Irán: de la huelga del bazar a la protesta social

<p>Las protestas recientes en <a href=»https://www.elmundo.es/internacional/iran.html» target=»_blank»><strong>Irán</strong></a> comenzaron en un punto concreto y claramente identificable: <strong>la huelga del bazar</strong>.</p>

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 Se ha dado una rápida transformación de las movilizaciones en consignas abiertamente contrarias al régimen de Teherán  

Las protestas recientes en Irán comenzaron en un punto concreto y claramente identificable: la huelga del bazar.

El 28 de diciembre, el paro del bazar de Teherán fue la primera señal visible de la crisis: una señal económica, tangible, que en un primer momento parecía limitada a un ámbito gremial. Sin embargo, lo ocurrido a partir del 29 de diciembre marcó un giro decisivo y situó estas protestas más allá de una simple reacción económica. En muy poco tiempo, las movilizaciones se extendieron del bazar al conjunto de la sociedad, a las universidades y, posteriormente, a capas sociales cada vez más amplias. Y, 11 días después del inicio de las protestas, según organizaciones de derechos humanos, hasta ayer se han registrado al menos 25 muertes por disparos con munición real de los agentes gubernamentales, al menos 582 personas han resultado heridas, y las detenciones se cuentan por centenares. Cabe destacar también el elevado número de niños y adolescentes detenidos, de entre siete y 17 años.

La rápida expansión de las protestas a 222 ciudades y aldeas en 25 regiones ha dejado claro que el problema no se limita al sustento de un sector concreto (el bazar) ni puede explicarse únicamente por un shock económico o cambiario. En este proceso, la economía actuó como una chispa, no como la causa última: una chispa que cayó sobre un terreno cargado de descontento acumulado y que, precisamente por ello, hizo que las protestas adquirieran con rapidez un significado que iba mucho más allá de una reivindicación puntual. Los indicios que acompañan a este ciclo de movilización apuntan a que la crisis económica ha dejado de percibirse como un terreno susceptible de negociación dentro del marco político existente.

En muchas sociedades se producen crisis económicas sin que estas deriven necesariamente en protestas amplias y sostenidas. Lo que distingue la situación actual de Irán es la acumulación progresiva de malestares que, durante años, no han encontrado cauces de desahogo, diálogo o reparación. El aumento del coste de la vida (con una inflación media cercana al 40%), la pérdida de poder adquisitivo y la incertidumbre respecto al futuro no sólo han generado presión económica: han reforzado en amplios sectores de la sociedad una sensación generalizada de ausencia de horizonte. Es, en ese punto, cuando la economía deja de percibirse como un problema solucionable y se convierte en una experiencia de desgaste psicológico y social.

En este contexto, cobra relevancia el concepto de fatiga colectiva. Una fatiga que no se limita a los sectores más vulnerables, sino que alcanza a la clase media, a los jóvenes cualificados, a los empleados públicos e incluso a parte de los cuerpos profesionales. Se trata de un cansancio derivado de la repetición de crisis, de promesas incumplidas, represión de las voces críticas y de la sensación persistente de no poder influir en el rumbo de la vida individual y colectiva. Por ello, la protesta deja de ser una reacción puntual ante una decisión económica o una subida de precios y pasa a convertirse en un lenguaje general del malestar: un lenguaje que aglutina demandas diversas, frustraciones acumuladas y una ira contenida durante años.

Lo que se observa no es una reacción aislada, sino la repetición de un patrón en el que los detonantes económicos activan un malestar cuya raíz ya no es material. Desde esta perspectiva, lo que hoy se observa es el paso de una fase centrada en las demandas a otra centrada en la situación. El problema principal ya no es una reivindicación concreta y negociable, sino el propio estado de cosas: una realidad que muchos perciben como estática, cerrada e irreformable desde dentro. Este cambio cualitativo explica por qué las respuestas meramente económicas o coyunturales, incluso cuando alivian la presión a corto plazo, no logran restablecer una calma duradera.

En el plano político, las señales son igualmente claras, sin necesidad de recurrir a conceptos abstractos. La rápida transformación de las protestas en consignas abiertamente contrarias al régimen, la ineficacia de las promesas económicas y la primacía de la respuesta securitaria por parte del Estado son hechos observables que apuntan a un debilitamiento de su capacidad de persuasión social. El problema no es que el poder carezca de instrumentos de control; es que su capital simbólico y su capacidad de convencer se han erosionado. Se ha abierto una distancia mental entre la sociedad y el poder en la que incluso políticas potencialmente acertadas son recibidas con desconfianza y cualquier nueva crisis adquiere de inmediato un significado político.

En este marco, reducir las protestas recientes a una mera rebelión económica o a simples problemas de subsistencia no sólo impide comprender la realidad, sino que oculta las capas más profundas del conflicto. Una sociedad agotada necesita, más que dinero, sentido, horizonte y la percepción de que su acción tiene algún efecto. Sin la reconstrucción de estos elementos, ningún paquete económico ni reforma limitada será capaz de contener el descontento.

En última instancia, las protestas actuales deben entenderse no como un episodio repentino o estrictamente económico, sino como el síntoma de un proceso social de largo recorrido, enraizado en la compleja interacción entre economía, sociedad y política.

Cuando una protesta deja de articularse en torno a demandas concretas y empieza a expresarse como rechazo al propio estado de cosas, el conflicto entra en una fase distinta.

Comprender esta dinámica es el primer paso para entender el ciclo de crisis en el Irán de hoy: un ciclo que, con cada nuevo shock, tiende a reproducirse bajo nuevas formas.

*Ryma Sheermohammadi es analista y conferenciante de origen iraní.

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