<p>Pocos argumentos a la altura de la maternidad tan idóneos tanto para el melodrama como para el terror. En ella descansan los instintos más profundos y los esquemas de poder y sumisión más arraigados. <strong>Es decir, la maternidad está bien. Hasta que empieza a estar mal. </strong>Digamos que Si pudiera, te daría una patada, de la casi debutante Mary Bronstein, es perfectamente consciente de todo ello y de la ya larga y reciente tradición que asiste al asunto. Desde <i>Salve María,</i> de Mar Coll, a <i>La hija oscura, </i>de Maggie Gyllenhaal, pasando por<i> Lady Bird,</i> de Greta Gerwig, o, y como modelo de auténtico pánico,<i> Tenemos que hablar de Kevin</i>, de Lynne Ramsay, todas son películas que explotan exactamente donde más duele, en el lugar casi sagrado de las ideas preconcebidas y socialmente blindadas que, a fuerza de repetidas e incrustadas en lo más profundo, acaban por hacer daño.</p>
Mary Bronstein firma una rara y salvaje película a medio camino entre el encanto y la simple amargura
Pocos argumentos a la altura de la maternidad tan idóneos tanto para el melodrama como para el terror. En ella descansan los instintos más profundos y los esquemas de poder y sumisión más arraigados. Es decir, la maternidad está bien. Hasta que empieza a estar mal. Digamos que Si pudiera, te daría una patada, de la casi debutante Mary Bronstein, es perfectamente consciente de todo ello y de la ya larga y reciente tradición que asiste al asunto. Desde Salve María, de Mar Coll, a La hija oscura, de Maggie Gyllenhaal, pasando por Lady Bird, de Greta Gerwig, o, y como modelo de auténtico pánico, Tenemos que hablar de Kevin, de Lynne Ramsay, todas son películas que explotan exactamente donde más duele, en el lugar casi sagrado de las ideas preconcebidas y socialmente blindadas que, a fuerza de repetidas e incrustadas en lo más profundo, acaban por hacer daño.
La idea es tan radical como sencilla: meter la cámara directamente en la cabeza de una mujer no tanto sobrepasada por las circunstancias de una maternidad complicada (la hija está enferma; el padre, ausente, y la casa se viene abajo) como acosada por un sentimiento de culpa con la forma, tamaño y profundidad del más negro de los agujeros negros. Un buen día, la madre que es una inmensa Rose Byrne se ve sorprendida por una avería en el hogar. En el techo aparece un boquete por el que entra un diluvio real y metafórico, las dos cosas, que todo lo arrasa. A partir de entonces se verá obligada a vivir en un hotel que es a la vez prisión, campo de refugiados, sala de torturas e imagen perfecta de todos nosotros. Suena terrorífico y, en efecto, así es.
Bronstein coloca su objetivo a escasos centímetros del rostro de su protagonista y deja que la sensación nítida de pánico discurra fuera de campo, en la sombra, pero, a la vez, extremadamente cerca. Esa es la apuesta y casi el milagro: todo lo invisible hace daño y, además, está dentro, que no fuera, de nosotros. De hecho, ni siquiera vemos el rostro de la hija enferma más que un instante y muy, muy, al final. Todos los planos empiezan y acaban en la cara de una actriz que, tras prodigarse en dramas tiempo atrás, llevaba tiempo solo dedicada a la comedia. Lo que hace la directora y, sobre todo, Byrne es sencillamente prodigioso por kamikaze, por impúdico, por visceral, por veraz, por turbio, por divertido a su modo y porque sí. Si pudiera, te daría una patada va creciendo en tensión hasta transformar el espacio real y completamente verosímil en el que discurre la trama en la materia agria, imprecisa y muy inquietante de los sueños en el momento justo del duermevela, cuando la realidad pierde el pie, cuando el sonido del despertador se confunde con los primeros acordes de las trompetas de Jericó, cuando el sudor se antoja demasiado frío.
El resultado es una de esas películas tan perfectamente reconocibles en su incomodidad que asustan. Definitivamente, la maternidad está bien. Hasta que empieza a estar mal. Por cierto, el final es claramente memorable, pero se lo perdonamos.
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Directora: Mary Bronstein. Intérpretes: Rose Byrne, Delaney Quinn, ASAP Rocky. Duración: 113 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.
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