienen su repercusión en algunas encuestas que reflejan que el apoyo de los groenlandeses por la ruptura con Dinamarca podría haber bajado en más de 10 puntos, desde el 67% hasta el 56%, aunque en el momento actual, con toda la incertidumbre y las tensiones, cualquier análisis es arriesgado. Pero lo que está claro es que los habitantes de la mayor isla del mundo tienen cosas más urgentes en qué pensar que en la independencia. Y no digamos ya en asuntos como quién votaría en un eventual referéndum para romper con Dinamarca: ¿solo los groelandeses? ¿O también los daneses que lleven un determinado tiempo en la isla? Y, entre los primeros, quiénes tengan padres daneses, ¿cuentan para emitir el voto? Todo ello sin contar con la creciente colonia de inmigrantes asiáticos que trabajan en los servicios porque los habitantes de Groenlandia, pese a quejarse de la inmigración danesa, necesitan, ellos también, traer mano de obra de otros países.
El independentismo, así, ha sido templado por la geopolítica. No porque Nuuk se haya reconciliado de repente con Copenhague – que reconoce el derecho de autodeterminación groenlandés y se ve a sí mismo ‘de salida’ – , sino porque ha recalculado amenazas. En un territorio de alrededor de 57.000 habitantes, con enormes distancias, infraestructura limitada y un Estado aún en construcción, la independencia no es un acto simbólico. Es una transferencia masiva de funciones: recaudar, regular, negociar tratados, controlar inversiones, gestionar fronteras, sostener servicios públicos y, llegado el caso, construir capacidades de seguridad. En ese escenario, la amenaza de anexión no cancela el sueño nacional, pero lo coloca bajo una lupa: ¿está el país listo para estar solo justo cuando más atención atrae?
A esa lógica se añade el factor bienestar. Casi la mitad de los groenlandeses frenaría el proyecto soberanista si empeora su nivel de vida. Esa condición pesa especialmente cuando la amenaza exterior eleva la incertidumbre: inversión, turismo, transporte, precios y empleo. La política, en sociedades pequeñas, se rige por termómetros cotidianos. Y la geoestrategia, por muy grandilocuente que suene, se vuelve doméstica cuando se traduce en vuelos, alimentos y calefacción.
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